sábado, 30 de mayo de 2015

Si en el plano cognitivo el pensamiento racional y abstracto es lo que nos distingue de los animales, en el plano efectivo humano es de la acción intencional, que emana de la voluntad y no del ciego instinto. Pero estos planos no están desvinculados uno de otro. Previo a la acción intencional ha existido una deliberación razonada. El pensamiento nos posibilita intencionar. La acción intencional está dirigida por nuestra razón, que determina el curso a seguir. Nuestra acción es autodeterminada.


Patricio Valdés Marín

Registro de propiedad Intelectual Nº 169.033



Prefacio a la colección El universo, sus cosas y el ser humano



El formidable desarrollo que ha experimentado la tecnología relacionada con la computación, la informática y la comunicación electrónicas ha permitido el acceso a un inmenso número de individuos de la cada vez más gigantesca información. Por otra parte, existe bastante irresponsabilidad en parte de esta información sobre su veracidad por parte de algunos de quienes la emiten, tergiversando los hechos. Además, mucha de la información produce alarmas y temores, pues aquella gira en torno a intrigas, conspiraciones, crisis y amenazas. Habría que preguntarse ¿hasta qué punto esta información refleja la compleja realidad? ¿Cuánta de toda esa información es verdadera? ¿En qué nos afecta? Como resultado hemos entrado en una era de desconfianza, relativismo y escepticismo. Sin embargo la raíz de ello debe buscarse más profundamente.

Vivimos en un periodo histórico ya denominado posmodernismo, que se caracteriza por el derrumbe de los dogmas religiosos y sistemas filosóficos tradicionales a consecuencia del enorme progreso que ha tenido la ciencia moderna y su método empírico, contra cuyo descubrimiento de la realidad no pudieron sostenerse. Sin embargo, la antigua sabiduría respondía de alguna manera a las preguntas más vitales de los seres humanos: su existencia, su sentido, el cosmos, el tiempo, el espacio, la vida y la muerte, Dios, la verdad, el pensamiento, el conocimiento, la ética, etc., pero la ciencia, que ocupó su puesto, no ha podido responderlas, ya que no son esas preguntas su objeto de conocimiento. Por la ciencia entramos en una época de enorme conocimiento y certeza, pero si no se es fiel a la verdad que devela, es fácil caer en el  relativismo: ahora todo es opinable y no se respeta ninguna autoridad, en cambio se pide respetar a cualquiera por cualquier sonsera que esté diciendo; existe poca o ninguna crítica; aparecen gurúes, charlatanes y falsos profetas por doquier, mientras la gente permanece desorientada y escéptica; se divulga falsedades por negocio, fama o intereses espurios.

No se trata de revivir los antiguos dogmas religiosos y sistemas filosóficos, sin embargo, 1º las preguntas que responden al ¿qué es? filosófico, más que el ¿cómo es? científico, que éstos intentaban responder están tan plenamente vigentes hoy, ya que sin aquellas nuestra vida sería vacía y que la filosofía emergió como un esfuerzo racional y abstracto para conferir unidad y racionalidad al mundo, y 2º, la ciencia sigue con firmeza develando esta tan misteriosa realidad, puesto que no fue hasta el desarrollo de aquella que el mundo comenzó a ser entendido como sujeto a leyes naturales y universales de relaciones causales. En consecuencia, esta obra requerirá llegar a los grados de abstracción que demanda la filosofía y a partir de justamente la ciencia intentará responder a las preguntas más vitales. El criterio de verdad que la guiará son las ideas universales y necesarias de ‘energía’ para lo cosmológico y la complementariedad ‘estructura-fuerza’ para el universo material.

Nuestras ideas son representaciones subjetivas y abstractas de una realidad objetiva y concreta, pero la realidad es profundamente misteriosa y nuestro intelecto es bastante limitado para aprehenderla. De este modo se intentará  reflexionar en forma sistemática y unificada sobre los temas más trascendentales de la realidad.


EL CONTEXTO CÓSMICO DE LA OBRA

Parafraseando el inicio del Evangelio de s. Juan (Jn. 1, 1), afirmaremos, “En el principio, estaba la infinita energía”. La energía, que no se crea ni se destruye, solo se transforma —según reza el primer principio de la termodinámica—, que no debe ser pensada como un fluido, ya que no tiene ni tiempo ni espacio, que su efectividad está relacionada con su discreta intensidad, que es tanto principio como fundamento de la materia, no puede existir por sí misma y debe, en consecuencia, estar contenida o en dependencia. Y Dios la causó y liberó en un instante, hace unos 13 mil setecientos millones de años atrás, la codificó y la dotó de su infinito poder, creando el universo entero. La cosmología llama “Big Bang” a esta ‘explosión’ y se puede definir como un traspaso instantáneo, irreversible y definitivo de energía infinita a nuestro material universo en el mismo instante de su nacimiento. La energía que este agente suministró al universo, tal como si fuera un sistema, no termina en desorden, sino sirve para generar y estructurar la materia. El Big Bang, que sería el soplo divino, es también el instante del punto del comienzo de la creación y es igualmente el manto que, desde nuestro punto de vista, envuelve todo el universo. En el mismo grado que el objeto que se aleja cercano a la velocidad de la luz del observador, que de acuerdo con la contracción de FitzGerald se acorta en el eje común entre objeto y observador, aseveramos que, con el fin de mantener la simetría, el plano transversal del objeto a este eje se agranda recíprocamente hasta identificarse con la periferia de nuestro universo. Inversamente, la teoría especial diría que para un observador situado justo en el Big Bang, Dios en este caso, el tiempo habría sido tan grande que ni una fracción infinitesimal de segundo habría transcurrido. Una vez más, para este observador la distancia se habría reducido a cero, como si el Big Bang fuese la base de un tronco que sostiene la inmensidad del universo, dándole unidad a través de una inmensa relación causa-efecto. Dado que todo el universo tuvo un origen único y común, entonces las mismas leyes naturales gobiernan todas las relaciones de causa-efecto entre sus cosas. Para la causa del universo entronizada en el Big Bang, a pesar de estar a alrededor de 13,7 mil millones de años de distancia en el pasado, cada parte del universo estaría en su propio tiempo presente, mientras que la manifestación de causalidad estaría recíprocamente presente en todo el universo.

El universo conforma una unidad en la energía que no admite dualismos espíritu-materia, como los postulados por Platón, Aristóteles o Descartes. Así, el universo, en toda su diversidad, está hecho de energía y nada de lo que allí pueda existir puede no estar hecho de energía. Tales de Mileto, considerado el primer filósofo de la historia, postuló al “agua” y sus tres estados como clave para incluir la diversidad del universo; después de él otros sugirieron diversos entes como fundamento de la cosas; tiempo después Parménides inventó el concepto de “ser” para darle unidad a la realidad, concepto que hechizó a toda la filosofía posterior; ahora proponemos la idea de “energía” para este mismo efecto metafísico. Si desde Heráclito la filosofía comenzó a especular sobre el cambio que ocurre en la naturaleza, la ciencia observó por doquier a conjuntos relacionados causalmente como sistemas que se transforman de modo determinista según las leyes naturales que los rigen y ella los reconoció, más que cambios, como procesos. El tiempo y el espacio del universo están relacionados con el proceso. Ambos no son categorías kantianas a priori que residen en nuestra mente. El tiempo proviene de la duración que tiene un proceso y el espacio procede de su extensión. La infinidad de interacciones originadas en el Big Bang constituyen el espacio-tiempo del universo, donde cada ser u observador existe en su tiempo presente y todo lo demás está entre su próximo y lejano pasado, estando el Big Bang a la máxima distancia y siendo lo más joven del universo. La velocidad máxima de las interacciones es la de la luz. La fuerza gravitacional es el producto de la masa que se aleja con energía infinita de su origen en el Big Bang a dicha velocidad y que forzadamente se va separando angularmente del resto de la masa del universo, por lo cual el universo es una enorme máquina que, por causa de su expansión radial (no como un queque en el horno), genera la fuerza de gravedad, teniendo como consecuencia su pérdida asintótica de densidad. Y esta fuerza más el electromagnetismo y las otras dos que ellas causan dentro de la estructura atómica producen la incesante estructuración y decaimiento de las cosas.

Algunos científicos creen observar un completo indeterminismo en el origen del universo, pudiendo éste haber evolucionado indistintamente y al azar en cualquier sentido. No consideran que el universo haya seguido la dirección impresa desde su origen según las propiedades de la energía primordial y la relativa estabilidad de lo que se estructura. De modo que la energía primigenia se convirtió en el universo y fue desarrollándose y evolucionando, auto-regulado por lo posible en cada posible escala estructural. La energía comprende los códigos de la estructuración de las partículas fundamentales de la materia. Estas partículas poseen máxima funcionalidad, ya que adquirieron entonces energía infinita, lo que las llevó a viajar a la máxima velocidad posible (la de la luz) desde el Big Bang. El universo que percibimos es estructuración de energía en materia en dos formas básicas, como masa según la famosa ecuación E = m·c² y como carga eléctrica (positiva y negativa). La conversión en carga eléctrica requirió también mucha energía. La fuerza para vencer la resistencia entre dos cargas eléctricas del mismo signo es enorme. Se calcula que solamente 100.000 cargas (electrones) unipolares reunidas en un punto ejercerían la misma fuerza que la fuerza de gravedad de toda la masa existente de la Tierra. Infinitos y funcionales puntos o centros atemporales y adimensionales de energía generan el espacio-tiempo del universo al interactuar entre sí y relacionarse causalmente mediante también energía, estructurando enlaces relativamente permanentes, generando la diversidad existente, que se rige por el principio complementario de la estructura y la fuerza, y produciendo energía cinética y/o ondulante que podemos sentir, que nos puede afectar y que mediante éstas también podemos afectar a otras cosas.

El mundo aparecía naturalmente a nuestros antepasados como caótico y desordenado, existiendo allí tanto nacimiento, gozo y regeneración como sufrimiento, muerte y destrucción. Ellos se esforzaron en dar explicaciones para dar cuenta de esta arbitraria situación y que resultaron ser mayormente míticas. Ahora, por medio de la ciencia moderna, podemos entender objetivamente este mundo y su evolución y desarrollo. El dominio de la ciencia comprende las relaciones de causa-efecto que producen el cambio en la naturaleza, determinadas según sus leyes naturales, siendo válido para todo el universo, y que es virtualmente todo lo que sabemos con mayor, menor o total certeza. Las hipótesis científicas concluyen en la definición de las leyes naturales que rigen la causalidad del universo a través de la demostración empírica y la observación. La ciencia devela que en el curso de su existencia el universo ha ido evolucionando y se ha ido desarrollando hacia una complejidad cada vez mayor de la materia, la que se ha venido estructurando en escalas incluyentes cada vez más multifuncionales. Desde las estructuras subatómicas, atómicas, moleculares y biológicas, hasta las psicológicas, sociales, económicas y políticas, la estructuración en escalas mayores y más complejas no ha cesado. Las estructuras, que se ordenan desde las partículas fundamentales hasta el mismo universo, son unidades discretas funcionales que componen estructuras de escalas mayores y cada vez más complejas (por ejemplo, solo existe un centenar de tipos de átomos relativamente estables y unos 50.000 tipos de proteínas) y son formadas por unidades discretas funcionales de escalas menores. La estructura más compleja y de mayor funcionalidad es el ser humano, el homo sapiens del orden mamífero de los primates.

Como todo animal con cerebro, que  ha venido adaptativamente a relacionarse con el medio a través del conocimiento, la afectividad y la efectividad y que necesita satisfacer sus instintos primordiales, fijado por la especie, de supervivencia y reproducción, el ser humano es capaz de generar estructuras psíquicas (percepciones e imágenes) a partir de la materialidad biológica y electro-química de este órgano nervioso central y de las sensaciones que proveen los sentidos. Pero a diferencia de todo animal el más evolucionado cerebro humano tiene capacidad de pensamiento racional y abstracto, pudiendo estructurar en su mente todo un mundo lógico y conceptual, a partir de imágenes, y que busca representar el mundo real que experimenta y comprender el significado de las cosas y de sí mismo. Él estructura en su mente relaciones lógicas, ontológicas y hasta metafísicas y también puede comprender las relaciones causales de su entorno. Para ello se ayuda del sistema del lenguaje que emplea primariamente para comunicarse simbólicamente con otros seres humanos y también para acumular información y desarrollar aprendizaje y cultura. La realidad que conoce es la sensible y, por tanto, material. Su accionar más humano en el mundo es intencional y responsable, ya que emana de su libre albedrío, que es producto de su razonar deliberado. En esta misma escala su afectividad, más allá de sensaciones y emociones, se estructura propiamente en sentimientos. Persiguiendo vivir la vida con la mayor plenitud posible, los individuos humanos se organizan en sociedades que buscan la paz, el orden, la defensa, el bienestar y la explotación de los recursos económicos a través de la cooperación y la justicia, pero muy imperfectamente, ya que algunos fuerzan satisfacer necesidades individuales de modo desmedido y otros dominan y explotan al resto. Son objetos (no sujetos) de los derechos reconocidos como fundamentales por la sociedad civil, y resguardados por sus instituciones de poder político.

Cuando el ser humano reflexiona sobre el por qué de sí mismo, llegando a la convicción de su propia y radical singularidad, su multifuncionalidad psíquica es unificada por y en su conciencia, o yo mismo, pero no de modo mecánico, sino transcendente y moral. La transcendencia es el paso desde la energía materializada, que se estructura a sí misma y es funcional, hasta la energía desmaterializada que la persona estructura por sí misma. Si el individuo se estructura a partir de partes que anteriormente pertenecieron a otros individuos y pertenecerán en el futuro a nuevos individuos, la persona se estructura a partir de energía que permanecerá en lo sucesivo estructurada. La conciencia humana es el advertir que el yo (el sujeto) es único y que su existencia transcurre en una realidad objetiva que su intelecto le representa como verdadera. Pero transcendiendo esta materialidad que ella conoce, está lo llamado “espiritual” y viene a ser la estructuración de la energía como producto del intencionar, en lo que llamaremos conciencia profunda, forjándola indeleblemente en sí de un modo desmaterializado. El punto de partida de este tránsito a lo inmaterial es la acción intencional, que depende de la razón y los sentimientos y que se relaciona al otro a través del amor o el odio; ésta se identifica con el ejercicio de la libertad y con la autodeterminación, siendo lo que caracteriza al ser humano. La conciencia profunda reconoce que la realidad, no es solo material, sino que también es transcendente, y la puede conocer con otros “ojos” que ven la experiencia sensible, los cuales podrían abrirse completamente solo tras la muerte fisiológica del individuo. El alma no preexiste en un mundo de las Ideas, al estilo de Platón, para unirse al cuerpo en el momento de la concepción, sino que se fragua en el curso de la vida intencional. Esta metempsicosis transforma lo inmanente de la cambiante materia en lo transcendente de la energía inmaterial. La estructuración de una mismidad singular como reflejo de la actividad psíquica de su particular deliberación es el máximo logro de la evolución que, a partir de materia individual, produce energía estructurada. Así, el ser humano puede definirse, más que como animal racional, como un animal transcendente que transita de lo animal a la energía personal. Desde esta perspectiva el sentido de la vida es doble: vivir plena y conscientemente la vida y estar consciente de la vida eterna y sus demandas. Estas explicaciones son especulativas y no se asientan ciertamente en conocimiento científico alguno, pues están fuera del ámbito de lo material, ya que solo conocemos lo sensible, pero está en sintonía con los sucesos místico y parapsicológico reconocidos y surge de superar el dualismo del ser metafísico por la energía que incluye tanto lo material como lo inmaterial.

Y cuando la muerte, propia de todo organismo biológico, desintegra la estructura del individuo, subsiste la persona, que es propiamente la estructura del yo mismo puramente de energías diferenciadas que se han unificado en la conciencia profunda durante su vida. La muerte supone la destrucción irreversible del vínculo de la energía estructurada del yo mismo, inmortal, con su cuerpo de materia estructurada que la contenía, manifiestamente incapaz ahora de existir. Considerando que ya no resulta necesario satisfacer los instintos biológicos de supervivencia y reproducción, como tampoco estar sujeto a ningún otro instinto, en su nuevo estado de existencia el yo personal se libera del consumo de energía de un medio material y, por tanto, de la entropía, lo que significa también que su acción ya no puede tener efectos sobre la materia. Asimismo, desaparecen nuestros atesorados conocimientos y experiencias de la realidad del universo material que percibimos a través de nuestros sentidos animales como también nuestra forma de pensamiento racional y abstracto y memoria basados en el cerebro biológico. Surgiría una forma nueva, inmaterial, transcendental, de pura energía, pero implícita en la conciencia profunda, incomparablemente más maravillosa para conocer y relacionarnos que corresponde a esa insondable y misteriosa realidad que se presentaría, todavía imposible de conocer en nuestra vida terrena. Pero la persona, ahora reducida a lo esencial de su ser, necesitaría y buscaría afanosamente un contenedor de su propia y estructurada energía para poder manifestarse y expresarse en forma plena de conexión. La esperanza es que quien en su vida ha reconocido de alguna manera a Dios y ha sido justo y bondadoso según, por ejemplo, la enseñanza evangélica, estará finalmente, cuando muere, en condiciones de acceder al Reino de misericordia, amor y bondad, que Jesús conoció (¿a través del fenómeno EFC?) y anunció, y existir colmadamente. De ahí que su condición en la “otra vida” sea un asunto de opción moral personal durante su vida terrena. Al no estar inmerso en la materialidad, ya no se interpone el espacio-tiempo que lo mantiene separado de Dios. Así, la energía liberada originalmente por Dios retorna a Él estructurada en el amor.

Los libros de esta obra se enumeran y titulan como sigue:

Libro I, La materia y la energía (ref. http://unihum1.blogspot.com/), es una indagación filosófica sobre algunos de los principales problemas de la física, tales como la materia, la energía, el cambio, las partículas fundamentales, el espacio-tiempo, el big bang, la forma y el tamaño del universo, la causa de la gravitación, agujeros negros, y llega a conclusiones inéditas.

Libro II, El fundamento de la filosofía (ref. http://unihum2.blogspot.com/), analiza lo que relaciona y lo que separa a la filosofía y a la ciencia; expone la concepción histórica de la relación entre la idea y la realidad, la razón y el caos; critica a la filosofía tradicional en lo referente a la dualidad espíritu y materia que proviene de la antigua antinomia de lo uno y lo múltiple, y sienta nuevas bases para una metafísica a partir del conocimiento científico.

Libro III, La clave del universo (ref. http://unihum3.blogspot.com), expone la esencia de la complementariedad de la estructura y la fuerza como el fundamento del universo y sus cosas, que es coextensiva del ser y que es el tema tanto de la ciencia como de la filosofía, con lo que se supera toda contradicción entre ambas ramas del saber objetivo.

Libro IV, La llama de la mente (ref. http://unihum4.blogspot.com/), se remite a una teoría del conocimiento que identifica las funciones psicológicas del cerebro, en tanto estructura fisiológica, con generadores de estructuras psíquicas, siendo ambas estructuras propias de nuestro universo de materia y energía, y descubre que las imágenes y las ideas son estructuraciones en escalas superiores que parten de las sensaciones y las percepciones de nuestra experiencia.

Libro V, El pensamiento humano (ref. http://unihum5.blogspot.com), desarrolla una nueva epistemología que busca descubrir los fundamentos del pensamiento abstracto y racional en las relaciones ontológicas y lógicas que efectúa la mente humana a partir de las cosas y sus relaciones causales.

Libro VI, La esencia de la vida (ref. http://unihum6.blogspot.com/), se refiere principalmente al reino animal, del cual el ser humano es un miembro pleno, en cuanto es una estructuración de la materia en una escala superior.

Libro VII, La decisión de ser (ref. http://unihum7.blogspot.com/), trata de una de las funciones de los animales, la efectividad, que específicamente en el ser humano se estructura como voluntad, que proviene de su actividad racional, que se manifiesta en su acción intencional, que es juzgada por la moral, la ética y la norma jurídica, y que confiere sustancia y sentido a su vida.

Libro VIII, La flecha de la vida (ref. http://unihum8.blogspot.com/), en las fronteras de la reflexión filosófica y aún más allá, intenta explicar la relación de lo humano con lo divino, la que comienza por la capacidad natural del ser humano para reconocer y alabar la existencia de lo divino, y la que termina en una invitación divina a una existencia en su gloria.

Libro IX, La forja del pueblo (ref. http://unihum9.blogspot.com/), analiza una filosofía política que parte del ser humano como un ser tanto social como excluyente, tanto generoso como indigente, para indicar que la máxima organización social debe estar en función de los superiores intereses de la persona, finalidad que se ve entorpecida por anteponer artificiosamente el derecho al goce individual a los derechos de la vida y la libertad.

Libro X, El dominio sobre la naturaleza (ref. http://unihum10.blogspot.com/), estudia el contradictorio esfuerzo humano de supervivencia y reproducción para conquistar y transformar su entorno a través de una asignación desequilibrada de recursos económicos, entre los cuales la tecnología, como creación de la mente humana, es una prolongación del cuerpo para reemplazar su esfuerzo, la demanda por capital es proporcional a la oferta de trabajo, y la naturaleza resulta demasiado limitada para las ilimitadas necesidades humanas que satisfacer.


Deseo expresar mi reconocimiento y mis más vivos agradecimientos a mi esposa Isabel Tardío de Valdés. Sin su paciencia, apoyo moral y cariño esta obra no habría sido posible.

Patricio Valdés Marín



CONTENIDO



Prólogo

Introducción

Capítulo 1. La acción intencional

Acciones instintiva e intencional
La acción humana
Características de la acción
La decisión

Capítulo 2. La autodeterminación

La libertad y la autodeterminación de la acción intencional
Las escalas de la conciencia

Capítulo 3. El juicio de la acción

La acción y la norma
La acción moral
El valor de la acción
Dualidad y dualismo
Solución del problema del bien y el mal

Capítulo 4. La finalidad de la acción

Lo biológico, lo racional y lo trascendente
El sentido de la vida

Capítulo 5. El lenguaje

Lo humano del lenguaje
El sistema de la lengua
Lenguaje y pensamiento
Lenguaje y cultura
Lenguaje y tecnología
Lenguaje y arte



PRÓLOGO



Todo cerebro tiene tres funciones psicológicas, que son la cognitiva, la afectiva y la efectiva. Éstas producen estructuras psíquicas. Por la primera el animal obtiene información sensitiva del medio externo y su cerebro estructura representaciones de cosas experimentadas, como percepciones e imágenes. Por la segunda los terminales sensibles afectivos de la red aferente del sistema nervioso producen sensaciones de placer o dolor. En fin, por la tercera el animal responde instintivamente según, primero, patrones innatos para cada especie, segundo, comportamientos aprendidos por ensayo y error y, tercero, sensaciones de placer o dolor.

Los seres humanos poseemos las mismas funciones descritas. Sin embargo, tenemos la capacidad cerebral para pasar a una escala superior de estructuración psíquica. Así, podemos estructurar conceptos a partir de imágenes; sentimientos, como los de felicidad o tristeza, a partir de las sensaciones de placer o dolor o de las emociones de alegría o sufrimiento; voluntad como respuesta racional para ejecutar acciones intencionales.

Si el pensamiento racional y abstracto es lo que nos distingue de los animales en el plano cognitivo, el plano efectivo humano es de la acción intencional, de la voluntad, ya que la intención tras la acción estructura la efectividad en una escala distinta del instinto. Pero estos planos no están desvinculados uno de otro. Previo a la acción intencional ha existido una deliberación razonada.

El pensamiento humano nos posibilita intencionar. Esta acción nos hace libres. Que sepamos, somos los únicos seres del universo que podemos actuar libremente. La acción intencional no está determinada por mecanismos instintivos, sino que por nuestra propia razón, la que determina el curso a seguir. De este modo, nuestra acción es autodeterminada.

La razón no es un puro mecanismo lógico. En la deliberación que una persona efectúa ella dispone un bagaje de conocimientos, valores y sentimientos que orienta, guía y hasta condiciona la deliberación. Podemos denominar este bagaje la cosmovisión personal. La orientación que efectúa provee un sentido a la vida de cada cual.

En la acción intencional se distinguen tres momentos: el antes, el actual y el después de la acción. Cada uno de estos momentos responde a una norma. Éstas son respectivamente la moral, la jurídica y la ética. La acción moral se desenvuelve dentro de un marco subjetivo e íntimo. La norma jurídica juzga como delito sujeto a sanción la ejecución de una acción según el ordenamiento jurídico que puede ordenar, prohibir o autorizar una conducta determinada. La ética, cuya norma indica lo correcto o incorrecto, lo conveniente o inconveniente de la conducta externa de un individuo, valora el efecto en la sociedad de la acción indi­vidual.

El ser humano se enfrenta a dos problemas correlacionados. Cualquiera que sea el sentido que le dé a su existencia, toda persona está radicalmente escindida entre, por una parte, su necesidad biológica por sobrevivir y reproducirse, que es el ámbito propio de la ética, y, por la otra, las valoraciones de carácter transcendente que aparecen ante su conciencia, como la verdad, el amor, la justicia, la libertad, que pertenecen al ámbito de la moral. El otro problema se puede expresar crudamente en qué sentido tiene una vida que acabará necesariamente con la muerte, siendo vano todo intento por liberarse de ésta.



INTRODUCCION



Una introducción apropiada para este volumen será relacionar la voluntad, en tanto función psíquica, con las otras funciones psíquicas, la cognitiva y la afectiva, y describir la estructuración a través de las distintas escalas que se han requerido para llegar a la estructuración de esta voluntad. Para ello, he creído conveniente repetir algunas ideas expresadas en otros libros míos, en especial la sección “Las funciones afectivas” de mi libro La llama de la mente. Estos dos grupos de funciones –la cognitiva y la afectiva– permiten poner en perspectiva la voluntad, como fuente de la acción intencional, en el cuadro de la psiquis humana.

El sistema nervioso central humano, lo que llamamos cerebro, tiene tres órdenes de funciones psíquicas: cognitiva, afectiva y efectiva. Estas funciones actúan en un flujo constante. Cada una tiene por objeto la producción de estructuras psíquicas distintivas. La materia prima de esta elaboración es la información que proviene continuamente de la realidad a través de los órganos de sensación y de la información almacenada en la memoria. Las máquinas y herramientas son las neuronas de la fábrica cerebral. La energía que se emplea es la electroquímica. De este modo, la función cognitiva elabora contenidos de conciencia; la afectiva produce estados de ánimo, y la efectiva genera deseos, los que actualiza activando el sistema motor muscular. Estas estructuras psíquicas están completamente relacionadas entre sí y se unifican en la conciencia. A este conjunto estructural que produce el sistema nervioso central se le llama mente.

Todos los organismos biológicos con un sistema nervioso central capaz de estas manifestaciones tienen mente. La mente de los seres humanos se diferencia de la de los animales, en especial porque tiene un cerebro que está estructurado en una escala superior y puede, por lo tanto, funcionar también en esa escala. Así, los contenidos de conciencia son también productos de su capacidad de pensamiento racional y abstracto; su sistema afectivo produce no sólo emociones, sino que también sentimientos, y su sistema efectivo es dirigido por su volición.

Los tres órdenes de funciones se relacionan distintivamente con el medio externo a través del cuerpo. El sistema nervioso central se proyecta hacia el medio externo en una red neuronal llamada aferente. Se llama así porque desde los terminales nerviosos repartidos por el cuerpo se dirige información hacia aquél mediante esta red. Dicha red proporciona dos tipos de información al sistema nervioso central. Por una parte, produce la información sensorial o cognitiva, como luz, sonido o temperatura. No es que transmita la luz, el sonido o la temperatura, sino que la información codificada de estas manifestaciones naturales. Por otra parte, la red aferente conduce la información sensitiva o afectiva. Ésta se reduce a la información de las sensaciones de placer y dolor, solo o combinado y en distintos grados de intensidad y duración. Es el terminal nervioso el que sufre placer o dolor y el cerebro el que registra esta información.

De los terminales nerviosos de la red aferente, los que se encuentran más concentrados en los órganos de sensación (oído, vista, gusto, olfato) o repartidos por gran parte del cuerpo (tacto), fluye la información sensorial desde el medio externo hacia el sistema nervioso central. Respecto al orden funcional cognitivo, el sistema nervioso central procesa la información sensorial y genera estructuras cognitivas que va sintetizando para integrar sucesivas escalas cada vez mayores. En este proceso sintético las unidades discretas de una escala se integran en una estructura de la escala siguiente superior, la que pasa a ser una unidad discreta para una nueva estructura en la escala superior que sigue.

De esta manera, las sensaciones conforman las unidades discretas de las percepciones. A su vez, las percepciones conforman las unidades discretas de las imágenes. Éstas son las unidades discretas de las ideas; y las ideas, como unidades discretas, pueden relacionarse de modo ontológico y lógico en el pensamiento abstracto y racional. Todas ellas son estructuras psíquicas en el sentido de que tienen existencia material en la actividad electroquímica de las neuronas, en las conexiones sinápticas particulares que éstas construyen y en proteínas de memoria que éstas sintetizan.

En la mente cada una de estas escalas provee una representación psíquica, o contenido de conciencia, de la realidad (sensación, percepción, imagen, idea o concepto abstracto, proposición, conclusión lógica). Mientras mayor sea la correspondencia de esta representación con la realidad habrá mayor certeza. La certeza en la escala de las proposiciones se llama verdad. El grado de certeza es crítico para la supervivencia del organismo biológico. No es ninguna gracia para un pájaro que confundió su posición en el espacio chocar en vuelo contra un poste.

Igualmente, el sistema nervioso central tiene un orden funcional afectivo. Este orden es una propiedad que confiere a la información cognitiva, que ingresa y que se estructura en escalas incluyentes cada vez más complejas, un tono afectivo muy particular a las estructuras psíquicas cognitivas. Además de la información sensorial que la red aferente proporciona, fluye la información sensible. Esta corresponde fundamentalmente a las sensaciones de placer y dolor. Este tono tiñe de afectividad las representaciones y contenidos de conciencia que de otro modo permanecerían objetivamente frías y distantes. En la escala más básica el tono pertenece a algún grado afectivo cuya gradación va desde la aceptación hasta el rechazo. De ahí que el pensamiento debe mantenerse muy frío para no verse influenciado en su búsqueda de verdad por pasiones o sentimientos.

El orden funcional afectivo se desdobla en cuatro escalas incluyentes: una escala básica sensible, una escala media perceptiva, una escala mayor emotiva y una escala superior de sentimientos. Para cada escala se produce un tono o estado de ánimo particular. En la escala sensible el tono es de necesidad. En la perceptiva, la afectividad es de estímulo. En la escala emotiva se da el deseo. Por último, la escala de los sentimientos produce motivaciones.

Por su parte, el orden efectivo se manifiesta al medio externo a través de la red eferente. Esta red es un sistema neuronal que parte desde el sistema nervioso central hacia el sistema motor del organismo biológico. Parte del sistema motor responde a la actividad no consciente del sistema autónomo de regulación, control y coordinación del cuerpo mismo (respiración, ritmo cardiaco, temperatura del cuerpo, digestión, etc.) regido por el gran simpático. Parte responde a las funciones efectivas, o de respuesta consciente, que consisten en acciones motoras respecto al ambiente. Además, la función efectiva, al afectar indirectamente a los órganos sensoriales, especialmente el táctil, en su acción motriz, provee información de su efectividad al cerebro vía la red aferente. Mediante esta acción retroalimentadora, la acción de la función efectiva puede ser corregida.

Cada escala de estructuración tiene sus correlativas en los sistemas cognitivo, afectivo y efectivo. En primer lugar, en la escala de las sensaciones, punto de partida de la estructuración tanto cognitiva como afectiva, una de las funciones básicas del sistema nervioso, cuando entra en contacto con el medio externo, es producir en un mismo acto las sensaciones cognitivas y las sensaciones afectivas. Las sensacio­nes, referidas a la escala de información cognitiva fundamental, o sensorial, captada del medio, portan también información sensible, la que produce complementariamente un estado afectivo fundamental de necesidad. Esta primera escala de conciencia, que no tiene una capacidad mayor para especificar el objeto, trae asociado ya un elemento afectivo. Este es la sensación de placer o dolor, o una mezcla de ambos.

La función de la afectividad que acompaña a los elementos cognitivos que el organismo recibe del medio es ayudar a producir una res­puesta efectiva. La sensación afectiva de placer o dolor aparece como el estímulo más primitivo y fundamental para exigir respues­ta al organismo ante las demandas del ambiente. La respuesta del sistema efectivo en esta escala básica es la pulsión. Desde las simples lombrices, las poseen todos los organismos con sistema nervioso y que pueden de alguna manera u otra reaccionar ante este tipo de acciones del medio externo. En los seres más evolucionados, que han estructurado escalas superiores de relacionarse con el medio, este mecanismo sigue siendo válido en su sistema autonómico.

La evolución biológica ha producido un mecanismo de protec­ción y desarrollo de los organismos, por el cual los estímulos que producen placer resultan generalmente beneficiosos para un organismo, y los que producen dolor le resultan perjudiciales. Un organismo acepta los estímulos que le producen la sensación de placer y rechaza aquellos que le producen la sensación de dolor. Aún más, busca activamente y persigue aquello que le produce placer y rehúye de aquello que le produce dolor. Por tanto, las sensacio­nes afectivas de placer y dolor son funcionales para la supervi­vencia y la reproducción del organismo y, por consiguiente, son funcionales también para la prolongación de la especie.

En la siguiente escala de conciencia en orden creciente de estructuración está la conciencia del medio externo. En esta escala se produce la percepción en el orden funcional cognitivo, y corresponde a la atracción en el orden afectivo. En el orden efectivo el organismo responde con un instinto rígido ante un atractivo. A partir de las sensaciones fundamentales de placer y dolor todos los animales (incluido el ser humano) con sistema nervioso central y con órganos de sensa­ción consiguen estructurar esta escala. Las respuestas de esta conciencia ante estímulos externos son afectivamente más comple­jas. En dichos estados, las sensa­ciones fundamentales de placer y dolor han sido estructuradas, en esta escala, en los estados afectivos siguientes: agrado - desa­grado, ataque - retirada, agresividad - apaciguamiento. 

A partir de esta escala el centro afectivo del organismo biológico persigue activamente aquello que le produce placer y rehúye de aquello que le produce dolor. Esta actividad se torna agresiva cuando confronta alguna dificultad, como el enfrentarse a un competidor. De modo similar, el rehuir de aquello que produ­ce dolor va asociado con el miedo, emoción que reafirma la acción de rechazo. En consecuencia, el contrario de agresividad es miedo, y un animal, incluido el ser humano, puede pasar del uno al otro en cuestión de un instante, pues es la vida misma la que se debe preservar sin arriesgar momentos vitales en la duda. Deberá actuar aunque se equivoque en su apreciación. 

Una escala aún mayor de la estructuración psíquica es la de la conciencia de lo otro en tanto otro. Allí las percepciones se estructuran en imágenes, aparecen los instintos más plásticos y se ubican los estados afectivos más complejos que manifiestan en especial los verte­brados. Sin duda, la capacidad para tener conciencia de lo otro significó una ventaja adaptativa enorme en la evolución del sistema nervioso. El otro se impone al sujeto como el objeto de la relación causal que posibilita o amenaza su supervivencia o reproducción. Dentro de una conciencia más desarrollada de la conciencia de lo otro, como en los mamíferos –que en la función cognitiva se constituyen imágenes más completas–, en la función afectiva se estructuran las emociones fundamentales de alegría - sufrimiento.

Secundariamente aparecen en esta escala emociones tales como seguridad - temor, ilusión - desilusión, confianza - desconfianza, euforia - depresión, simpatía - antipatía, ira - miedo. En esta escala son posibles emo­ciones mixtas, como los celos, el arrojo, el enojo, la furia, la timidez, la pena, la soledad, el tedio, el asco y muchos otros más. El erotismo, que es una emoción tendiente a la reproducción, se estructura en esta escala, teniendo como algunas de sus uni­dades discretas el gozo sexual, el atractivo sexual, las señales sexuales, etc. En esta escala el orden funcional efectivo, propio de los animales superiores, la respuesta efectiva es instintiva, pero con gran plasticidad.

La escala superior de la estructuración psíquica, que es el de la conciencia de sí, es la de las ideas, los conceptos y las proposiciones y juicios. En esta escala el orden funcional cognitivo pasa a llamarse propiamente cognoscitivo, pues tiene la capacidad para efectuar complejas relaciones ontológicas y lógicas. Estas funciones psíquicas pueden ser efectuadas únicamente por los humanos, que son seres dotados mentalmente con la capacidad para estructurar conceptos abstractos y razonar lógicamente. Sólo la capacidad del pensamien­to abstracto y lógico permite al sistema nervioso central, o más apropiadamente a la mente, reflexionar sobre sí misma, adquirir conciencia de su subjetividad aparte de las cosas y, por referencia a éstas, llegar a adquirir conciencia de una identidad propia y única, distinta de las cosas. En la escala de la conciencia de sí, el orden funcional efectivo corresponde a la acción intencional que se llama voluntad. 

Asimismo, en la escala de la conciencia de sí, en el orden funcional afectivo, se encuentra la estructura de los sentimientos. La actividad de esta conciencia ante los simples estímulos que producen las primitivas sensaciones de placer y dolor, y que pasa por la estructuración de las emociones, es la estructuración de los sentimientos. Los sentimientos producen la motivación para actuar. Una decisión racional debe estar más motivada por sentimientos que por emociones. Inclusive la voluntad necesita a menudo controlar las emociones.

El sentimiento primario, que proviene directamente de las sucesivas estructura­ciones a partir de la sensación de placer y dolor, es el estado de felicidad – tristeza o angustia. De este sentimiento derivan secundariamente, en la misma escala, una serie de estados sentimentales de gran complejidad. Consideremos los si­guientes entre otros muchos: amor - odio, confianza - angustia, valentía - cobardía, espe­ranza - desesperanza, optimismo - pesimismo, perdón - venganza, desprendimiento - codicia, euforia - pesadumbre, arrojo - temeridad, amistad - rencor, sonrisa - congoja. También esta conciencia estructura reacciones mixtas de sentimientos de una escala de complejidad superior: arrogancia, melancolía, desazón, amargura, admiración, arrepenti­miento, vergüenza. Por último se producen actitudes de comportamiento con fuertes elementos sentimentales, como el orgullo, la sober­bia, la envidia, la avaricia y tantas más.

Lo notable es que todas las emociones y los sentimientos son estados de ánimo complejos a soluciones de supervivencia y reproduc­ción, y que se estructuran a niveles superiores a partir de las sensaciones más simples de todas, las de placer y dolor. Además, indirectamente, la conciencia que cada ser humano tiene de la muerte que fatalmente acabará con su existencia individual lo impulsa a preservar su propia vida. Aunque también, si la vida se le presenta difícil y penosa, lo tiente el suicidio en la opción de preferir la nada antes que la infelicidad.

En la escala de la conciencia de sí, el orden funcional efectivo corresponde a la acción intencional. En este libro me ocuparé del orden funcional afectivo propiamente tal que corresponde a dicha escala, que es también la escala de las ideas y de los conceptos. En esta escala la efectividad se llama voluntad. El libro lo cierra un capítulo dedicado al lenguaje humano. Consciente que este tema no pertenece directamente a la volición, el lenguaje es sin embargo el medio preferente de expresar y llevar a cabo nuestra acción intencional.



CAPÍTULO 1 - LA ACCION INTENCIONAL



La acción humana se distingue de la acción puramente animal porque es intencional, y es intencional porque surge del pensamiento abstracto y racional. Al pertenecer a la conciencia de sí este pensamiento se proyecta hacia el futuro. Al concebir e imaginar el curso de la acción la razón puede no sólo prever sus consecuencias, sino que también valorarlas. El ser humano puede imaginar lo que podría ser y puede tener una concepción del “deber ser”. En la acción intencional la persona autodetermina racionalmente sus opciones. El ejercicio de la razón impone la intención a la acción. La intención tiene un propósito razonado. Entre la intención y la acción se encuentra la decisión o voluntad, por la cual aquella se actualiza en acción. La voluntad traduce la intención en acción efectiva a través de la red neuronal eferente y el aparato esquelético-muscular.


Prolegómeno cognoscitivo


Los seres humanos nacemos como todo organismo viviente dentro de la realidad misma. La realidad es todo aquello que contiene el universo, identificándose con éste y siendo cada uno de nosotros parte de ella. Por tanto, ella se rige por las leyes naturales, aquellas que valen para todo el universo y que los científicos se desvelan en descubrir. Las leyes naturales son relaciones particulares de causa y efecto que se repiten inexorablemente bajo determinadas condiciones. Por lo tanto, la realidad es un fluir de relaciones causales en la que cada cosa le corresponde ser sujeto y objeto de causas y efectos de todo orden en las diversas escalas de estructuración, y en la que cada cosa se mueve y cambia sin cesar, surgiendo, mutando y sucumbiendo.

Algunas causas nos permiten vivir y hasta ser felices y las percibimos como placenteras. Éstas las buscamos. Otras, que las sentimos como dolorosas, nos hieren y hasta nos matan. Consecuentemente procuramos evitarlas. Como causantes de acciones, al igual que todos los organismos biológicos cerebrados, podemos desequilibrar la balanza del fluir natural en nuestro favor. Es a lo que los evolucionistas se refieren cuando hablan de la supervivencia del más apto. Si no nos esmeramos por sobrevivir, perecemos. Así es de simple esta divina creación cuyo sello es el cambio, la fuerza y el conflicto, y no la permanencia, la armonía y la paz, como creen algunos ingenuos.

Para un animal la multiplicidad mutable que caracteriza la realidad entraña tanto peligros como oportunidades, y si es hábil puede hacer lo mejor de sí, pudiendo encontrar abrigo, cobijo y alimentos. Aunque depende en gran medida de sus instintos, a través del ensayo y el error un animal, y también un ser humano, descubren las relaciones de causa y efecto y va conociendo dónde y cómo encontrar su sustento para satisfacer sus necesidades, dónde hallar cobijo, cómo evitar al depredador. Un error grave le puede costar la vida y no tendrá nunca más posibilidades de ensayar.

Los seres humanos nos diferenciamos de los demás organismos vivientes porque no dependemos tanto del instinto. Somos más capaces para llegar a un mayor conocimiento práctico gracias a que podemos generalizar con mayor facilidad las relaciones de causa y efecto y transmitir este conocimiento con total fidelidad y en todos sus detalles a nuestros semejantes. También nos diferenciamos porque logramos elaborar el pensamiento teórico del cual derivamos el conocimiento de las relaciones causales. En fin, nos diferenciamos porque podemos objetivar la realidad y oponernos a ésta como sujetos conscientes de sí mismos. Es decir, nos diferenciamos de los demás organismos vivientes porque podemos realizar las operaciones cognitivas de manera más eficiente que ellos. Sin embargo, nos diferenciamos de los animales, no sólo porque nuestra capacidad de pensamiento racional y abstracto nos permite conocer la realidad como otros animales la perciben: una multiplicidad de cosas que cambian, sino que para nosotros nos es posible encontrar en la multiplicidad mutable el orden, la unidad, la belleza, y hasta el sentido.

Nuestro intelecto va creando un mundo conceptual que está referido al mundo real. El mundo conceptual está lejos de ser una copia del mundo real, como los positivistas ingleses suponían. Tampoco el mundo conceptual es eterno, como Platón creía. El mundo conceptual está referido al mundo real tal como Aristóteles pensaba, que todo lo que está en aquél proviene de éste a través de la experiencia. Esto quiere decir que todo lo que existe en el mundo conceptual proviene del mundo real. Sin embargo, la naturaleza de ambos mundos es muy distinta. El mundo real es de cosas concretas, tangibles, capaces de ser causas y efectos. El mundo conceptual es de ideas abstractas, intangibles; no produce causas ni es afectado por efectos, sino que se desenvuelve en la construcción de relaciones ontológicas y lógicas.

Lo que une a ambos mundos es que las ideas se refieren a las cosas. De hecho, la verdad es la concordancia de la idea con la cosa que representa. La verdad en la realidad está oculta. Antes que ella surge el mito, y éste es una explicación suficientemente plausible de la realidad, siendo la cultura, junto a sus gurús, la cinta transportadora encargada de envolvernos en sus lazos. De hecho, el grueso de las creencias que dan sustento a nuestros conocimientos es mitológico, resultando por ello tan difícil hallar la verdad. Y sin embargo, la verdad nos permite la vida en libertad.

La concordancia que produce la verdad no es una relación uno a uno, sino que es una relación ontológica. Muchas cosas distintas del mundo real pueden caber en una sola idea. Lo abstracto tiende a lo universal y referirse a muchas cosas. Por ser abstracta, la idea trasciende al tiempo y el espacio. Nuestra mente puede jugar con las ideas y puede no sólo relacionar muchas cosas concretas similares, como el gato Micifuz, el gato Tom y el gato egipcio del vecino en el concepto o idea ‘gato’, sino que puede relacionar conceptos, como gato, tigre, leopardo y león en el concepto aún más abstracto y universal de felino.

También nuestra mente puede efectuar relaciones lógicas con las ideas y llegar a conclusiones ciertas que no estaban implícitas en las premisas. Adicionalmente puede simbolizar ideas hasta el punto de perder todo vínculo con éstas y someterlas a la lógica, como en las matemáticas. Lo interesante de todo esto es darnos cuenta que la mente humana puede construir todo un mundo conceptual a partir de una realidad tan concreta como compleja. Ello es posible porque la realidad de cosas múltiples y mutables en un caos aparente posee un orden que es justamente el de sus leyes naturales.


Acciones instintiva e intencional


Toda acción biológica es en cierta medida una reacción a una acción del medio, sea este interno o externo. En este sentido los conductistas tienen razón. Por ejemplo, las acciones autónomas pertenecen al sistema nervioso autónomo regido por el gran simpático, y muchas acciones que son esenciales para la supervivencia pertenecen a este sistema, el que controla el ritmo cardiaco, la respiración, el movimiento intestinal y urinario, la temperatura del cuerpo y de la piel, entre otros. Algunos yogas dedican su vida para ejercitarse y dominar este sistema.

A diferencia de la acción autónoma, la acción consciente de un animal es una acción instintiva, pues proviene no del sistema nervioso autonómico, sino que del sistema nervioso central. La cognición en un animal se estructura hasta la escala de las imágenes, por lo que no es capaz de un pensamiento conceptual abstracto ni lógico. En consecuencia, su respuesta al medio trata de una reacción o respuesta informada (sólo hasta esa escala) a una acción del medio externo y por la cual activa sus propios mecanismos que es capaz de controlar.

En el animal el significado de “informada” es tanto el conocimiento derivado de la conciencia de lo otro como la escala de la información que dispone y que pertenece a la imagen. El instinto no es otra cosa que la asociación de una imagen, tanto percibida como recordada, a una emoción. El instinto se refiere a formas innatas (hereditarias) de comportamiento que el individuo adapta a las condiciones particulares. La conciencia que la estructu­ración de imágenes puede proveer se refiere sólo a la existencia de las cosas como externas al sujeto, incluyendo su propia exis­tencia, pues no es reflexiva. El animal actúa por instinto porque su cognición no tiene la capacidad para una acción deliberada. Debe responder a llamados según sus deseos y sus experiencias dentro del estrecho margen relativo de sus imágenes, las que están refor­zadas por sus emociones.

El ser humano es plenamente un animal, pero con una diferencia fundamental que lo distingue del resto de los animales, y es que es capaz de pensar tanto en forma racional o lógica como abstracta o conceptual. Esta forma de pensamiento lo capacita para deliberar antes de actuar. La acción propiamente humana no es simplemente una acción instintiva, aunque también puede serlo. Ella no es tampoco únicamente una reacción autónoma que surge simplemente de imágenes ante algún estímulo. La acción propiamente humana es una acción por la cual la persona autodetermina racionalmente sus opciones o alternativas. El ser humano, por su capacidad para abstraer imágenes y llegar a la escala de las ideas, donde su pensamiento ejecuta relaciones lógicas con ellas, puede razonar. De este modo, a diferencia de la acción instintiva, la acción humana es intencional.

Esta actividad intelectual le per­mite, a través de la reflexión, tener conciencia de sí mismo como sujeto de la acción, sabiendo en consecuencia que su acción puede no sólo afectar tanto a un objeto como a sí mismo, sino que también saber el modo que su acción puede afectar al objeto y a sí mismo. La efectividad de la acción humana se caracteriza porque es volitiva. Antes de actuar, el ser humano razona, delibera, pondera, cavila, reflexiona e intenciona según el conocimiento que tiene de la situación y de la finalidad que busca y desea, adecuando su acción a sus capaci­dades y a las condiciones externas. La intención tiene, por lo tanto, un propósito razonado que el individuo puede alcanzar por su propia voluntad.

Todos los animales superiores actúan de modo instintivo para satisfacer alguna necesidad que su deseo les presenta; sólo los seres humanos actuamos además tras haber razonado sobre el propósito de una acción. A pesar de que el actuar tras haber imaginado la forma más adecuada de obtener lo que se desea es común a todos los animales superiores, únicamente el ser humano es capaz de imaginar no sólo lo que es, sino lo que podría ser. Además, no sólo puede imaginar el curso de la acción, sino que aún más importante, él puede tener una concepción abstracta del “deber ser” y puede prever hasta qué punto el efecto de su acción será compatible con su concepción de su deber ser. Su intelecto puede pasar de imágenes a conceptos abstractos, originados por las síntesis de imágenes, y retroceder para llegar a una nueva imagen inédita que él crea y establecerla como objeto deseable de la acción, pudiendo juzgar si es o no compatible con su conocimiento de lo justo, lo ético y lo moral.

La voluntad de ser es netamente humana, y se diferencia del ansia de ser que es común a todo ser con sistema nervioso central. El ansia es sinónimo de desasosiego, inquietud, angustia, zozobra, congoja, intranquilidad, desazón, agitación, alarma, preocupación, perplejidad. Esta ansia proviene de la necesidad biológica de todo animal por sobrevivir frente a una realidad que aparece tanto peligrosa para la propia integridad como también benéfica para su preservación. En cambio, la voluntad de ser nace de la conciencia de sí, por la cual el ser se observa a sí mismo y sus propias carencias y debilidades, junto con sus virtudes y fortalezas, frente a metas que se destacan como posibles y deseables. Surge al poder concebirse a sí mismo con potencialidades que son posibles de desarrollar y afianzar. Resulta de la evaluación del esfuerzo que se debe desarrollar para alcanzar la meta. Este objetivo buscado por la razón implica someter y dominar las pasiones y emociones que son funcionales en el propósito biológico del ansia de sobrevivir. En el caso de los seres humanos, la razón toma el mando y determina lo que es más conveniente para alcanzar lo que propone. Este cambio en el control de la acción resulta pasar a un medio dominado por la moral.

Un par de ejemplos podrán describir la diferencia entre un animal y un ser humano. Me remitiré en primer lugar al conocido reflejo condicionado propuesto por Iván Pavlov (1849-1936). Tras experimentar con perros observó que éstos salivaban al escuchar una campanilla. Anteriormente la había hecho sonar cuando se les presentaba comida. Determinó que ellos aprenden a relacionar el sonido de la campanilla con la comida y concluyó que logran establecer una asociación entre ambas imágenes. Por su parte, Wolfgang Köhler (1887-1967), de la escuela de la Gestalt, en sus experimentaciones con chimpancés, infirió que el discernimiento cumple una función principal. Un antropoide estudia primeramente el problema por un tiempo y comprende de un golpe la solución. La explicación radica en que el antropoide en cuestión obtiene una solución, en este caso, ¿cómo alcanzar el racimo de plátanos?, a partir de ele­mentos dispersos, en el ejemplo, un cajón y una corta vara. El animal consigue sintetizar las imágenes funcionales de cada elemento: el cajón logra acercar su cuerpo al racimo de plátanos, la vara cubre la distancia faltante entre su mano y los plátanos, y en un instante producir una estructura psíquica en una escala superior, la combinación de estas imágenes funcionales en una imagen funcional completa. Tiene un chispazo, pero no en forma analítica ni lógica, que es un método alternati­vo que sólo podría efectuar un ser humano para obtener una solu­ción. Simplemente, el chimpancé, o cualquier otro animal supe­rior, incluyendo al ser humano, pueden imaginar estructuras funcionales a partir de imágenes que constituirán sus subestructuras.

A diferencia de la acción de un animal, la acción humana resulta mucho más compleja, pues intervienen no sólo asociaciones de imágenes, sino que también su pensamiento abstracto y lógico. Este es el caso de un ama de casa que pasea aparentemente tranquila por los pasillos del supermercado con su carrito de compras. Al pasar por la sección del arroz, se detiene, y en una acción que no demora más de un par de segundos, saca un paquete de arroz de un kilogramo de arriba de una de las pilas y lo coloca cuidadosamente en un lugar del carrito. En dicho tiempo su mente ha tenido una sucesión muy rápida de imágenes y pensamientos. La percepción de los paquetes de arroz de todas marcas y tamaños en el estante le ha recordado que la existencia de arroz en su cocina es escasa; el precio que observa en un paquete de una marca que conoce por buena calidad y está dentro de su presupuesto de compras y del dinero que lleva en su cartera; además, recuerda que el arroz está dentro de su programa semanal de compras; estaciona el carrito próximo al estante de arroz para dejar que la persona que viene detrás de ella pueda seguir adelante; al observar la marca, recuerda que la anterior vez el arroz estuvo delicioso; entre los diversos tamaños, decide por el paquete de un kilogramo, pues razona que es un peso adicional que puede cargar fácilmente una vez que haya hecho la totalidad de la compra y, por otra parte, no está tan absolutamente segura de la buena calidad del arroz como para arriesgarse a llevar el paquete de tres kilogramos; equilibrando el cuerpo y ejerciendo la fuerza supuesta en su brazo, retira cuidadosamente el paquete superior de la pila para evitar que ésta se desmorone; observa la persona que está pasando por su lado para ver si la conoce; mientras lleva el paquete al carrito, revisa que su envoltorio esté intacto; lo deposita acostado en la parte delantera del carrito, sobre el paquete de azúcar y al lado del de fideos, imaginando que sobre aquél podrá colocar el paquete de puré en polvo que aún debe comprar; había programado que la carga de almacén será la que pondrá primero en la correa transportadora cuando llegue a la caja; conforme con su elección, reanuda su paseo de compras, mientras observa el estante del aceite, un poco más adelante.


La acción humana  


Toda fuerza existente en el universo pertenece a uno de los cuatro tipos de fuerzas fundamentales, al menos hasta donde se conoce. Ninguna de las fuerzas que causen o que afecten a los seres humanos escapa de esta condición. De otra manera, nuestras acciones no podrían tener efecto alguno sobre las cosas que nos rodean, ni tampoco nosotros mismos estaríamos sujetos a la causa­lidad natural, pues toda estructura en el universo, incluido el ser humano, es funcional tan sólo en relación a aquellas fuer­zas. Postular algún tipo de fuerza o energía que no pertenezca al mundo físico y que no pueda ser conocida por la física es entrar directa­mente en el terreno de la imaginación, del esoterismo o de la fábula, propio de la ciencia-ficción, de magos, adivinos y parapsicólogos, o de mitologías. Por tanto, la acción humana siempre pertenece al orden universal de las estruc­turas y las fuerzas. Un individuo, que es una estructura funcional particular, ejerce fuerza a través de su propia acción, y su efecto es la estructuración o desestructuración de algo. Asimismo, su misma acción también estructura y/o desestructura parte de su propio ser en tanto estructurado, por lo que es propio decir que un ser humano se puede auto-estructurar mediante su acción.

Sin embargo, a diferencia de la causalidad natural que de modo absolutamente determinista tiene siempre por término efectos según las leyes naturales que rigen el universo, sólo la causalidad humana tiene una finalidad que pertenece a un orden distinto del determinismo natural. Aunque basada en las fuerzas fundamentales y perteneciendo a las fuerzas propias de la naturaleza, la acción causal propiamente humana se distingue de todas las acciones causales del universo en cuanto posee una finalidad intencionada (no me estoy refiriendo al concepto husserliano de intencionalidad que se relaciona con los objetos representados) que se proyecta hacia el futuro, porque es deliberada.

Así, pues, la acción humana es intencional porque persigue una finalidad que ha sido meditada, pensada, ponderada, razonada, planificada y hasta imaginada como proyecto de futuro, en términos de una determinación de las múltiples posibilidades. Y aunque la mente se mueva dentro de un con­texto estructural de valoraciones, significados, sentidos, sentimientos y emociones, es suficientemente libre para razonar y llegar a determinar libremente el curso de la acción. En síntesis, la acción humana es intencional porque el individuo se sabe, reconociéndose a sí mismo, como sujeto de una acción, a la cual le ha dado un propósito que ha deliberado o razonado. Por lo tanto, únicamente el ser humano, de todos los demás seres del universo, es capaz de liberarse del condicionamiento natural, determinista, afectivo y hasta ritual, cuando ejecuta una acción intencional.

La intención se basa en la capacidad, no de conocer el futuro, sino de pensarlo e imaginarlo. En comparación, la acción de un animal es sólo inmediatista, conteniendo una decisión muy simplificada, cuando no es tan sólo una simple respuesta a un estímulo. A pesar de que la acción humana nace de una mente que surgió evolutivamente para permitir al ser humano sobrevivir y reproducirse mejor, la capacidad racional supera tanto el instin­to como la automaticidad de los mecanismos biológicos desarrolla­dos por la evolución para dichos propósitos. La vida es energía que se consume en el esfuerzo para sobrevivir y reproducirse; la vida humana es energía que se consume además tras un proyecto de futuro que la razón ha estructurado como posibilidad. En cada instante es experiencia pasada y posibilidad futura.

Naturalmente, un ser humano no es solamente una entidad racional que actúa objetiva y fríamente según parámetros abstractos y lógicos. Él es también un ser sujeto a la afectividad. Como cualquier animal, busca, en función de la mecánica de la supervivencia y la repro­ducción, el gozo y el placer, y rehúye el sufrimiento y el dolor. Como todo ser emotivo, experimenta intensamente las emociones de vivir, siendo, por ejemplo, profundamente afectado por el aroma de las flores, la tibieza del Sol, la frescura del agua, la suavidad de la brisa, la placidez del descanso, el sabor y la satisfacción de la comida, el calor de la compañía, la ternura de la amistad. Además, la razón incrementa la escala de la afectivi­dad para comprender los sentimientos, y produce una funcionalidad de una escala superior a la acción, confiriéndole una perspectiva plena de sentido y propósito dentro de un contenido moral, pero donde la felicidad, la tristeza, el amor, el odio y muchos otros sentimientos más confieren la coloratura a la fría razón. Se supone que un ser humano es civilizado en proporción a su capacidad para dominar sus sentimientos y emociones en función del buen razonar. Es lo que lo hace caballero con honor y dignidad.


Características de la acción


El ser humano es único entre todos los seres del universo. La ciencia, cuando estudia al ser humano, no puede pretender cons­tituirse en exacta debido a la incertidumbre que el elemento racional impone. La evaluación razonada que cada ser humano efectúa en cada situación concreta contiene una multipli­cidad de elementos axiológicos y lógicos, volitivos y condiciona­dos, libres y compulsivos, cognoscitivos y emotivos. Se compren­de entonces que los resultados de su evaluación sean tan radical­mente singulares. La fuerza que ejerce la libertad humana en la acción (que es lo único posible de ser estudiado por la ciencia) escapa necesariamente de la posibilidad de ser prevista, e inclu­so medida, por la ciencia humana.

Sin embargo, las ciencias sociales son verdaderamente cien­cias en cuanto estudian la mecánica determinista de la acción humana, que es la relación causal de su conducta. Esto que parece contradictorio, o al menos paradojal, ocurre porque la acción humana libre es análoga a la acción de una causa natural respecto a una escala superior. La diferencia es por supuesto que, mien­tras la libertad de una acción humana es singular, una acción natural pertenece al azar. En este sentido, ambas son indetermi­nadas. Pero desde la perspectiva de una escala superior, ambas pueden circunscribirse a la estadística. La ley de la oferta y la demanda de la economía, por ejemplo, funciona como ley natural, a pesar de que cada individuo humano puede actuar con la más com­pleta libertad en el mercado y hasta comprar algo por lo malo, feo y caro.

De manera que puesto que la multiplicidad de acciones huma­nas que concurren en el mercado puede someterse a la estadísti­ca, objeto de estudio de la econometría, la relativa escasez o abundancia de las mercaderías alcanzan un grado muy alto de determinismo y predicción, lo que se refleja en los precios. La consideración del fenómeno en una escala superior permite a la economía expresar conclusiones perfectamente válidas que se pue­den utilizar para formular políticas económicas casi tan certeras como la predicción de un eclipse de Sol. En este ejemplo de las acciones económicas, al parecer sólo el grado de tranquilidad económica, que depende de factores puramente emotivos, pero que puede afectar profundamente la actividad económica, es imposible de pronosticar.

La acción propiamente humana no consiste en la capacidad de elegir entre una multiplicidad de medios para obtener un fin deseado. Esa capacidad la pueden ejercer todos los seres con sistema nervioso central con mayor o menor habilidad. La acción humana consiste en actuar según una intención consciente ligada a una finalidad razonada. Por ello, el ser humano, al igual que el resto de los animales superiores, no sólo es capaz de desear un fin y buscar los medios para alcanzarlo, sino que también de concebir un fin y hasta de crear los medios para obtenerlo. Lo primero es una acción dirigida a la satisfacción de apetitos que son funcionales a la supervivencia y a la reproducción; lo segundo es una acción intencional que se origina en la capacidad de razonar, fruto del pensamiento conceptual-lógico, y esto es exclusivamente humano. Las acciones humanas no deliberadas no son intencionales y pertenecen a la causalidad determinista del universo.

Del mismo modo como el término de la acción de todos los seres vivientes, incluido el ser humano, es la supervivencia y la reproducción, el término de la acción propiamente humana es la determinación razonada de las múltiples posibilidades u oportuni­dades que se le van presentando a un individuo, incluso al margen del contexto biológico de la supervivencia y la reproducción. De hecho, la acción intencional es mucho más que una respuesta a los simples anhelos de supervivencia y reproducción, pues se desenvuelve dentro de un contexto moral.

Una acción causal propiamente humana transcurre en el tiem­po: posee un antes que razona, una fuerza volitiva actuante en el presente y un después causado. Antes de desencadenar la acción, el sujeto humano estructura los elementos racionales que imprimi­rán a la acción su intencionalidad, formulando planes de futuro y programas de conducta. En la estructuración de los planes de futuro existe un proceso de evaluación y ponderación razonada, un juicio a partir de lo que conoce y de lo que pretende, de las diversas posibilidades de acción y una concepción de qué ocurrirá al término de la acción, acompañada o no de imágenes.

Uno podría suponer que todo este complejo proceso es propio de alguna fuerza inmaterial. Sin embargo, todo aquél ocurre en nuestra mente que ocupa la aparentemente débil fuerza electroquí­mica que opera en la compleja estructura nerviosa de nuestro cerebro, el que según los estudiosos pesa entre 1200 y 1400 cc y tiene la apariencia de una masa gelatinosa de color grisáceo. Allí se relacionan tanto imágenes como relaciones de imágenes, que son las ideas, y relaciones de relaciones de imágenes e ideas tan abstractas que no tienen relación a imagen alguna, que son los juicios. Son estas últimas relaciones las unidades dis­cretas del raciocinio y las que imprimen la intencionalidad a la acción al valorar tanto sus probables costos y beneficios para sí y para otros, como también su oportunidad. Posteriormente, la red eferente del sistema nervioso porta las señales de lo decidido al sistema muscular-esquelético para que ciertos músculos se contraigan o se dilaten de cierta manera con el objeto de llevar a cabo la acción intencionada.


La decisión


Entre la intención y la acción está la decisión, que también se denomina voluntad. La decisión es actualizar, colocando en el presente una intención dirigida hacia un futuro indeterminado. Esto es especialmente importante en dos sentidos: por una parte, establece la oportunidad de la acción. Un gato que no da el zarpazo precisamente cuando el esperado ratón ha llegado a su alcance, se queda­rá sin su alimento. Por la otra, ordena la secuencia respecto de las otras acciones de un proceso.

La decisión traduce la intención en acción valiéndose de la capacidad de la red neuronal eferente, que se ramifica por toda la estructura muscular, para amplificar la débil fuerza de una intención, ubicada en la estructura cerebral, en una fuerza capaz de comandar el aparato motor, o sistema muscular-esquelético, del individuo. Es interesante advertir que la estructura muscular-esquelética es la unidad funcional que tiene un individuo para afectar el medio externo, y que la estructura nerviosa eferente, semejante a la aferente que sirve para captar y conducir las sensaciones al sistema nervioso central y que es coordinada por éste, comanda la estructura muscular-esquelética mediante señales nerviosas precisas que son amplificadas por los músculos que ha seleccionado en la dirección, con la fuerza y la velocidad preseleccionadas. También el apetito simple­mente biológico, que emana del instinto, utiliza el mismo meca­nismo que la voluntad, comandando la estructura muscular-esquelética, en cuanto función del individuo hacia el medio externo, en procura de ser satisfecho.

La decisión da la orden que manda a las manos asir con una determinada presión un hacha por el mango, y a los brazos descargarla con determinada potencia y precisión sobre un pedazo de leña; también comanda un dedo dirigirse hacia un botón y apretarlo con una intensidad determi­nada, una mano girar un volante a una cierta velocidad o mover una palanca en una dirección y hasta un punto seleccionado, movimientos que permiten operar una potente máquina, prolongación del cuerpo humano, para actuar sobre el medio, centuplicando la fuerza muscular. La decisión pone una idea en persuasivas pala­bras cuando comprime el aire de los pulmones sobre las cuerdas vocales y mueve, concertando, lengua, mandíbulas y labios para regular un tono, una intensidad y un ritmo de voz seleccionadas intencionalmente, al tiempo que ordena a los músculos faciales gesticular y al cuerpo acompañar con ademanes significativos para reforzar la intención.

La intensidad y la magnitud de una acción intencional depen­de de la mayor o menor cantidad de fuerza que una persona logra controlar. Esta cantidad es igual al poder que la persona real­mente posee. Poder debe entenderse como la capacidad para ejercer fuerza. El poder es utilizado corriente y primariamente como un medio para satisfacer las necesidades biológicas de supervi­vencia y reproducción. Una persona con escaso poder apenas conse­guirá acaso sobrevivir. Una persona con gran poder podrá hasta dirigir según su propia conveniencia la voluntad de otros, más atareados en sobrevivir, a cambio de ofrecerles o prometerles mejores oportuni­dades de supervivencia. La posesión de poder depende de circuns­tancias objetivas que varían en proporción a la posesión de poder. Desde antiguo se han tipificado deseos enfermizos de poder: la codicia es el ansia de conseguir el mayor poder posi­ble; la avaricia es el ansia de retener el poder; la envidia es el ansia por poseer el poder de otro; la soberbia es el ansia de utilizar desproporcionadamente el poder, la lujuria es el uso del poder para la satisfacción de deseos puramente sensuales. Cuando existen tantas pasiones, la mejor razón a menudo carece de suficiente fuerza para imponerse.

Cuando la acción desencadenada tiene por término lo que se ha intentado, retroalimenta la intención de modo que la decisión busca con avidez llevar a cabo lo que se intenta. Si el fin realizado fue el intentado, la decisión se verá reforzada para una próxima acción, al tiempo que ha ganado experiencia. Las experiencias tanto de éxitos como de fracasos producen com­portamientos psicológicos determinados que pueden ser analizados, pues cumplen con patrones específicos. Por último, como el término de la acción es una determinación consciente y voluntaria de las diversas posibilidades, la libertad es la capacidad para determi­narlas.



CAPÍTULO 2 - LA AUTODETERMINACIÓN



La acción humana es libre porque antes de la acción existe una deliberación razonada. La libertad es la posesión de alternativas que son conocidas por el sujeto y es independiente de determinismos externos. La libertad de la acción humana consigue la auto-estructuración personal en los ámbitos intelectual, afectivo y moral. La acción intencional construye tanto las propias virtudes como los propios defectos. La acción intencional, libre y razonada, surge en una primera instancia de la conciencia reflexiva, o de sí, y más intensamente brota de la conciencia profunda.


La libertad y la autodeterminación de la acción intencional


La acción humana es libre. No lo es en el sentido dado por David Hume (1711-1776) “de un poder de actuar o de no actuar, de acuerdo a las determinaciones de la voluntad.” Lo es en cuanto se dan dos factores: primero, la existencia de deliberación razonada antes de la acción; segundo, la existencia de condiciones objetivas para llevarla a cabo. Por lo tanto, la libertad humana es el poder de actuar de acuerdo a la propia voluntad racionalmente determinada. La libertad de la acción intencional es manifiesta según las siguientes dos condiciones: primero, la condición de ser objetivamente libre, lo que implica tanto el saber como el actuar dentro del ámbito del ejercicio del derecho de ser libre; segundo, el sentirse subjetivamente e íntimamente libre, estado que se obtiene en su plenitud con la conciencia profunda.

La libertad no consiste en elegir una alternativa, sino en la posesión objetiva de alternativas. Además del conocimiento y la experiencia, muchas veces las posibili­dades de mayores alternativas son productos del pensamiento creativo. No obstante, aunque es útil la posesión de la mayor cantidad de alternativas posibles para llegar a una buena elección, la que refleja un estado de estar liberado de condicionamientos, lo que importa es que a través de la acción libre se está determinando una de estas alternativas según una finalidad. En consecuencia, la libertad propiamente no es una “libertad de”, sino que es una “libertad para”.

Lo anterior no significa que la acción humana sea libre en forma absoluta; la acción libre está condicionada por factores de toda índole: genéticos, culturales, afectivos, cognoscitivos, emotivos, físicos; y se desarrolla en combinación con otras múltiples fuerzas. Estos factores conforman una com­pleja estructura que casi determina la acción “libre”, al modo de la tragedia griega, donde el ser humano es casi el juguete del deter­minismo del destino y la fortuna. La acción humana se mueve en espacios relativos de libertad. Hasta el poderoso más liberado tiene límites en sus espacios de libertad. Hasta el esclavo más sometido tiene sus propios espacios de libertad.

Nuestra libertad, cuando es ejercida, queda determinada. No sólo no podemos hacer todo lo que queremos, y cuando hacemos algo, optando por algún curso de acción que determinamos, cerramos las posibilidades para hacer otras cosas. Un bachiller que elige la carrera de medicina, en el mismo acto de elegir, está cerrando sus opciones por otras carreras de modo virtualmente irreversible. No sólo es válido el conocido dicho: “tu libertad termina donde comienza la mía”, también es cierto que al tiempo de ejercer la libertad se está limitando los espacios de libertad por una de las alternativas posibles. Una vez que se elige libremente una alternativa de las posibles, la libertad se determina a la acción dentro de dicha alternativa. Ciertamente, la elección de cualquiera de las alternativas trae consigo nuevas alternativas que determinar.

La acción es menos libre en la escala de la conciencia de lo otro, pues los mecanismos causales son bastante determinados y las condiciones están bastante dadas. Un animal enfrentado a otro tiene sólo dos posibilidades: atacar o huir. En la escala de la concien­cia de sí, el efecto de una acción humana lleva impresa el sello de su libertad, pues, a pesar de todos los mecanismos y factores condicionantes, y hasta determinantes, existe una intencionalidad y una deliberación previa al desencadenamiento de la acción llenas de significados y valoraciones. En fin, en la escala de la conciencia profunda, terreno de lo moral, la acción humana es tan indeterminada como imprevisible.

Desde una perspectiva inversa, el ser humano está condicio­nado por fuerzas propias del modo determinista del funcionar de las cosas, donde el azar del indeterminismo fundamental está, nos guste o no, desprovisto de significaciones ulteriores, sean éti­cas o morales. Además, una acción libre puede ser motivada por sentimientos y hasta emociones, pero no puede ser controlada por estas manifestaciones de la afectividad. La razón debe permanecer fría para deliberar y ponderar, sin verse presionada por las necesidades de respuesta que presenta la afectividad. Se sabe que las pasiones son malas consejeras y ofuscan la razón.

En consideración a la deliberación previa que la razón efectúa, la acción verdaderamente libre tiene como condición el cono­cimiento. Mientras más y mejor se conoce, menos posibilidades hay de estar apresado por la ignorancia a algunas pocas alternativas. El conocimiento posibilita la capacidad para actuar más libremente, pues abre mayores alterna­tivas. En realidad el conocimiento incrementa la conciencia que se puede tener tanto de algo como de sí. A mayor conocimiento de la historia, la geografía, la realidad, etc., mayor conciencia se tiene de las cosas y de sí mismo en relación con éstas, y mejores y mayores son los elementos que entran en una deliberación. Un mayor conocimiento produce un estado de mayor libertad, pues el conocimiento rompe con los condicionamientos de prejuicios y mitologías.

La acción propiamente humana, por ser intencional, es autó­noma. Nace de su razón y la ejecuta su voluntad libre. Para ejercer su autonomía, requiere como condición fundamental la inde­pendencia de voluntades ajenas y de determinismos propios del universo natural. La acción de un funcionario, por ejemplo, no es libre, sino que el deber de su cargo le impone una conducta determinada. El deber sustrae su autonomía. Su responsabilidad no es por la acción misma que efectúa, sino por el cumplimiento del deber. Quien obedece a una autoridad no es autónomo: su libertad la ejerció en el momento de decidir autónomamente obedecer, si acaso tuvo tal oportunidad. No obstante, desde la perspectiva de la escala mayor de la conciencia profunda, un funcionario es siempre moralmente responsable por las acciones que realiza. Nadie puede legítima­mente recurrir al expediente de la obediencia ciega para justifi­carse moralmente. Otra cosa es que reciba o no una sanción legal o ética.

Del mismo modo, el determinismo natural impone ciertas con­diciones para la acción autónoma, pero no constituye un impedi­mento invencible para un sujeto con plena conciencia que actúa dentro de los márgenes abiertos que aquél deja a la acción deli­berada. En cualquier caso, la renuncia a la autonomía es una renuncia a ser más humano, que es la posibilidad de crecer y auto­-estructurarse. También se renuncia a la autonomía cuando se elige evadir la realidad tanto cuando se busca sumergirse en drogas y alcohol como cuando se persigue el refugio de los prejuicios y la igno­rancia evitable.

La fuerza intencional tiene como característica la origina­lidad. La conducta imprevisible, que no obedece a mecanismos naturales, proviene de la capacidad que tiene el ser humano de pensamiento racional, el que le permite organizar sistemas pro­pios de relaciones de conjuntos de ideas. Éstos evalúan las cosas y sus acciones, conciben finalidades y dirigen su propia acción. El ser humano es un creador original que moldea e influ­ye, con un mayor o menor conocimiento de las técnicas y la comu­nicación, su propio medio y la voluntad de sus semejantes según finalidades intencionales. Como productor busca hasta superar los límites del universo. Su éxito es relativo de la misma manera como el universo y él mismo son relativos.

La fuerza creativa plasmada en el arte es aquella producción humana no necesariamente utilitaria, pero cuya belleza intrínseca porta ocasionalmente un contenido trascendente y misterioso que es intuido con mayor o menor intensidad. Esta especial manifesta­ción de creatividad es un indicio significativo de no sólo sus aspiraciones para transcender los límites del universo, sino tam­bién de una necesidad para intuir una realidad que lo transciende.


La auto-estructuración a través de la acción


La cultura occidental ha sido influenciada profundamente por las doctrinas de Platón (ca. 428 a. C./427 a. C. – 347 a. C.) y san Agustín de Hipona (354-430), de las cuales las posturas más conservadoras y autoritarias suelen nutrirse. Ambos fueron testigos de la destrucción de sus respectivos modos de vida. Platón asistió a los terribles efectos de las guerras del Pelopo­neso que destruyó para siempre el poderío y la hegemonía de Atenas. Por su parte, san Agustín fue espectador de la decadencia y disolución del Imperio romano, el que culminó con las invasiones de pueblos bárbaros. Éstos, se supone, incluso terminaron trágicamente con la vida del santo. Agustín había sido poderosamente influenciado por Platón vía Plotino y los neoplatónicos, recogiendo su pesimismo respecto a la naturaleza del ser humano. La cultura occidental, con sus poderosas raíces introducidas hondamente en el agustinismo, porta una poderosa carga de prejui­cios sobre la perversa naturaleza humana que por sí misma no logra alguna acción del agrado de Dios, de modo que a muchos les es difícil aceptar que la libertad de la acción humana pueda conseguir la verdadera auto-estructuración personal.

La acción propiamente humana, cuando pro­duce un efecto en algún objeto, genera también, de alguna manera, un efecto en el mismo sujeto. A través de su acción, el ser humano se va no sólo autodeterminando, sino que también auto-es­tructurando. Heidegger señalaba que un ser humano es posibilidad, pues tiene el poder ser. Diré además que tiene la posibilidad de irse estructurando a sí mismo. Se auto-estructura en forma análoga a la forma como se estructura todo ser biológico a través de la acción sobre otras cosas. Cuando un organismo biológico come, se alimenta; cuando corre, fortalece sus músculos; cuando actúa, se auto-estructura. Pero mientras la auto-estructuración biológica compete al fenotipo del organismo individual, la estructuración personal es a la vez intelectual, afectiva y moral.

La acción intencional no es neutral con el sujeto, pues su personalidad se auto-estructura con sus propias acciones. Las virtudes y los defectos se van construyendo por la acción intencio­nal. Cuando en la intención hay amor, que es el anhelo de hacer el bien, lo que supone valorar tanto las cosas externas como uno mismo en una justa medida, se va estructurando una personalidad virtuosa. Por el contrario, el odio, el egoísmo y la egolatría engendran una personalidad desintegrada. En consecuencia, ni la armonía ni la asi­metría de la auto-estructuración son independientes del deber ser.

Además, el ser humano se auto-estructura a través de su acción cognoscitiva. Cuando estudia, se instruye; cuando experi­menta, aprende. Conocer algo es adquirir conciencia de aquello. Como la escala de conocimiento depende de la escala de conciencia que el sujeto ha ido estructurando, también ocurre lo propio con la escala de auto-estructuración.

Sobre esta auto-estructuración conviene hacer un par de re­flexiones. Primero, para conocerse a sí mismo, es inútil la mera introspección pasiva, como se tiende a hacer, por ejemplo, cuando existe una asimilación forzada de ciertas filosofías de origen oriental, específicamente la meditación yoga, pues nada personalmente estructurado, que no sea la estructura corporal a escala fisiológica, puede encontrarse cuan­do nada se ha hecho intencionalmente en acciones libres. Sólo con la acción inten­cional y libre de la propia voluntad es posible tal conocimiento. Segundo, sólo la auto-estructuración virtuosa puede producir la autorrealización, y no cualquier acción intencional que pres­cinda de una recta intención, como uno podría deducir, por ejem­plo, de la teoría psicoanalítica de Alfred Adler (1870-1937), para quien el supuesto sentimiento de inferioridad, universal y congénito en el ser humano puede ser contrarrestado desarrollando una egoísta voluntad de poder. Por el contrario, una realización personal que estructure una personalidad sana se logra a través de una acción intencional que contenga amor y justicia, y, por lo tanto, presencia de otro, y no a través de una acción puramente egocéntrica. Respecto a la idea de “sentimiento de inferioridad”, ésta tiene una connotación ideológica construida sobre la condición de desamparo existencial, natural no sólo del ser humano, sino que también de los demás animales.

La vena hedonista actual en nuestra cultura proviene de entender que la realización personal, propiciada por ciertas escuelas psicológicas y sostenida por raíces calvinistas, consis­te en consumir estructuras y fuerzas del medio para el propio beneficio, sin consideración alguna por las necesidades ajenas, como si el éxito en estructurar su personalidad se erigiera sobre la falta de amor y de solidaridad. El sacrificio y el sufrimien­to, que en último término son los ingredientes que consiguen estructurar una personalidad verdaderamente realizada, son des­preciados. Por el contrario, una autorrealización constructiva se fundamenta en una autodeterminación que busca el bien del próji­mo, aunque ello signifique autosacrificio.

Max Weber (1870-1920) describió la raíz calvinista tras el éxito indicando que éste es una señal externa de que un individuo ha sido predestinado para la salvación; por lo tanto, para salvarse, el individuo se esfuerza por conseguir el éxito. La autorrealización de Adler es el cumplimiento interno de la demanda religiosa, pero desprovisto de toda transcendencia. Además, el éxito se entiende como el logro que permite la felicidad, siendo supuestamente ésta el propósito de la vida. En cambio, la verdad es que la felicidad es funcional a la vida, siendo el propósito de ésta simplemente vivir, pues, si se vive con plenitud, actuando libremente, se es consecuentemente feliz.

La acción intencional tiene un propósito que es más complejo que la satisfacción lisa y llana de una necesidad, pues pertenece a una escala mayor que la acción destinada a buscar los medios necesarios para la supervivencia. En general, la psicología cen­tra su atención en los efectos de lograr o no el propósito que se busca y considera peligroso la frustración que surge tras la falla en obtener finalidad perseguida. Supone que frustracio­nes repetidas y serias pueden generar conflictos emocionales dolorosos e  incapacitantes, y causar desórdenes y desequilibrios psicosomáticos, todo lo cual produce sufrimiento al individuo. Esta cadena de relaciones causales –frustra­ción > sufrimiento > trauma > incapacidad– aparece natural, y los medios y terapias para aliviar al individuo de su sufrimiento son efectivos. Sin embargo, este tipo de escuela psicológica se inserta en el pensamiento contemporáneo que moldea la cultura y al individuo, y donde éste se caracteriza por su inmanentismo y su consecuente hedonismo. Pues, si el ser humano es concebido como proyecto, pero sin posibilidad para transcender su necesaria destrucción final, que es la muerte, su deber ser es buscar su propia felicidad, concebida como bienestar, complacencia y olvido de los conflictos.

La concepción inmanentista reduce la acción intencional a la dimensión única de la escala de su vida “terrena” y le niega la posibilidad para remontar a escalas superiores, en las cuales el sufrimiento, el dolor y la muerte adquieren al valor positivo de sacrificio y de medio necesario para una vida superior y transcen­dente. Un eje paralelo al de felicidad-sacrificio lo constituye el de autorrealización-amor. Nuevamente, el pensamiento inmanen­tista supone que el propósito principal de la acción intencional es la realización personal, a la cual el amor debe subordinarse. Por el contrario, una perspectiva transcendente confiere igual importancia a ambos propósitos, y afirma incluso que la realiza­ción personal se obtiene mediante la entrega de amor y que, por el contrario, la acción egocéntrica estructura personalidades infelices.


Las escalas de la conciencia


El ejercicio de la libertad es inédito y original; surge, en una primera escala, de la conciencia de sí y, más intensamente, de la conciencia profunda. A pesar de ser un producto más de la evolución del universo, el ser humano puede llegar a tener con­ciencia no sólo de las cosas que existen en el universo, como ocurre con todos los animales en mayor o menor grado, sino también de su misma constitución y de sus límites. Pero además, el ser humano es el único ser que puede mirarse a sí mismo, indepen­diente de las cosas y llegar a tener conciencia íntima y profunda de sí.

La calidad de persona, en el sentido griego del concepto –por la cual un ser humano es sujeto de acciones intencionales, constituyéndose en un ser único y singular, erigido sobre sí mismo–, depende del desarrollo y profundización de su conciencia. Un ser humano no es únicamente una estructura que es funcional a causa de la funcionalidad de sus subestructuras. En él se puede dar una estructuración de su conciencia que no depende de la agregación de nuevas subestructuras, sino de una reconcentración de sí mismo que genera nuevas perspectivas y proyecciones en una escala superior de conciencia. A este respecto podríamos distinguir tres tipos de conciencia: la con­ciencia de lo otro, la conciencia de sí y la conciencia profunda. Estas categorías no deben confundirse con aquellas propuestas por Sigmund Freud (id-ego-superego y subconciencia-preconciencia-conciencia) para describir fenómenos conductuales en la perspec­tiva del psicoanálisis.

En general conciencia es una función de la estruc­tura psíquica generada por el sistema nervioso central en virtud de la cual la persona no solo es capaz de poseer una actitud atenta, vigilante de su entorno, que le permite ubicarse espacial y temporalmente, al tiempo de valorar el posible beneficio o peli­gro que encierran las cosas que allí percibe, sino que unifica toda su actividad psíquica. Indudablemente, la conciencia es una forma de designar el funcionamiento de una cantidad de contenidos de conciencia desde el punto de vista del presente. Relaciona activamente, según parámetros espacio-temporales, la multiplicidad de sensaciones, imágenes, ideas y sus relaciones que el contacto con el mundo externo suministra, y las compara continuamente con los contenidos, en sus distintas escalas, evocados por la memoria.

Formalmente, la conciencia es la capacidad que posee un sujeto para adquirir la presencia de un objeto. La capacidad se refiere a la función de una estructura; en este caso, la estructura es la cognitiva; por tanto, la conciencia se refiere a la cognición. La posesión en este caso es una representación psíquica del objeto que se origina en las sensaciones que recibe de un objeto y que estructura o elabora en percepciones, imágenes y conceptos. El sujeto es el ser que contiene la estructura cognitiva. La adquisición es el acto cognitivo. La presencia es la invasión del sujeto en el campo de sensación del sujeto. El objeto es todo lo que se pone al alcance del sujeto, como causa de las sensaciones del sujeto, pudiendo ser partes de estructuras, estructuras individuales o el conjunto de las estructuras, tanto actualmente como surgidas de la memoria del sujeto.

El objetivo de la conciencia es unificar tanto la continua y permanente información de la realidad que llega a través de los órganos de sensación como la información suministrada por la memoria. También la conciencia está presente en la elaboración de nuevos contenidos de conciencia (percepciones, imágenes, ideas, relaciones lógicas y relaciones ontológicas). En fin, la conciencia, en posesión de todo este conocimiento, puede ejercer un efectivo control sobre la acción.

La conciencia se distingue del sueño, aunque en ambas fluyen contenidos de conciencia; pero en el sueño no existe el control unificador de la conciencia ni la percepción actual de la reali­dad, sino que refleja simbólicamente las preocupaciones cotidia­nas. En síntesis, conciencia es el conocimiento que tiene un individuo de ser sujeto de relaciones causales que pueden compro­meter su existencia en cualquier grado, ya sea como causa o como efecto.

Conciencia de lo otro

La más simple de todas es la conciencia acerca de las cosas que nos rodean. Este tipo de conciencia, que poseemos todos los animales en mayor o menor grado, proviene de la capacidad natural de reconocer objetos que pueden ser afectados por nuestras acciones o que a nosotros pueden afectarnos. La acción que surge de la informa­ción provista por este tipo de conciencia no puede ser llamada precisamente libre, pues está condicionada por los apetitos pro­pios que promueven la supervivencia y la reproducción para los cuales es específicamente funcional. La intensidad de esta con­ciencia varía desde el simple reconocimiento de la existencia de luminosidad o calor hasta la comprensión de las fórmulas químicas más complejas.

Conciencia de sí

Un segundo tipo de conciencia es la conciencia de sí. Pertenece a una escala que implica una inteligencia racional, pues surge de la relación intelectual que un ser racional efectúa entre las diver­sas cosas, de las cuales distingue una de éstas, el agente de la acción, que llega a identificar consigo mismo. No se refiere a la acción de la causalidad que un individuo siente en sí mismo, reconociendo que la causa es distinta a sí mismo, pues en eso reside justamente la conciencia de lo otro. La conciencia de sí establece la distinción sujeto-objeto, donde el sujeto se concibe siempre por oposición al objeto. Surge por reflexión. Así, pues, al reflexionar y mirarse a sí mismo como sujeto, éste se concibe como propio y distinto de las otras cosas.

La conciencia de sí tiene la capacidad para distinguirse ella misma de la experiencia, identificando la causa de la expe­riencia con lo otro, y el lugar de la conciencia que experimenta lo otro, consigo mismo. La persona, al reflexionar, reconoce que la conciencia es el lugar del pensar, de la voluntad y del sentimiento, siendo además el origen de la acción. El origen y lugar de todos estos procesos los identifica con el yo. El yo se erige en sujeto consciente que reflexiona y actúa autónomamente. La conciencia de sí impone el yo junto con el problema de su signi­ficación y su sentido. También al producir el yo y en el acto de reconocer un yo, está también reconociendo un tú a partir de la conciencia de lo otro.

La acción que surge de este conocimiento, por la que el sujeto racional se identifica con el sujeto de la acción, separa­do de las otras cosas, supone, primero, una acción concebida como propia, emanada de sí mismo; segundo, una evaluación de sus efectos probables y, tercero, una evaluación que hace sobre sus mismos objetos, a los que ordena axiológicamente, otorgándoles a cada cual una posición dentro de una jerarquía valórica que él mismo llega a estructurar. La acción, que tiene un momento de deliberación, tiene otro momento de decisión y ejecución, y un tercer momento de cambio en el objeto hacia el cual se dirige, hace emerger el tiempo de pasado, presente y futuro. Cuando surge la conciencia de que el sujeto puede ser causa del cambio, aparece el proyecto de futuro y la programación y la planificación de la acción.

La razón, que corresponde a otro conjunto de estructuras cerebrales funcionales que operan desde el punto de vista lógico, no condiciona la acción cuando determina que tal curso para ésta es necesariamente el que se debe optar, pues ésta emana precisa­mente de aquella. La acción es intencional cuando es razonada. Otro problema es el condicionamiento ontológico de la razón a causa de las valoraciones éticas que suministra la cultura. Muchas veces los valores culturales se anteponen a la razón sustrayendo libertad.

La conciencia que cada ser humano tiene de sí, y por la cual el mismo adquiere una identidad única y propia, en el tiempo y en el espacio y con relación a las otras cosas, no le proviene por aquel supuesto ingrediente espiritual denominado alma, sino que es producto de la estructura psíquica compuesta por los contenidos de conciencia, en especial las imágenes, ideas y juicios que cada ser humano va estructuran­do según las representaciones actuales y evocadas, que convergen precisamente en ella para hacer de la representación psíquica un todo coherente y referido a la realidad. Entre estos contenidos de conciencia figuran las imágenes y los conceptos que cada uno adquiere o elabora como representaciones más o menos verdaderas de la realidad; el modo particular en que se han ido estructurando; las relaciones que cada cual va haciendo entre las cosas que percibe; la percepción íntima de su existencia, de su yo, de su propio desarrollo, de sus caren­cias y afectos, de sus posibilidades y debilidades, de sus alegrías y tristezas; el conjunto de pasadas experiencias y su ordenamiento como sucesos en el tiempo; la emotividad particular que condiciona toda imagen; los sentimientos que acompañan sus ideas. Todo ello constituye un marco de referencia permanente y un banco de conocimientos de inmediato acceso; en fin, todo ello constituye un sistema en su conciencia de sí que le permite deliberar y actuar intencionalmente.

Conciencia profunda

Un tercer tipo de conciencia es la conciencia profunda. Ésta se encuentra en una escala mayor de estructuración de la conciencia. No hace que nuestra acción sea más libre, sino que hace que uno mismo sea íntima­mente libre al actuar, y desde luego plenamente responsable. A diferencia de la conciencia de sí, la podemos reconocer en ausen­cia de cualquier referencia con otras cosas, y, por lo tanto, no requiere ninguna identidad por la que se puede relacionar o definir, pues se identifica únicamente consigo mismo en una mismidad. Mediante ella, una persona se reconoce a sí misma como singularidad y como independiente de otras cosas por referencia, relación o identidad. Esta conciencia es un reconocimiento de la radical mismidad que puede llegar a subsistir incluso a la propia corporeidad espacio-temporal, la que la llega a concebir como otra cosa más, muta­ble, corrupta y hasta ajena, al menos en los místicos, y que en lenguaje ordinario, sepulcral, se denomina “los restos”.

Es conveniente entrar a analizar el concepto de mismidad. Lo prime­ro que resalta es que este concepto es distinto del de identidad. La identidad supone otras cosas de las que se diferencia. En especial, supone la ocupación de un espacio-tiempo definido en el universo. En cambio, la mismidad supone únicamente uno mismo, una unicidad, tal como una singularidad, y reducido a una pura con­ciencia, sin ninguna referencia espacial ni temporal. El yo es sustancial y singularmente el yo mismo, sin relación a nadie más, autosustentable, polo de la acción intencional, autoconsciente, descontextualizado, sentimentalmente auto-contextualizado. La identi­dad que es propia de la conciencia de sí necesita otras cosas para poder diferenciarse, distinguirse, describirse y definirse: un sujeto frente a lo otro; la mismidad, por su parte, no necesita sino de uno mismo, independiente de todo lo demás.

Sin embargo, la conciencia profunda no aparece de la nada, sino que es una estructuración en una escala superior que surge de la conciencia de sí. Tampoco es una mismidad estática, encerrada en sí misma e inmanente, como se podría entender a un monje budista. La conciencia profunda surge de comprender que existe una meta infinita capaz de unificar y dar sentido a las distintas acciones intencionales, y que es infinitamente deseable. También comprende que es posible alcanzarla, al tiempo de comprender asimismo las propias e irreductibles limitaciones para este emprendimiento.

La conciencia profunda es una experiencia muy personal; pero es bastante hermética, por lo que no puede ser un objeto de estudio muy definido para la filosofía, la que la puede proponer; menos lo es para la ciencia, puesto que ésta trata con entidades no singulares, con objetos espaciales y con fenómenos que puedan ser susceptibles de experimentación. En efecto, el conocimiento objetivo, que es el de la ciencia y la filosofía, es de lo plural. En cambio, lo singular, en tanto no está relacionado con nada, no está referido a nada que pueda dar conocimiento de él, de definirlo y determinarlo como objeto de conocimiento. Tal como en una escala mayor, la de la razón, un ser humano estructura la conciencia de sí sobre la conciencia de lo otro, la conciencia profunda es una estructuración en una escala aún superior que incluye los otros tipos de conciencia, pero se estructura sólo cuando se llega a relativizar la conciencia de sí, por así decir.

Únicamente la conciencia profunda permitiría abrir uno de los dos cerrojos de la puerta que conduce a la transcendencia; el otro cerrojo sería de recurso divino; pero éste tema, propio del conocimiento revelado, queda al margen del conocimiento objetivo y, por tanto, de nuestros propósitos. En este mismo grupo de temas desconocidos, pero que uno tiene el perfecto derecho a plantear con toda sensatez, está aquel de si acaso la mismidad es subsistente a la muerte del individuo, y si lo es, de qué manera, puesto que ya no habría supuestamente un espacio-tiempo, ni tampoco la mismidad estaría sujeta al imperio de las leyes de la termodinámica. Estos dos temas los trato en mi libro La flecha de la vida, capítulo 6.

Desde el punto de vista del propósito de los tres tipos de conciencia, vimos que el sentido de la conciencia de lo otro está relacionado con la supervivencia y la reproducción. Esta finali­dad biológica es distorsionada en la conciencia de sí por la ética, la cual busca, a través de la subsistencia de la comuni­dad, realzar la propia supervivencia y reproducción. La concien­cia profunda adiciona un marco transcendente en el cual la finali­dad de supervivencia individual y subsistencia social se relati­vizan.



CAPÍTULO 3 - EL JUICIO DE LA ACCION



En la acción intencional se distinguen tres momentos: el antes, el actual y el después de la acción. Cada uno de estos momentos responde a una norma. Éstas son respectivamente la moral, la jurídica y la ética. La acción moral se desenvuelve dentro de un marco subjetivo e íntimo de cosmovisión y de valoración de la conciencia profunda y del sentido último de la vida. La norma jurídica juzga como delito sujeto a sanción la ejecución de una acción según el ordenamiento jurídico que puede ordenar, prohibir o autorizar una conducta determinada. La ética, cuya norma indica lo correcto o incorrecto, lo conveniente o inconveniente de la conducta externa de un individuo, valora el efecto social de la acción indi­vidual. El valor de las cosas no está relacionado con lo bueno o lo malo, sino que es relativo y está en relación a otras cosas según su funcionalidad y según nos afecte.


Acción y norma


La acción humana puede recibir un juicio objetivo y externo porque proviene de la razón. A modo del fenómeno kantiano, aquella es precisamente la única manifestación de ésta. Ella puede distinguirse formalmente desde el punto de vista de la norma. Existen tres tipos generales de normas. Éstas se diferencian entre sí por juzgar cada una de las tres etapas de la acción intencional. Los momentos específicos que estas normas enjuician son el antes, el actual y el después de la acción.

El antes de la acción corresponde a la deliberación razonada, la que le imprime una intencionalidad. Los sentimientos que acompañan a los conceptos que se razonan proveen una motivación. Este momento previo a la acción misma es enjuiciado objetivamente por la lógica en su misma escala y por la norma moral desde una escala superior subjetiva. El acto mismo, que es la ejecución de la acción, corresponde al ejercicio actual de la fuerza, en la etapa que sigue a la intención, y es enjuiciado por la norma jurídica, suponiendo una intención. Por último, la finalidad de la acción, que está ligada formalmente a la intención, aunque siéndole independiente, perte­nece al después de la acción, que es su efecto, pues en ese momento la acción queda determinada como efecto. En su calidad de efecto social puede ser entonces enjui­ciada por la norma ética.

Vemos entonces que los tres momentos de la acción intencional se correla­cionan con tres tipos de normas u órdenes. Estas normas tienen sus corres­pondientes legisladores. Así, la acción propiamente moral respon­de a una norma del sujeto. En este tipo de juicio esta norma es ambivalente, pues el sujeto puede deliberar tanto racionalmente, desde su conciencia de sí, como moralmente, desde su conciencia profunda. Por su parte, la acción legal responde a una norma jurídica, que es aquélla dictada por la estructura política (el Estado), en representación o no de la estructura social (la sociedad civil). En fin, la acción ética responde a una norma de la sociedad en tanto ente cultural. Bajo estos tres tipos de normas, el sujeto humano es responsa­ble ante sí mismo por su acción, y también otros jueces que lo hacen responsable por ésta, pues la responsabilidad está siempre demandada por la norma.

Por lo tanto, los orígenes de estas normas son los siguien­tes: para la norma moral es el correcto razonamiento según la lógica y los valores morales como premisas; para la norma jurídi­ca son las proposiciones de los legisladores de la estructura política que pueden favorecer a la totalidad de la social civil, a una minoría de ella, o simplemente a nadie, y para la norma ética son las proposiciones o códigos culturales sobre la subsistencia social y la supervivencia y reproducción individual.

El orden jurídico

La norma legal o jurídica, que juzga la ejecución de una acción, entra en la categoría prohíbe o permite. Por lo tanto, el acto mismo puede ser enjuiciado por el derecho o el ordenamiento jurídico, el que puede ordenar, prohibir o autorizar una conducta determinada. Además, este ordenamiento prevé una sanción para quien infringe las normas y disposiciones legales. La ley es la formulación de la norma jurídica. La infracción de la ley se denomina delito. El propósito pretendido de la ley es la justi­cia. En cuanto virtud, ésta última debe, no obstante, existir en la intención misma. Reconociendo la capacidad racional del sujeto, la ley busca establecer la intencionalidad para poder ser aplicada. También ella proviene usualmente de la ética. Cuando ello ocurre, la ley la explicita y la universaliza. Cuando la ley se explicita para abarcar todas las situaciones de una determinada característica, ella se estructura en la escala racio­nal; cuando ella se universaliza, se objetiva.

El juicio jurídico no tiene por objeto juzgar la conciencia de un sujeto ni lo que ésta deliberó, sino que le basta saber si previo a la acción hubo deliberación o no, si el sujeto tuvo conocimiento o no de las probables consecuencias de su acción. Al juicio jurídico le es necesario indagar si el acto fue intencio­nal o no, pues su objeto primero es determinar la culpabilidad de un sujeto de una acción que transgrede lo dispuesto por la ley, y la culpabilidad depende de la voluntariedad del acto. Así, un animal no puede ser sometido a juicio, pues su acción no tiene intencionalidad alguna. Tampoco lo puede ser un enajenado mental, lo que no impide que se le pueda privar su libertad, no sólo para efectos de una terapia, sino que para que no pueda repe­tir una acción que resulta perjudicial a los demás. Según la ley el juez puede juzgar que en la intencionalidad hubo atenuantes o agravantes en la comisión del delito.

Considerando que la ley es el resultado de intereses de grupos de poder y hasta de intereses privados influyentes, no necesariamente responde a aquellos valores éticos sustentados por minorías de poder, como tampoco a valores éticos generales. Para que la ley responda lo más fielmente posible a la ética, resulta necesario que quienes legislan representen los intereses y los valores del pueblo. La ley que así emane representará el interés de la mayoría, si acaso no el interés general o bien común.

El comportamiento legal pretende ser racional y objetivo. Sin embargo, considerando que todo comportamiento y norma sobre aquél responde en último término a los apetitos de supervivencia y reproducción, cuando las situaciones son límites, la ley cesa de tener un valor racional y universal, y reaparece la ética del aquí y ahora, la cual puede contradecir la ética para una situa­ción más estable y menos presionada. Pensemos en el comportamien­to en tiempo de guerra, de los hambrientos náufragos en una balsa, del de una madre cuyo hijo ha sido raptado, etc.

La ética

La ética valora el efecto de la acción indi­vidual en la sociedad. Ella es un imperativo cultural al comportamiento volunta­rio e individual que tiene alcance social. Tiene por estímulo aquellas funciones biológicas de supervivencia y reproducción individuales que están subordinadas a la subsistencia social. Corresponde a los juicios sobre las acciones de supervivencia o reproducción individuales que son emitidos por la estructura social de acuerdo a sus demandas de subsistencia y prolongación. Sus normas provienen de la experiencia colectiva e indican, a la manera de un código, lo correcto o incorrecto, lo conveniente o inconveniente, lo propio o impropio, lo adecuado o inadecuado de la conducta externa de un individuo según el resultado final de la acción en cuanto al mayor o menor éxito, seguridad, poder, bienestar, prestigio o placer que de tal acción de hecho éste obtiene respecto a la colectividad. Ellas se comparan con parámetros de sabiduría teó­rica, práctica, social o religiosa. La co­lectividad hace responsable a los individuos que la integran de actuar según las normas éticas que hace suya. Quién las transgre­de comete una falta de ética y recibe una condena social que se manifiesta como rechazo y repulsa al trasgresor.

La valoración ética no es absoluta, sino que es consensual y convencional; proviene de la experiencia colectiva en sus esfuerzos por subsistir, y de la experiencia individual por sobrevivir y reproducirse. Dos milenios de enseñanza y práctica evangélica han tenido por efecto cambiar algo el sentimiento de las personas respecto al prójimo y la valoración ética ha incorporado algo de la dimensión de la transcendencia. Indudablemente, como frutos de la enseñanza evangélica, el régimen democrático ha emergido y los derechos humanos se han encarnado en las finalidades políticas. Este fundamento ético, que nos ha hecho más humanos, es lo más cercano a una justicia absoluta que exigiría una norma. En las últimas décadas, junto al creciente prestigio de la ciencia, en un tras­toque de valores sobre el sentido de la vida, la psicología experimental, más que la religión o la filosofía, está sumi­nistrando las normas éticas con criterios bastantes inmanentes, contingentes, positivistas, individualistas y centrados en el ego individual.

La relatividad general de la ética en cuanto valores y normas está sujeta no obstante a tres parámetros de orden absoluto. Estos son: 1º la necesidad biológica del individuo de supervivencia y reproducción; 2º la necesidad biológica de subsistencia de la especie humana y, en consecuencia, la necesidad sociopolítica de mantener el orden y la paz social, y 3º el sustento natural y jurídico de toda persona – que es un ser moral, es decir, con capacidad para ejercer acciones intencionales– de ser sujeto de los derechos fundamentales a la vida y la libertad, y que lo constituye en un legítimo otro, digno y respetable.

Estos tres polos son distintos y no necesitan ser contradictorios, pues operan en planos diferentes. Sin embargo, muchas veces se interrelacionan, produciéndose paradigmas éticos. La necesidad de reproducción y su consecuente satisfacción de apetitos sexuales obliga éticamente a respetar al otro. La supervivencia del feto depende de la supervivencia de la madre, quien éticamente es ya responsable de su propia vida, de la crianza de sus otros hijos y del mantenimiento de su familia. La subsistencia del todo social permite privar de libertad al delincuente u obligar a los soldados a someterse a los peligros de la guerra. El bien común del todo social permite racionar el alimento en hambrunas o de los medios técnicos vitales, pero extraordinarios, a enfermos terminales o con escasas posibilidades de una vida digna.

La norma

La norma en general no es tan relativista ni subjetiva como lo haría parecer el Derecho positivo. En una época tan pragmática como la actual, resulta difícil aceptar que ella pudiera poseer un referente objetivo y trascendental que le pueda conferir un valor moral. Tampoco nos es posible adherir a la concepción de princi­pios eternos que la Razón llega a poseer de alguna u otra manera. Pero si la conciencia subjetiva de lo bueno y lo malo está tras la deliberación moral, el sentido práctico de lo propio y lo impropio está tras la acción ética, y el temor de la sanción está tras el efecto legal del acto; en fin, aquello que subyace bajo estas etapas de la acción es el principio del deber ser.

Puesto que pertenece a una escala de gran abstracción, superando lo contingente de la acción concreta constreñida por la situación particular, el principio del deber ser pertenece pro­piamente al ámbito de la filosofía moral. Esta expresa el refe­rente trascendental para la moralidad en la deliberación, para la legitimidad del acto ético y para la justicia de la ley. Ella se desenvuelve en ámbitos que pertenecen tanto a la persona indivi­dual como a la sociedad y que incluyen tanto la legítima necesi­dad de supervivencia y reproducción individual como la necesidad de subsistencia social y los anhelos de transcendencia personal. Se puede comprender entonces que la intrincada complejidad del dominio de la filosofía moral genera la confusión de lo objetivo y trascendental con lo subjetivo y relativo.

Así, pues, es prerrogativa de la razón humana no sólo el juzgar la acción intencional en sus distintas etapas, sino que, principalmente, hacerlo con justicia y bondad después de compren­der con mayor verdad la realidad y el sentido del ser humano y de las cosas del universo. La conquista de una mayor verdad ilumina mejor el principio del deber ser que guía nuestra acción y da sustento legítimo a la norma. Sin embargo, en nuestro mundo tan humano, donde nadie –ni Iglesia ni Estado– puede legítimamente arrogarse en exclusiva el poder para definir lo que es bueno o malo, lo que es propio o impropio y lo que es justo o injusto, no existe una instancia que posea la suficiente legitimidad para expresar los principios morales si no es la comprensión personal –y subjetiva– del evangelio de Jesús. No obstante, tal como todo autor de una acción intencio­nal posee una conciencia moral que enjuicia su propia bondad o maldad, un legis­lador probo que responda al mandato de sus representados y que busque el bien común legislará teniendo como referente principios de justicia y equidad.


La acción moral


Mientras la ética es una estructura normativa, tanto externa como social, que juzga al sujeto según el efecto de su acción, la moral es, por el contrario, una fuerza interna y personal cuyo ámbito es la conciencia personal. El objetivo de la acción moral está más de acuerdo al significado que se busca para la vida que al temor a alguna sanción social. Su norma es la opción por el bien, la justicia, la verdad y el amor. Su juicio es a la inten­ción. Su transgresión se denomina pecado. Este se libera o se expía con el arrepentimiento y la penitencia de modo análogo a como la pena castiga la transgresión de una ley, y la repulsa social condena la violación de una norma ética.

La acción moral es la fuerza intencional de la autodetermi­nación personal que, más allá de procurar la mera supervivencia y reproducción, se desenvuelve dentro de un marco subjetivo e íntimo de visión cósmica y de valoraciones de la conciencia profunda, del sentido último de la vida, de significaciones abstractas, de transcendencia, de esperanza, de piedad, de misericordia y de humildad. Tanto el sacrificio personal como el goce de la felicidad quedan subor­dinados a la concepción personal que el sujeto tenga ahí y ahora del bien y la verdad, los que pasan a depender del marco subjeti­vo de toda persona. La importancia social de la formación integral de las personas debiera ser decisiva.

El origen de la acción moral es más subjetivo aún que la propuesta de Immanuel Kant (1724-1804), quien, al negar la posibilidad de la existencia de legisladores morales capaces de formular leyes morales objetivas, suponía, por una parte, que tal capacidad es recurso de la “razón práctica,” pero, por la otra, que tal razón es objetiva. En su libro Crítica de la razón práctica (1788), Kant plantea como imperativo categórico, o comando de la razón, de carácter universal y objetivo lo siguiente: “actúa sólo según la máxima por la que uno puede al mismo tiempo querer que sea una ley universal”. Creía que lo bueno es absoluto, es decir que es objetivamente bueno para todo el mundo. Opinaba también que la razón reconoce lo bueno, y que la voluntad es la facultad de elegir sólo aquello que la razón reconoce como bueno.

Mientras Kant entendía que existen leyes objetivas, válidas para todo ser racional, mi pensamiento es, por el contrario, que el marco personal para razonar previo a la acción contiene valo­raciones morales eminentemente subjetivas. La razón de un ser humano no es simplemente un procesador lógico que produce conclu­siones objetivas, como posiblemente pudo haber imaginado Kant. La razón humana es una de las funciones de una compleja psiquis. Adicionalmente, el bien absoluto, como objetivo unívoco de una acción moralmente buena, no existe. Por el contrario, el bien es relativo para cada cual y en cada situación concreta.

Incluso, aunque un cierto número de valores centrales, como la afirmación de la vida, la compasión, el amor, la justicia, el respeto, la libertad, la responsabilidad, la verdad, la toleran­cia, son muy propios de la naturaleza racional del ser humano, ellos surgen de la conciencia profunda. Ni en este respecto la acción moral podría ser enjuiciada objetivamente, pues aquellos valores centrales son solamente normas explicitadas para una deliberación que la razón lleva en forma esencialmente íntima, personal y singular. Ya que la moral es propiamente deliberación, intención y motivación, no puede ser enjuiciada en consecuencia por nadie. No existe institución alguna que pueda arrogarse la facultad para juzgar las intenciones de las acciones.

Una conducta moral no es racionalista ni naturalista, puesto que es eminentemente singular y subjetiva. Ella no se guía por parámetros externos, sino que surge del mismo sujeto. La conducta moral, que emana de una acción intencional autónoma, es indepen­diente de la ética (¿el superego freudiano?) y es capaz de some­ter simultánea y necesariamente al instinto de supervivencia y reproducción (¿el Id freudiano?). En la intencionalidad existe, como ya indicamos, una actividad que no pertenece al determinismo natural. Tampoco la conducta moral es racionalista, puesto que el marco último de la autodeterminación pertenece a una estructura singular, personal, original, que denomino ‘conciencia profun­da.’ Esta tampoco está contenida en una “razón” universal común a las razones individuales supuestamente homogéneas, del tipo de razón postulada por el racionalismo, pues esta suposición no es real. Así, pues, no existe legítimamente ninguna autoridad que pueda indicar válidamente qué acción es o no moral, pues esta categoría no es objetiva.

La deliberación 

Toda deliberación posee una valoración moral acerca del bien y el mal, y si una deliberación tiene además una racionalidad que se relaciona con la verdad, como así es el caso, uno podría concluir que la moral es objetiva. Sin embargo, el problema es que la deliberación, propia de la conciencia profunda, ocurre en una escala mucho más abstracta que la simple afirmación o nega­ción de algo. En una escala concreta las cosas son o no son, existen o no, son verdaderas o son falsas. Pero en una escala abstracta, que relaciona una pluralidad de relaciones causales y una multiplicidad de relaciones ontológicas, la realidad se torna sumamente compleja, desafiando el esfuerzo de los mejores intelectos por encontrar la verdad plena. En esta escala, la verdad objetiva es, desde luego, teóricamente posible, pero lo que se obtiene casi siempre son sólo verdades parciales, siendo virtualmente imposible asir la totalidad de la verdad, quedando la inquietud intelectual de no poder llegar al fondo de las cosas y pareciendo que la realidad es misteriosa.

Así, pues, en esta escala, ni el imperativo categórico kantiano, al no ser tan claro y distinto como es el prejuicio típicamente racionalista, no podría constituirse en fundamento de una moral objetiva. No obstante, si la verdad no puede constituir el fundamento de una moral objetiva, la moral tiene efectivamente un marco absoluta­mente objetivo, constituyendo en todos los casos una guía para una acción moralmente buena. Este marco es el precepto del amor al prójimo que Jesús nos enseñó.

Una de las funciones principales de la conciencia es la deliberación. Nuestra conciencia es la cúspide de nuestra auto-estructuración y es lo que confiere unidad a nuestro ser. En la deliberación no interviene la sola razón pura que con implacable lógica determina el curso de la acción a seguir. La deliberación es el producto de una compleja conciencia. La conciencia es la estructuración última de unidades discretas como el pensamiento racional o lógico, el pensamiento abstracto, la memoria en todas sus escalas de registro de experiencias y resultados de elaboraciones de contenidos de conciencia, y, en el mismo plano de importancia, nuestros sentimientos.

Con un marcado prejuicio antirracionalista, para David Hume (1724-1804), en su Tratado de la naturaleza humana (1739), son nuestros sentimientos (no está claro qué supuso este filósofo que la palabra sentimiento significa), y no la razón, los que deciden lo que hacemos. Diría, más bien, que es la razón en conjunto con los sentimientos el principio de nuestras valoraciones y de nuestra escala de valores. Aún más, como expresé más arriba, una decisión racional debe ser motivada más por sentimientos que por emociones, y la voluntad debe controlar el afloramiento de emociones en una decisión justa.

En otro orden de cosas, no nos pondremos en el ficticio y forzado punto de vista “existencialista” del deber ser para poder ser, que resulta de oponer la existencia (por esencia participa­tiva del ser y, por tanto, no plenamente ser) con la plenitud del ser, pues no tiene sentido la existencia para ser más si no se explica qué significa “ser más” que no sean únicamente dos bellas palabras. Lo justo es ponerse en el punto de vista de un ser racional, quien, frente a su necesidad de supervivencia y repro­ducción y a su destino transcendente, debe anteponer valores trascendentales de verdad, liber­tad, justicia y amor para optar por tal o cual curso de acción concreta.

Efectos de la acción moral

Es corriente la creencia de comprender la acción moral de la misma manera como cualquier otra acción que genera efectos. En este caso, los efectos serían morales. Así, si la acción moral es buena, produce efectos buenos, y si es mala, produce efectos malos. Prosiguiendo con esta creencia, los efectos tanto buenos como malos pueden ser acumulados, ahorrados y hasta descontados, como si fueran cifras cuantitativas económicamente contables. Con este criterio economicista, resulta un desperdicio que la muerte impida a alguien disfrutar del fruto de sus acciones buenas.

Por ejemplo, en el samsara hindú, o doctrina de la reencar­nación, si un ser fallece con un superávit de beneficios, su alma transmigra y se reencarna en una forma más noble. Y si en sucesi­vas reencarnaciones se prosigue por la senda del bien, se logra la final liberación del alma, en el nirvana, o sea, cuando la cuenta de ahorros se ha completado con un determinado haber. Por el contrario, si se produce un déficit en la cuenta, el alma se reencarna en un ser inferior en dignidad (que es por lo demás una valoración completamente subjetiva el determinar la mayor o menor dignidad de cualquier ser). El karma del individuo en una reen­carnación particular está indicando el estado actual de la cuen­ta. Una conclusión adicional es que puesto que está únicamente en manos del individuo aumentar o disminuir su cuenta, no vale el esfuerzo solidario para ayudarlo. La caridad y la misericordia son aparentemente valores devaluados.

Algo similar al karma ocurre en el caso de la creencia en la “economía de salvación” de cierta doctrina católica. Ésta supone la existencia de una vida eterna para todos los hombres, puesto que todos tienen almas inmortales. Entonces, aquéllos que mueren en santidad pasarían al Cielo, pudiendo el excedente ser transferido a personas con déficit en su cuenta personal. Incluso al sacrificio y la penitencia se le dan un valor económico y cuantitativo representado en “días de indulgencia”. Quien tiene en su cuenta un saldo negativo imposi­ble de cancelar a causa de un pecado mortal, se condena para la eternidad. En este esquema, la salvación llega a ser comprendida más bien como la acumulación de acciones moralmente buenas que como consecuencia de una vida de fe y amor a un Dios de justicia.

En contra de las ideas economicistas que suponen efectos moralmente cuantificables la acción humana tiene una naturaleza imposible de juzgar en su origen. En realidad, la contradicción fundamental de la existencia humana es precisamente la permanente opción que cada persona, en cada instante y lugar, tiene entre la exigencia natural de sobrevivir, presentada por su conciencia de sí, y la concepción del bien y el significado de la vida que su conciencia profunda le muestra, y que no se identifi­ca necesariamente con la aspiración natural de supervivencia y reproduc­ción; es una opción entre el deseo de amar, verdad y justicia, y la necesidad afecto, satisfacción y seguri­dad. Siempre y permanentemente, el gran dilema de la acción moral está entre el satisfacer las necesidades de supervivencia y repro­ducción, legítimas en la acción humana, y las exigencias del amor y servicio al prójimo. Como una síntesis ingenuamente aberrante de la contradicción fundamental de la existencia humana, Adam Smith (1723-1790) describió un sistema, que él supuso que es natural, dentro del cual, actuando según propósitos puramente egoístas, centrados en el bien propio de supervivencia y reproducción, se logra simultáneamente el bien de los demás.

La supervivencia no es necesariamente el factor decisivo en la acción moral, como sí lo sería en la acción pura de un animal. La acción humana se enmarca en dimensiones transcen­dentes, pertenecientes a la escala del pensamiento abstracto y racional y de los sentimientos más profundos, en las cuales se reconoce al otro en tanto otro, con finalidades que le pertene­cen, con necesidades que demandan nuestra atención, incluso nues­tro sacrificio conscientemente asumido, pero respetando su liber­tad cuando accedemos a asistirlo. El acto de amor corresponde a la valoración última de la concepción del bien y la opción por éste.

Los valores éticos serían más humanistas y las leyes serían más justas en la misma medida que se ajustaran mejor a una moral que persiga el amor y la verdad. En contraste, un acto inmoral podría definirse como aquél que tiene una doble intencionalidad. La doble intención engloba la mentira, la hipocresía, la false­dad, la doblez. Detrás de la intención que aparenta el bien del otro se oculta la búsqueda del bien personal en un conflicto entre la conciencia de sí y la conciencia profunda. El “sed como niños” evangélico se refiere a la superación de la doblez en beneficio de la conciencia profunda.


El valor de la acción


Cuando entramos en el terreno del “bien,” penetramos de lleno en el viejo problema del bien y el mal. En primer lugar, lo que nos resulta absolutamente evidente, las cosas en sí se nos aparecen como buenas o malas. Así, el nacimiento es bueno, la muerte es mala; una buena cosecha es buena, la peste es mala; el día es bueno, la noche es mala; el alimento es bueno, el veneno es malo. Ello implica una valoración ética de las cosas. Pero en seguida surge la pregunta: ¿cómo justificar a Dios, infinitamente bueno, frente al mal que se da en este mundo?

La postura maniquea ha sido la más extrema. Considera que tal como hay cosas que en sí son buenas, existen cosas que en sí son malas. Estas dos agrupaciones de cosas provienen de sendos principios contrarios, y la realidad es imaginada como un con­flicto permanente entre éstos. Incluso se personifican ambos principios como deidades eternas.

El problema teológico que deriva de suponer que las cosas son buenas o malas y que son causadas por fuerzas extranaturales se refiere a la relación entre un dios bueno, principio del bien, y un dios malo o criaturas malas provenientes del principio del mal. O también, ¿cómo es posible que el dios omnipotente, que al mismo tiempo es bueno, pueda permitir el mal? Si el ordenamiento divino implica que la conducta recta merece recompensa, ¿por qué el mundo no es totalmente justo?, ¿por qué existe el sufrimiento inmerecido? O, como creían los maniqueos, ¿es que pueden coexis­tir un dios bueno y un dios malo simultáneamente y, por lo tanto, en permanente conflicto?

Para superar este problema desde la perspectiva monoteísta, santo Tomás de Aquino (1225-1274) supuso a partir de las categorías trans­cendentales aristotélicas que las cosas son buenas en la misma medida que son, proviniendo esa calidad de ser de su grado de participación en el Ser o Acto Puro, identificado con Dios. Y puesto que no existe el no ser, no puede existir el mal, sino solamente la falta de bien. Desde el extremo del acto puro hasta el extremo de la materia prima, según los grados de potencia (entendida ésta por su contraposición con el acto), él postuló que existe toda una jerarquía de seres con cada vez menores atributos de ser y, por tanto, de bien, hasta la total carencia de estos atributos, identificada con la pura potencia –la materia prima–. El bien resulta ser así una categoría trascendental de todas las cosas.

Efectivamente, cuando se valoran las cosas como buenas o malas, y se hace una distinción entre la forma (espíritu) y la materia, es natural identificar las primeras con lo espiritual y las cosas malas o carentes de bien con lo material. Santo Tomás suponía que la bondad está en relación directa con la calidad espiritual del ser en cuestión, siendo Dios espíritu puro y, por lo tanto, infinitamente bueno. Para santo Tomás todo encajaba estupendamente bien. Pero la realidad no se presenta de manera tan conveniente, como analizaremos más adelante. Como la ciencia moderna lo implica (y Teilhard de Chardin lo dedujo), de existir una jerarquía, ésta no es ontológica, sino que está en función de la complejidad, y la complejidad es el resultado de la evolución que sufre la materia en el curso de su estructuración en el tiempo.

Además, el problema que la jerarquía ontológica tomista no llega a solucionar es el de la justicia divina y del sufrimiento inmerecido, resaltada en el Libro de Job. Ciertamente, a este problema se le había dado una solución en el mito del “Juicio Final” por el cual, después de la existencia terrenal, se premia al justo, salvándolo, y se castiga al pecador, condenándolo por toda la eternidad. Pero esta solución no sería aceptable cuando se niega la posibilidad de existencia eterna a quien no se salva. Tampoco es fácil de aceptar cuando quien sufre y carga enormes penas es un justo. En el fondo del planteamiento de este problema existen algunos supuestos. Uno de ellos es que, a pesar de que la naturaleza es obra de Dios, Él debería intervenir milagrosamente en ella, alterando el curso de las cosas, para manifestar su voluntad llena de justicio o bondad. Este supuesto proviene de un conocimiento precientífico de cómo funcionan las cosas en un universo dominado por deidades. Supone que el justo debería estar en la gracia de Dios.

Lo que toda persona debiera asumir es que tanto el sufrimiento como la muerte son partes de la condición humana que nos viene por ser miembros del reino animal y partes del universo. La salvación prometida por Jesús es la liberación transcendente de esta condición en una vida en la gloria de Dios.


Dualidad y dualismo


Pero el supuesto más importante es que la duali­dad que distingue el espíritu y la materia es la base para el dualismo que establece la existencia del bien y del mal como entidades en sí y no como propiedades relativas de las cosas en sus interacciones con las personas. Es conveniente tener presente que el dualismo no es cosa del pasado, sino que está plenamente vigente. Hasta no hace mucho la existencia de la vida terrestre, por ejemplo, estuvo amenazada por un holocausto nuclear que líderes políticos y pueblos no hubieron vacilado en desencadenar a causa de adherir a una yuxta­posición de ideas y mitos maniqueos, milenaristas y dualistas. A los unos, su ideología fue generada por el milenarismo mesiánico (un marxismo-leninismo superpuesto al cristianismo ortodoxo en camino al nacionalismo), a los otros les llegó del milenarismo revolucionario a través de la creencia en la predestinación (calvinismo).

El milenarismo es aquella creencia apocalíptica del judaísmo de la época inmediatamente posterior a la destrucción de Jerusalén, en el año 70 d. C. (ver Apoc 20, 1-6), junto a la creencia en un mesianismo glorioso, que supone un futuro (que durará mil años, de ahí el nombre) de paz, amor y justicia universal que vendrá después de un necesario conflicto escatológico entre las fuerzas del bien y el mal y en el cual el mal será derrotado, y que coincidirá con una segunda venida de Jesucristo. Durante la Guerra Fría cada bando tendió naturalmente a creer que sólo el propio era el bueno y el contrario era el malo. Anteriormente, el nazismo había establecido el Tercer Reich que iba a durar mil años. Una ideología mesiánica supone, además, que el mal se combate con la violencia, del mismo modo como se supone que lo malo en uno se combate con la penitencia corporal.

Incluso en países tradicionalmente católicos, donde se pien­sa más bien en términos de pecado, penitencia y perdón, lo que supone que el ser humano posee una naturaleza incompleta (en potencia, según la filosofía aristotélica), pero ni buena ni mala en sí, el dualismo calvinista, que divide las personas entre buenas y malas, entre aquéllas que han sido predestinadas para salvarse y aquéllas que lo han sido para condenarse, ha penetrado profunda­mente a través de los medios de comunicación de masas elaborados principalmente en Hollywood. El estereotipo del héroe es el de un “jovencito bueno” que se enfrenta con el “malo” de la película. Además se considera éticamente apro­piado, y también se espera, que el “jovencito” termine siempre por ganar, como lo hizo legendariamente una vez el arcángel Miguel, y también san Jorge, el de la leyenda medieval. De otra forma la película en cuestión es considerada inmoral, aunque el “malo” termine destripado. No debemos ignorar que para glorificar sus acciones la historia la escriben los vencedores, por muy “malos” que hayan sido.

En la concepción calvinista las personas son buenas o son malas por designio divino establecido desde la eternidad. Si son buenas, lo son siempre, y si son malas, lo son sin remisión. En esta concepción no puede existir ni el pecado ni la penitencia, pues quien es bueno no puede pecar, y quien es malo, de nada le sirve la penitencia para mejorar. La creencia en la predestinación resta toda importancia al libre albedrío en la acción de salvación.

Pero no todo está dicho con esto. En la actualidad sufrimos el agobio de los integristas islámicos y de otras religiones. La base de la creencia en el integrismo es extender el poderío divino a la soberanía nacional en la suposición de que nadie puede legítimamente restarle un ápice a un dios soberano. Todo aquél fiel que acepte un gobierno elegido democráticamente es enemigo de este dios. Igualmente, los infieles son pasivos a ser castigados por no acatar la voluntad divina dictada por medio de quienes se arrogan la autoridad para interpretar sus designios.

Desde otro punto de vista, si se supone junto con G. W. Leibniz (1636-1716) que éste es el mejor de los mundos posibles, “pues si no, no habría tenido Dios razón suficiente para crear un mundo”, tendría que desecharse la teoría de la evolución del universo. Cuando se acepta un tipo de mundo como el mejor posible, se está negando que éste pueda haber sido o pueda ser en el futuro distinto, pues ya no podría ser el mejor posible, o los otros no serían el mejor posible, contradiciendo la razón suficiente de Dios para crear el mundo.


Solución del problema del bien y el mal


Una filosofía fundada en la noción de la unidad del ser no tiene otra salida que valorar las cosas mismas como buenas o como carentes de bien, como lo hizo santo Tomás de Aquino. El problema es que la filosofía del ser está forzada a concebir el bien, o lo bueno, como una categoría trascendental del ser, y no como una cualidad de la funcionalidad de todas las cosas. Si se considera que tanto lo bueno y también lo verdadero como lo bello son sus propiedades tras­cendentales, entonces el ser trascendental es inmutable por ser uno, que sería otra de sus propiedades trascendentales. En cam­bio, como lo he señalado en mi libro La llave del univer­so, los seres reales, aquéllos que existen realmente en el universo, son esencialmente mutables tanto como son múltiples, siendo justamente éstas las dos propiedades trascendentales que debieran ser consi­deradas como verdaderamente propias del ser. 

Asimismo, el Génesis nos cuenta que después de haber creado el universo y la primera pareja humana, “vio Dios que todo cuanto había hecho estaba muy bien” (Gen 1,29). La idea que la tradición nos ha transmitido y por la cual nos hemos acostumbrado a ver las cosas es que Dios, en toda su sabiduría y poder, creó un universo perfecto y acabado. La explicación bíblica que da cuenta del sufrimiento y la muerte ha sido por el pecado de desobediencia de la primera pareja. La teología paulina ha puesto el énfasis en el sufrimiento que Jesucristo quiso soportar en su pasión y muerte en la cruz como sacrificio propicio ante Dios para redimirnos de este pecado que marcó a toda la humanidad. Desde entonces, quien cumple con la ley divina y recibe su gracia está a salvo. La misericordia y la bondad divinas se manifiestan a quien se arrepiente de sus pecados y cumple la ley.

Por su parte, la historia que emerge del conocimiento científico es bastante distinta. El universo que la ciencia encuentra no es precisamente un lugar de armonía y bondad, sino que de conflicto, destrucción y estructuración, donde existen colosales fuerzas desencadenadas. En ese universo ha emergido la vida con aptitudes para sobrevivir y reproducirse, y en el curso de su evolución ha aparecido el ser humano, quien no es justamente un ángel caído, sino que el brote más maravilloso del conflictivo universo.

Para comprender realmente el problema del bien y el mal, deberemos superar tanto la filosofía del ser como la tradición religiosa y analizarlo desde la perspectiva de la complementariedad de la estructura y la fuerza. El cambio propio de la naturaleza genera nuevas cosas a la vez que producen destrucción y muerte. El resultado del cambio es frecuentemente la disfuncionalidad. Las cosas existen en un medio ambivalente de abundancia y escasez, de oportunidades y peligros a la propia existencia. El universo donde existimos es la realidad donde conviven el gozo y el placer, la alegría y la tristeza, la felicidad y la desgra­cia. Para alimentarse se debe matar; para existir se debe destruir. Nuestra auto-estructuración se produce tras la desestructuración de otros.

Así, pues, el universo no es un lugar de paz y armonía. Dios, su creador, no tuvo la intención de establecer el orden, la bondad, la belleza, que son categorías abstractas de nuestra mente, sino que quiso posibilitar la estructuración de cosas cada vez más funcionales, en escalas cada vez mayores, a través de la fuerza, a partir de la energía primigenia. Por eso, en el principio no fue la luz de la unidad, de la verdad ni de la bondad, sino que la poderosa luz de la energía infinita divina que se traspasó al universo y comenzó a iluminar a partir del big bang. Tal es el universo real y no el mejor posible ni tampoco el perfecto.

La relatividad del bien y el mal

Por ello, a partir del análisis de las cosas a través del ser concebido como una complementariedad de estructura y fuerza, y que desde luego obvia la dualidad espíritu-materia, podemos con­cluir lo siguiente: Primero, las cosas no son ni buenas ni malas en sí, en forma absoluta, ni como referencia a algo absoluto, sino que lo son con relación a otras cosas. Luego, las cosas son buenas o malas en forma relativa, según se relacionen entre sí. Segundo, no se puede predicar de las cosas lo bueno o lo malo de manera unívoca, sino que el grado de estas categorías fluctúa entre lo óptimo y lo pésimo. Y tercero, estas categorías no se pueden predicar únicamente o bien de las estructuras o bien de las fuerzas, sino que de la relación que existe entre ambas, esto es, de la funcionalidad. Por lo tanto, el grado de bondad o maldad en las cosas puede ser aplicado únicamente a su funcionalidad. Esta idea es importante para superar cual­quier tipo de dualismo, como veremos a continuación.

En primer lugar decimos que algo es bueno o es malo cuando una acción esperada se realiza o no se realiza, o se realiza de modo imperfecto. Vemos entonces que la cualidad de bueno o malo no se achaca a la cosa, sino a su funcionamiento. Así, la causa de que algo no funcione bien puede deberse a una falla estructural o una deficiencia de la fuerza. Un cuchillo es bueno porque tiene filo.

En segundo término decimos que algo es bueno o es malo cuando valoramos la funcionalidad de la acción desde el punto de vista de nuestra supervivencia y reproducción, y según nos afecte en nuestra conveniencia y bienestar. Esta valoración pragmática y utilitaria es, desde luego, subjetiva, pero dispone de una base objetiva que corresponde a la universalidad y determinismo de las leyes de la funcionalidad: aquello que es concebido como bueno o malo (en el sentido de beneficioso o no) para mí, es concebido corrientemente como bueno o malo para ti. Una aspirina es buena porque quita tanto tu dolor de cabeza como el mío. También una dosis muy alta de aspirina puede producir gastritis a ambos.

En tercer lugar decimos que alguien es bueno o es malo cuando nos referimos a sus acciones desde el punto de vista de las normas éticas o legales. En este sentido, los seres humanos nos hacemos responsables por nuestras acciones ante los demás, quienes juzgan nuestra acción según los derechos y deberes que nos son reconocidos, según las normas de equidad, los sistemas jurídicos o, simplemente, las buenas costumbres que son aceptadas por el grupo social, para declararnos inocentes o culpables, estando dichas acciones sujetas a sistemas de premios y castigos. Por lo tanto, si alguien es juzgado por su acción y determinado que ha actuado bien, en conformidad con las normas, entonces es considerado bueno y es premiado. Por el contrario, si ha actuado contraviniendo las normas, entonces es considerado malo y es castigado. A este respecto, el buen ladrón es una contradicción de términos.

Por último decimos que actuamos bien o mal desde el punto de vista de la intencionalidad. Esta acción deliberada pertenece a la moral, y el juicio lo hace el sujeto en su propia conciencia, siendo, por lo tanto, eminentemente subjetivo. La única base objetiva para este juicio de quien ejecuta la acción es aquélla que fue explicitada hace tanto como el nacimiento de la filoso­fía: “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18). Este único fundamento de toda la moral enjuicia instantánea y perso­nalmente nuestra acción causal intencional. Incluso Jesús amplió este mandamiento a un amor sin condiciones: “un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente” (Jn 13,34).

Cuando cosas que consideramos buenas o malas contradicen otras cosas que valoramos de la misma manera, procedemos a orde­narlas axiológicamente en escalas valóricas y a categorizarlas. En este respecto hablamos de jerarquía de valores, de medios y fines, de justificaciones, de juicios de valor. Pero el valor de estos juicios no es absoluto, sino relativo, pues depende del punto de vista adoptado.

El que en el universo, que es la realidad creada por Dios, las cosas no funcionen entre sí de modo armónico y pacífico se debe a la manera que tiene la materia para estructurarse a partir de la energía, tal como la ciencia ha estado descubriendo y formulando en leyes naturales que norman el cambio y la relación causal. Una cosa debe ser destruida para que otra emerja; un animal debe morir para alimentar a otro. Los seres humanos somos parte de este universo de destrucción y estructuración. Tanto como somos afectados por las leyes naturales, nosotros intervenimos en el devenir según nuestra acción intencional. Pero como somos también libres a causa de nuestra razón, nuestra acción intencional tiene además una dimen­sión moral.



CAPÍTULO 4 - LA FINALIDAD DE LA ACCION



El ser humano se enfrenta a dos problemas correlacionados. Cualquiera que sea el sentido que le dé a su existencia, toda persona está radicalmente escindida entre, por una parte, su necesidad biológica por sobrevivir y reproducirse, que es el ámbito propio de la ética, y, por la otra, las valoraciones de carácter transcendente que aparecen ante su conciencia, como la verdad, el amor, la justicia, la libertad, que pertenecen al ámbito de la moral. Su acción no es entonces tan simple como la de un animal que actúa oportunistamente en respuesta sólo de mejores posibilidades de supervivencia y reproducción. Por el contrario, su acción tiene intencionalidad y ésta proviene del razonar deliberado. De ahí que por su capacidad de autodeterminación la acción moral le pertenezca en forma exclusiva, más allá de otras conside­raciones, inclusive éticas y legales. El segundo problema se puede expresar crudamente en qué sentido tiene una vida que acabará necesariamente con la muerte, siendo vano todo intento por liberarse de ésta.


Lo biológico, lo racional y lo transcendente


El ser humano se caracteriza de entre todos los seres porque posee una existencia escindida y tensionada. Esta característica esencial de su ser, que rompe de alguna manera con su unidad, es producto de la yuxtaposición, en su estructura, de sus dos subestructuras básicas constituyentes, pero que se producen a distintas escalas. Éstas tienen funciones tan distintivas que parecen contrarias.

Estas subestructuras no son ciertamente el alma y el cuerpo. Por cierto, tampoco es la tensión existente entre la razón y la afectividad, que son estructuras analiza­bles por la filosofía y la ciencia, y en especial por la psicolo­gía. Sin duda alguna, todo ser humano requiere una unidad es­tructural para conseguir un comportamiento coordinado y sin sorpresas si quiere sobrevivir. Las excepciones de una ruptura estructural que inciden sobre una conducta unificada podrían agruparse en cuatro clases: los esquizofrénicos tienen conductas desestructuradas que son involuntarias, pero conscien­tes; la conducta de los hipnotizados es tanto involuntaria como inconsciente; las conductas de los actores son tanto voluntarias como explícitas; por último, está la conducta voluntaria de los mentirosos, la que no es por supuesto explícita, pero está llena de falsedad.

La escisión existencial de los seres humanos radica en que, por una parte, poseemos una estructura racional de enormes capacidades intelectuales, desarrollada a partir de una estructura biológica animal, y por la otra, una estructura que se sustenta en una escala superior de la estructuración de la con­ciencia. No se trata de una perspectiva neoplatónica que supone que las ideas más bellas y sublimes nacen y se cobijan en un templo corrompible y lleno de bajas pasiones. El punto es que la estructura racional de la conciencia de sí, estructurada a partir del pensamiento abstracto y racio­nal, persigue naturalmente, como es también el caso de la conciencia de lo otro, la supervivencia y la reproducción.

Pero este interés se contrapone al de la conciencia profunda, que busca en cierto modo lo absoluto y lo eterno en la transcendencia. Esta no debe entenderse como una proyección en una escala superior del deseo de supervivencia que persigue el poder y la gloria impere­cedera, propia de la conciencia de sí, sino que debe pensarse como la búsqueda que parte desde un conocimiento de sí como una mismidad que no se conforma con una realidad percibida como algo relativo.

Vemos, por lo tanto, en el ser humano la profunda división entre su origen necesariamente inmanente y su destino posiblemen­te transcendente, entre su ser lleno de limitaciones y sus anhelos de transcendencia. Efectivamente, todo conflicto en la naturaleza proviene del choque de fuerzas diferentes, desestabilizando el equilibrio estructural natural de una cosa. En consecuencia, el conflicto existencial humano surge del encuentro de dos tipos de fuerzas muy distintas que se desencadenan en su propia estructu­ra, desestabilizándola, y que provienen de las dos subestructuras funcionales mencionadas.

Un primer aspecto de esta escisión se refiere a nuestra respuesta de vida frente a la muerte. En efecto, a causa de nuestro ser animal, poseemos un ansia intensa de supervivencia. Por otra parte, nuestra razón nos asegura que algún día morire­mos. En respuesta a este anhelo, procuramos perpetuarnos a través de nuestras obras, nuestro poder, nuestra riqueza, nuestra gloria, nuestra descendencia. Posemos entender que tal sentido de posesión es de una ilu­sión absolutamente vana, pues tiene únicamente sentido mientras se vive, y cuando se muere ya no se puede disfrutar de nada de aquello.

En el aspecto más general de la vida la compleja escisión comienza a vislumbrarse. Por una parte, al igual que el resto de los seres vivientes, la acción humana procura satisfacer las necesidades que nunca terminan por colmarse de modo permanente y que son demandadas por la urgencia biológica para sobrevivir en un medio de oferta limitada, en el que el esfuerzo está dirigido a ese perenne acechar oportunidades, obtener ventajas, consolidar situaciones favorables, recurrir a medios de defensa, buscar seguridad; además, la conciencia íntima de su identidad propia, única e irrepetible le adiciona la carga suplementaria de perse­guir una solución para superar su reiterativa soledad y mortal destino, en el afán por transcender su limitada y particular existencia. Por otra parte, el ser humano, como ser racional, es capaz de apreciar su propia existencia, relacionarla con la de los demás seres, desear el bien o el mal al otro, abrigar espe­ranzas o dejarse llevar por temores, descubrir el funcionamiento y la utilidad de las cosas, valorar lo bueno o lo malo que encuentra en ellas.

Pero el ser humano no se reduce únicamente a la dicotomía animal-racional, que en el ámbito de la conciencia se expresa en la conciencia de lo otro y en la conciencia de sí. La definición del hombre de Aristó­teles “animal racional” es correcta siempre que se entienda sólo dentro de este universo espacio-temporal. Sin embargo, el ser humano es un ser que, aunque perteneciente a este universo, es radicalmente distinto del resto de los seres del universo. Perte­nece a un orden único: el de aquellos seres cuya existencia está por esencia escindida y tensionada, precisamente por la unión de la pluralidad de lo racional de la conciencia de sí con lo singular de lo transcendente de la conciencia profunda.

La suma de estas dos estructuras, funcionalmente tan distintas, produce un ser muy complejo en su funcionalidad y en el ejercicio de la fuerza. Por una parte, el ser humano tiene la capacidad para imaginar su futuro, planificar la acción, verse a sí mismo y compararse con otras cosas y personas, desear el poder y la gloria; por la otra, puede vislumbrar el misterio de una realidad transcendente. En consecuencia, a causa de su capacidad racional el ser humano está escindido, pues esta función propia de este universo le permite conjeturar acerca de lo que lo transciende.

En la base de las múltiples formas que la historia ha pre­senciado sobre la concepción que los seres humanos tenemos sobre nosotros mismos se encuentra aquella original y radical fractura en su constitución estructural. Pocas veces tal escisión y ten­sión han sido reconocidas explícitamente, pero muchas han sido las soluciones propuestas para los síntomas que ella produce. La doctrina del castigo divino impuesto a toda la humanidad a conse­cuencia del Pecado Original cometido por la primera pareja humana es un antiguo reconocimiento de que los seres humanos no funcionamos ordenadamente. Había que reconciliar la capacidad para conocer el bien y el mal, condición que supone la creencia en que el ser humano había sido creado a imagen y semejanza de Dios, con el hecho de que tengamos que sufrir para sobrevivir y luego morir.

Tal como la anterior, otras explicaciones al proble­ma humano básico de la unión de lo racional con lo singular han sido propuestas. Entre ellas consideremos, por ejemplo, la invo­luntaria dependencia de la existencia de un permanente conflicto entre el bien y el mal; un destino determinado por la influencia de los dioses; el determinismo inapelable de la predestinación divina; la corrupta materialidad con que forzosamente debe reves­tirse la pureza de un espíritu eterno. Por otra parte, las soluciones propuestas cubren una gama también muy amplia. En el fondo está la creencia y la confianza de que el conflicto existencial puede ser superado. Así, pues, se ha pretendido encontrar la solución en algún aspecto clave y distintivo, como los siguientes ejemplos: el imperio de la razón sobre la pasión; la sociedad sin clases; el progreso tecnológico; el gobierno de sabios, tecnócratas, burócratas o estratócratas; la liberación de tabúes impuestos por una moral rígida, tradicio­nal y arcaica; la imposición de una moral rígida, no tradicional y novedosa; el crecimiento económico propulsado ya sea por la iniciativa privada y el libre mercado, ya sea por la planificación centralizada y el Estado; la raza aria; la libertad, la igualdad y la fraternidad; el acatamiento obediente a una voluntad proveniente de Dios por delegación; la vuelta a la naturaleza primitiva; la dieta vegeta­riana; la visita al psicoanalista.

Si bien existe en todo ser humano la escisión entre su razón y su conciencia profunda, también se da en él una tensión entre su intelecto y su afectividad, entre su razón y sus sentimientos, emociones y pasiones. En el curso de la historia de la cultura occidental esta tensión ha ido tomando diversas formas, las que subsisten, aunque nuevas formas aparezcan. Los grandes filósofos de la antigua Grecia nos legaron el concepto de la dualidad espíritu materia y la idea de que el espíritu, siendo superior a la materia, debe someterla. En el siglo IV, san Agustín, recogiendo el sentimiento y las ideas de los primeros cristianos, concluía que el Pecado Original imposibilita al ser humano ser virtuoso por sí mismo. Estas ideas se proyectaron hacia la Edad Media en la necesidad de castigar al cuerpo para salvar el alma. El Renacimiento produjo una revalorización de la capacidad de autodeterminación de la persona y de la libertad personal. La Edad Moderna generó el gentleman y la idea de que la razón debe someter imperturbablemente a sentimientos, emociones y pasiones, exceptuando tal vez el amor romántico. Nuestra época contemporánea ha olvidado la dualidad griega y ha entronizado el cuerpo como sujeto de necesidades y centro de la personalidad individual.


El sentido de la vida


El punto de partida en la reflexión sobre el sentido de la vida es ¿qué significado puede tener la vida cuando su término es la muerte? Ciertamente existe una contradicción entre nuestro afán por vivir y la muerte que acabará necesariamente algún desconocido día con nuestra vida y que asecha permanentemente. Adicionalmente, la muerte viene corrientemente acompañada de sufrimiento, enfermedad, miseria y soledad, como significando lo vano que resulta todo esfuerzo por liberarse de ella.

Una primera consideración en esta contradicción existencial es que el sentido de la vida que una persona encuentra para su propia vida y que sirve de referencia para su deber ser, confiriendo significado a su exis­tencia, es provisto en primera instancia por la cultura. Pero tal sentido de la vida no conviene plenamente a la persona. La hace ser más funcional para la sociedad, pero no es normalmente el más conveniente para su interés personal. Especialmente, en la cultura contemporánea el sentido de la vida, que es el moldeado por la publicidad, conviene más a la sociedad de consumo, lo que explica el exitismo y el hedonismo generalizado. Pero este sentido de la vida es espurio, siendo una falsedad fabricada por el poder del capital que domina la cultura en la actualidad. En realidad, la cultura no es la verdadera norma que debe dictaminar cuál debe ser el mejor sentido de la vida para los seres humanos, pues, por una parte, ella es capitalizada por los intereses definidos de ciertos grupos de poder y, por la otra, ella tiene por función la subsistencia de la estructura social, en especial de la minoría poderosa, y no el destino último de los individuos que lo constituyen.

El verdadero sentido de la vida, aquél que conviene en plenitud a las exigencias personales del individuo humano, debe ser encontrado por el mismo individuo, en tanto persona y no en tanto unidad de la estructura social, y se encuentra en una escala superior, aquella de la conciencia profunda, tras desenmarañar la verdad que se oculta en mitos y leyendas. La mayor plenitud del sentido de la vida va apareciendo en la medida que la conciencia de la persona se va estructurando. La sociedad tiene por finali­dad respetar la libertad de toda persona para que cada una pueda encontrar el verdadero sentido de su vida. En el fondo, de eso tratan los derechos humanos.

El afán por la supervivencia y la reproducción puede natu­ralmente absorber por completo el esfuerzo que realiza un ser humano en su diario vivir. A esta empresa puede dedicarle todo el interés vital; y de ella puede también obtener recíprocamente un gran gozo. Tal como cualquier organismo biológico, un ser humano puede realizarse satisfactoriamente en su vida sin que se inter­pongan grandes conflictos existenciales y, si los hubiere, en­contrar la forma de superarlos. Incluso el conocimiento del hecho inevitable e incontrolable de la muerte puede ser simplemente rechazado, suspendido o pos­tergado, antes que aceptado. Puede adoptar la creencia de que el sufrimiento terrenal tiene una recompensa de felicidad eterna, basado en la constatación empírica de que tras un esfuerzo se obtiene un beneficio, o en la capacidad humana para planificar y postergar el goce. Así es fácil suponer que un intenso sufri­miento en la vida terrena merece una mayor recompensa en una futura vida celestial. Lo único que la creencia modifica es que la noción de existencia individual puede extenderse indefinida­mente después de la muerte.

Es claro que la muerte para un ser que está consciente de sus consecuencias fatales y que persigue al mismo tiempo su supervivencia produce indudablemente honda angustia. Y si las condiciones particulares no demandan una renuncia, en el afán de superar mediante el olvido la angustia el individuo puede sumergirse hondamente en una intensa actividad inmanente y egocéntrica que le puede reportar satisfacción, aceptación e, incluso, estima.

La felicidad es el estado de la existencia que cada ser humano persigue afanosamente. La sabiduría popular describe la felicidad de variadas maneras. Un popular dicho la resume como "salud, dinero y amor". Otro, como "algo que esperar, algo en qué pensar, alguien a quien amar". Anoté anteriormente que la felicidad es funcional a la supervivencia de cada ser humano, siendo una señal de la calidad de vida y un síntoma de nuestro éxito en nuestra lucha por la existencia, que es en lo que consiste la vida. También la felicidad es algo que es tan buscado como la supervi­vencia, suponiéndose que no vale la pena vivir si no se es feliz o, al menos, si no se tiene la posibilidad de serlo en un futuro previsible. La cultura contemporánea, bautizada “posmoderna”, se puede caracterizar por el relativismo, el agnosticismo, el escepticis­mo, el hedonismo. Se encuentra ya muy lejano aquel tiempo cuando la vida era considerada, en su etapa terrenal, como un sufriente y doloroso peregrinar, y la principal preocupación de los seres humanos era la salvación eterna.

Entre ambas concepciones se ha interpuesto la ciencia moderna que nos ha brindado grandes conocimientos, los cuales no han podido, sin embargo, reemplazar aquellos de la degradada sabiduría ancestral que se ocupaba de las últimas cosas. Por su intermedio, la tecnología ha traído bienestar a grandes masas de seres humanos y, al menos, expectativas al resto. Los descubrimientos científicos han desentrañado, por otra parte, las causas del acontecer y ha encontrado que éstas provie­nen del funcionamiento de las cosas del universo y no de fuerzas extra-universales. La ciencia ha unido la felicidad con la inma­nencia.

Cuando la vida es dura, monótona y sin mayores esperanzas, el gozo no es en efecto lo habitual; en cambio, lo normal es el dolor y el sufrimiento. La vida es entonces imaginada como el peregrinar en un valle de lágrimas. En esta situación el pensamiento se dirige a raciocinar sobre alguna justificada retribución que se busca en una vida ultramundana, donde quien ahora sufre será naturalmente feliz una vez que muera, pues no tendría sentido tanto padecimiento y tormento en este mundo si no hay recompensa en el otro, y donde también quien hace sufrir para ser feliz será castigado en el otro mundo con padecimiento y tormento.

Esta forma de sentir se expresa en un funeral. Este rito de pasaje no es puramente un asunto ecológico que trata de la mejor manera de deshacerse decorosamente de un cadáver que pronto apestará. Principalmente representa lo que se supone es el juicio divino. Si en vida el finado fue justo, se supone que será debidamente recompensado para toda la eternidad, siendo el fune­ral motivo de cierto gozo. Habrá un cierto sentimiento de pesar y repudio si el sujeto del funeral fue en vida un bellaco, lo que se manifestará por una menor concurrencia y esplendor. El proto­tipo extremo de este sentir se encuentra en los faraones, quienes en vida se juzgaron a sí mismos con la máxima benevolencia por la forma como dispendiaron fortunas en sus sepulturas, siendo el veredicto el poder, el esplendor y la soberanía eterna. Para el Greco y sus contemporáneos el Conde de Orgaz debió haber sido un personaje estupendo, o al menos con el suficiente dinero para haber encargado tal pintura.

Por otro lado, cuando la vida se presenta brillante y llena de oportunidades, posibilidades y gozos, las consideraciones de una vida ultramundana son relegadas a la trastienda de la con­ciencia (aunque las angustias y las tensiones experimenten un creciente aumento proporcional al aumento de la edad y a la cercanía de la muerte), pues el gozo y el placer son tan posibles como reales durante la existencia mundana. Tanto en esta situación existencial hedonista como en aque­lla que cree en una vida ultramundana gozosa, como recompensa a tanta pena, quedan con una respuesta parcial, o simplemente sin respuesta, varias preguntas: ¿Cuál es el significado de la vida humana que no sea únicamente la felicidad? ¿Qué otra cosa es la felicidad que no sea únicamente funcional a la supervivencia y a la reproducción? ¿Para qué sirve la libertad que no sea única­mente la búsqueda de la felicidad? ¿Por qué amar que no sea únicamente para ser feliz?

Respuestas más plenas, no obstante, se encuentran en una concepción de la vida a otra escala que únicamente la conciencia profunda puede entender. La feli­cidad es un síntoma de que un individuo lo está haciendo bien en su anhelo de vivir. También las unidades que producen felicidad no son unívocas ni intercambiables. La escala de las condicionantes externas no logra entender las respuestas que la escala de la conciencia profunda puede tener. Ésta puede valorar tanto una dimensión inmanente de la vida según propósitos de fama y fortuna, de éxito y placer, como una dimensión transcendente, donde la humildad, el sacrificio y hasta la misma muerte adquie­ren un valor y un lugar más allá de una recompensa que iguale o supere el sufrimiento experimentado. Y en esta dimensión no basta únicamente la creencia en una vida ultramundana feliz, sino que en la acción moralmente buena.

En este punto, que está fuera de la esfera del conocimiento objetivo, se topan la filosofía y la teología, y se replantea el viejo problema teológico de la justificación del ser humano. Nosotros optaremos por la postura que afirma que es necesariamente doble: el ser humano se justifica por la fe y las obras, es decir, por lo que cree y lo que hace desde una perspectiva trans­cendente. A pesar de que esta doble justificación supone como fundamento un sentido de la vida que únicamente la conciencia profunda puede encontrar, se puede objetivamente señalar que el sentido de la vida humana no transcurre necesariamente dentro de una misma escala. El ser humano es el único ser que puede auto-estructurarse saltando a las escalas cada vez mayores que su naturaleza le permiten.

La estructura personal de mayor escala y que coincide con el objetivo último de la existencia humana, dándole su pleno sentido, es la adquisición de la máxima conciencia de la realidad y su misterio. Esta trata no sólo de las relaciones ontológicas y causales en sus dimensiones temporales y espaciales, que son las de la historia y la geografía, sino que también del universo, los seres humanos y Dios. Sólo así la afectividad humana puede alcanzar los sentimientos más profundos, en tanto que la efectividad humana puede, en su acción intencional, obtener resultados no sólo más beneficiosos y válidos, sino que según una dimensión transcendente.



CAPÍTULO 5 - EL LENGUAJE



El lenguaje humano es un código estructurado de signos cuya función es la comunicación. Como vehículo comu­nicacional colectivo sirve para compartir el conocimiento y las experiencias, estructurando culturas. Como vehículo comunicacio­nal social sirve para comunicar ideas, enseñar, dirigir acciones, expresar intenciones y llegar a acuer­dos. Como referente de las ideas sirve para pensar mejor. El lenguaje sirve también para otorgar una modulación metafórica a la expresión poética.


Lo humano del lenguaje


El interés especula­tivo y el esfuerzo experimental por responder al “qué es”, al “por qué es”, y al “cómo es” ha conducido a la filosofía y la ciencia a averiguar qué, por qué y cómo conoce­mos, pensamos y nos comunicamos. En esta empresa el análisis del sistema de la lengua surge como una clave esencial para comprender el mecanismo del conoci­miento cuando relaciona el pensamiento con la comunicación, e interviene en la acumulación y estructuración del conocimiento colectivamente compartido. El len­guaje es una estructura comunicacional que relaciona a los seres humanos en una estructura cultural, a diferencia del len­guaje de otras especies animales que no consigue estructurar culturas, al menos en forma muy incipiente.

En contra de algunas escuelas filosóficas platónicas de análisis de la lengua, se puede afirmar que el lenguaje es esencialmente una expresión del pensamiento abs­tracto y racional, y no que el pensamiento sea una expresión del lenguaje. El pensamiento es naturalmente anterior al lenguaje. El pensamiento no viene a la mente porque la persona sea capaz de hablar, sino que el lenguaje existe porque la persona piensa. Además, muchas veces el pensamiento es inexpresable por el lenguaje. Aunque ambos manejan ideas, se diferencian en que el pensamiento es un productor de relaciones ontológicas y lógicas, en tanto el lenguaje es un traductor de ideas, remitiéndose a unir estas relaciones o conceptos a signos convencionales. Es natural para el ser humano dar nombres a las cosas mediante la creación de signos verbales para designar ideas. Estos signos pueden ser compartidos con otros para poder comunicarse, constituyendo un pilar fundamental de la cultura. A través del lenguaje, que es un producto del pensamiento y el conocimiento, se puede saber qué una persona piensa y conoce.

Mientras el pensamiento como actividad intelectual e intencional es dinámica, el lenguaje es una estructura significativa tan estática que hasta puede ser grabada en mármol. Sin embargo, su significado puede ser comprendido por nuestro intelecto para explicarnos, instruirnos, informarnos o educarnos; también puede tocar nuestros sentimientos y hacernos reír o llorar, alegrarnos o entristecernos, motivarnos o inmovilizarnos; en fin, puede intervenir en nuestra deliberación intencional y afectar nuestro libre accionar.

El lenguaje es una estructura comunicacional cuyas unidades son las frases o sentencias. En esta escala cada frase es una estructura de proposiciones compuesta por palabras. Por su parte, en la escala de las palabras, cada palabra está asociada de modo significante a una estructura conceptual cuyas unidades discretas son en último término las representaciones ideas, imágenes y percepciones que nuestro intelecto forja a partir de la realidad sensible. Por tanto, un concepto no posee un valor uno a uno con una palabra de la misma manera como no se puede identificar pensamiento con lenguaje. La palabra se asocia significativamente a un concepto que engloba la diversidad de cosas concretas relacionadas entre sí de alguna manera y que se estructuran en nuestro intelecto en su procesamiento de abstracción.

La estructura conceptual puede ser distinta entre los individuos. Las imágenes de gatos que pueda albergar la mente de una persona son muy distintas a las de otra. Ambas personas han tenido ciertamente distintas experiencias sobre gatos. Sin embargo, ambas podrán comprender lo mismo cuando se dice “gato” y podrán compartir idéntico concepto y, por tanto, comunicarse entre ellas. Previamente, ambas personas han estructurado el concepto ‘gato’ de modo abstracto para significar todos los gatos o la universalidad de gatos.

El lenguaje facilita a un sujeto reflexionar en forma conceptual y lógica sobre sí mismo, su medio y su relación con el medio, ya que exterioriza el pensamiento a través de signos, los que pueden adquirir formas más concretas y permanentes que la fugaz idea en el pensamiento. Con la ayuda del lenguaje las ideas pueden relacionarse más fácilmente en proposiciones, y éstas pueden ser ordenadas lógicamente con igual facilidad.

Las lenguas de todas las culturas humanas, por muy primiti­vas que nos parezcan, son igualmente funcionales. La capacidad para compartir el significado de signos es básica para la existencia de un lenguaje. Pero la capacidad de pensamiento abstracto y lógico, que caracteriza a los seres humanos, se destaca como el fundamento principal de un lenguaje conformador de cultura. El hecho de que el lenguaje tenga una dimensión cultural se debe a tres factores: 1º la sociabi­lidad tan característica de los primates que buscan compartir experiencias, sentirse acompañados y ser considerados por los demás, 2º la capacidad para estructurar ideas y relacionarlas con signos lingüísticos convencionales, y 3º la necesidad de coordinar acciones.

Además, el lenguaje tiene una dimensión particularmente única. Jean Piaget (1896-1980) ha señalado que, como contacto con el exterior, aquél abre la compuerta al caudaloso torrente de la cultura dentro del conocimiento del individuo que queda capacitado así para entrar a formar parte de la comunidad cultural, que es la misma estructura social a la que pertenece y que comparte una determinada estructura cultural. Por parte del individuo, éste queda con una capacidad para extender y hacer real a otros indi­viduos su propio y personal mundo y comunicar sus intenciones.

Origen del lenguaje

Parece correcto sostener que el lenguaje fue surgiendo en la especie homo sapiens en la misma medida que sus individuos adquirían mayor capacidad cerebral para el pensamiento abstracto y lógico. Es difícil de precisar en qué momento de la evolución de los homínidos comenzó a aparecer esta capacidad. Probablemente, los artefactos hechos por nuestros ante­pasados son un reflejo de nuestra capacidad para hablar y nos pueden dar una medida de nuestra locuacidad. Existen registros arqueológicos de toscos utensilios desde entre dos y medio y dos millones de años, pertenecientes a la cultura olduvayense, propios del homo habilis. En el paleolítico inferior, hace 1,65 millones de años, aparecen utensilios más simétricos y funcionales, que se comprenden en la cultura acheulense que dura hasta hace entre 200.000 y 100.000 años. En el paleolítico medio, desde hace 125.000 años hasta hace 40.000 años, surge una nueva cultura, conocida como musteriense, que es la del hombre de neandertal. Sus registros pétreos nos presenta instrumentos mejorados, pero la gama no se amplía significativamente. Es ilustrativo observar que el progre­so registrado haya sido tan extraordinariamente parsimonioso, observado desde nuestra vertiginosa cultura tecnológica.

Sin embargo, con la aparición del homo sapiens, hace unos 80.000 años, el registro de utensilios no sólo muestra un acelerado progreso, sino que es posible advertir que las formas manufacturadas fueron concebidas previa e intencionalmente me­diante meditación, imaginación y planificación, como es nuestra forma caracte­rística de hacer las cosas. En el cerebro humano los centros del pensamiento y del lenguaje son mayores que los destinados al control de movimientos. El crecimiento de estas zonas fue propor­cional al desarrollo del lenguaje y de la capacidad para concebir ideas y forjar proyectos.

El lenguaje articulado, que es el utilizado por los seres humanos, fue posible cuando en nuestros antepasados, en algún momento de la evolución, después de hace 200.000 años, a causa de alguna ventajosa mutación genética, probablemente más beneficiosa para una vida desarrollada en un medio acuático que obligaba a permanecer por largos minutos bajo el agua pescando y mariscando, la laringe adquirió una posición más baja en el cuello, lo que permitía nadar y sumergirse más fácilmente. Esto produjo un aumento del tamaño de la faringe, que es el espacio situado entre el fondo de la cavidad nasal y la laringe y que constituye una cámara inexistente en los otros primates conocidos. Esta amplia­ción estructural de la faringe nos permite emitir justamente los sonidos vocales que requiere el lenguaje articulado.

No obstante, podríamos observar que si no se hubiera produ­cido esta transformación estructural en nuestro tracto respirato­rio, no estaríamos evidentemente hablando en forma articulada, pero habríamos, sin duda, encontrado otro medio de comunicar nuestros pensamientos, pues la capacidad de comunicación simbóli­ca no depende de la estructura de la faringe, sino de la estruc­tura del cerebro. Desde la aparición de la escritura podemos comunicar nuestros pensamientos sin necesidad de la voz articulada. Ahora, a través del internet podemos presionar nuestros dedos sobre el teclado y comunicarnos en tiempo real a través del ciberespacio.

El lenguaje, hablado o no, no surgió por la necesidad de planificar una cacería ni tampoco para transmitir instrucciones para confeccionar artefactos y recolectar frutos, como algunos han sostenido. El antropólogo Richard Leakey (1944-) ha observado que en la caza rara vez se habla para no espantar la presa, y que las especies que cazan en grupos muy coordinados, como los perros salvajes, no necesitan naturalmente hablar, y tampoco ladran. El propósito del lenguaje fue para comunicar mejor los pensamientos y los sentimientos, las experiencias y los proyectos, las propo­siciones y los acuerdos.

A la inversa, sólo cuando fue posible estructurar ideas y producir el pensamiento apareció plenamente el lenguaje. Tanto el contenido del pensamiento como el del lenguaje son las ideas. El pensamiento se exterioriza a través del lenguaje. El lenguaje transmite ideas, pero no es capaz de transmitir directamente percepciones ni imágenes, sino a través de descripciones que emplean ideas. Recíprocamente, las imágenes de la cultura persi­guen comunicar ideas. Así se dice que una imagen vale 100 palabras, resaltando la distancia que existe entre imagen e idea.

Naturaleza del lenguaje

El lenguaje no tiene existencia propia. Se origina en los seres humanos. Por tanto existe porque existen seres que piensan y se comunican. Sin embargo, se diferencia del pensamiento. El pensamiento y el lenguaje tienen como sus unidades discretas las ideas, pero mientras el pensamiento genera, a partir de las imágenes, relaciones ontológicas significativas, universales y abstractas, que son las ideas y los conceptos, y produce relaciones lógicas con éstos, el lenguaje une estos conceptos generados a signos convencionales compartidos. El pensamiento salta de un punto a otro del espacio tridimensio­nal representado en su universo abstracto, mientras que el len­guaje avanza siguiendo una secuencia estrictamente lineal. El pensamiento es un proceso rápido y hasta simultáneo, en tanto que el lenguaje es un proceso penosamente lento e intrincado. No obstante, el lingüista estadounidense, Noam Chomsky (1928-), fue justo en señalar que para una buena parte del pensamiento necesitamos de la mediación del lenguaje.

La estructura del conoci­miento aparece compuesta por una infinidad muy fluida y variada de unidades discretas de imágenes y estructuras más complejas de ideas y conceptos. Estas unidades son representaciones mentales de la realidad sensible. El conjunto de asociaciones duales de unidades significativas con unidades significantes conforman la estructura del lenguaje. Esto es, la asociación dual interdependiente de la estructura del lenguaje consiste en la unión de dos unida­des de distinta índole: un concepto (el significado) con una imagen acústica o visual o táctil (el significante). En cuanto a la imagen acústica, el sonido permite ser emitido y escuchado, permitiendo que el lenguaje sea un reflejo del pensamiento de un sujeto que se exterioriza mediante signos, primariamente auditivos, y secundariamente de otros modos, los que son captados y entendidos por otro sujeto.

Los animales no hablan ni son capaces de crear cultura, simplemente porque no tienen capacidad para sintetizar ideas ni conceptos a partir de imágenes, sino que de una manera muy rudimentaria. El lenguaje animal está constituido por señales sonoras, visuales, olfativas, táctiles, a modo de signos, para señalar un significado diferente a dichas señales. Pueden señalizar peligro, alimen­to, deseo sexual, agresividad, bienestar y una cantidad de imáge­nes concretas semejantes, mediante conductas básicamente innatas. Loros y tordos pueden aprender hasta nombrar objetos; chimpancés pueden señalar símbolos que representan imágenes y pueden aprender determi­nados comportamientos de sus semejantes; muchos animales pueden obedecer a domadores y entrenadores. Pero ningún animal es capaz de elaborar ideas abstractas, ni menos de relacionarlas lógicamente. Lo interesante del experi­mento del fisiólogo ruso, Iván Pavlov (1849-1936) no fue comprobar que un perro salive al escuchar una campanilla que ya había asociado con comida, sino que demostrar que el animal es capaz de asociar una imagen acústica significante (la campanilla) con una imagen muy concreta que produce deseo (la comida). Pero esto está muy lejos de la capacidad para relacionar la imagen significante con la idea abstracta de comida.


El sistema de la lengua


Fonética y gramática

La ciencia busca conceptos teóricos más amplios que permitan englobar los problemas lingüísticos. A partir de la observación del hecho de que cualquier hablante de una lengua es capaz de emitir mensajes que nunca se han producido antes y es entendido por los oyentes el erudito prusiano Wilhem von Humbolt (1767-1935) concluía que la lengua es una estruc­tura compuesta por unidades discretas finitas capaces de generar infinidades de mensajes. Podemos señalar obviamente que las uni­dades discretas de los mensajes son las palabras. Estas contienen un doble valor: como significante, o imagen acústica o forma fonéti­ca y como significado, que es el concepto; ambos valores se unen en la palabra.

En cuanto forma fonética, las palabras están compuestas por un conjunto limitado de sonidos, que son aquellos que pueden ser emitidos por la boca humana. A través de la adecuada estructura­ción de estas unidades discretas, que son los sonidos, un loro puede pronunciar palabras. Que éstas sean significantes depende que estén unidas a sus respectivos significados, y esta unión la pueden realizar seres dotados de bastante mayor inteligencia que el verde plumífero. No obstante, es posible entrenar un loro para que una la palabra que emita, o significante, con un significado tan concreto como una imagen, y poder comunicarse con éste.

A causa del doble valor de la palabra, es decir, como signi­ficante y como forma fonética, la escritura fonética aventajó a la ideográfica y la jeroglífica, en las que cada palabra completa está representada por una figura o un símbolo, en cuanto logró determinar sus unidades discretas sonoras y representarlas por letras, de modo que con un alfabeto limitado a más o menos 27 caracteres se puede escribir cualquier palabra. Es una lástima para los chinos que sus dialectos no puedan aprovechar las ventajas del alfabeto, pues sus palabras son monosilábicas, con lo que se reduce apreciablemente la posibilidad de utilizar 27 caracteres para cubrir la totalidad de sus monosílabos. El len­guaje hablado chino debe recurrir a los diferentes tonos de voz para distinguir los múltiples homónimos. En consecuencia, para pasar del sistema de ideogramas a uno alfabético cada sílaba debiera estar acompañada de una nota de la escala musical de tonos que ellos usan.

El lenguaje une palabras, sus unidades discretas, según reglas sintácticas para estructurar oraciones. A partir de los 27 caracteres o letras del alfabeto se pueden formar las cien mil palabras, o más, que aparecen en un diccionario. Con dichas palabras se pueden escribir infinitos libros, cada uno conteniendo decenas de miles de oraciones distintas y completa­mente significativas.

La teoría del significado

El lógico alemán, Gottlob Frege (1848-1925), en defensa del realismo, contradijo la tesis de Juan Locke (1632-1704), expuesta en su Ensayo sobre el entendimiento humano, que las palabras son signos, no de imagen e imagen acústica, sino de los objetos de la realidad sensible y están contenidos en la mente humana. La mente asigna significados a las palabras, siendo el lenguaje una herramienta que sirve para comunicar ideas. Entre el lenguaje y la realidad no habría relación directa, por lo que la verdad es un asunto de palabras.

En contra del psicologismo de Locke, la teoría del significado de Frege afirma que nuestras palabras se refieren directamente a objetos. Los signos significan los modos de darse los objetos a los que nos referimos con nuestras palabras. Frege distingue entre el objeto que designamos con un signo (la referencia) y el sentido que expresa el modo de darse el objeto. El sentido de una expresión no es una representación subjetiva, pues de la referencia y del sentido del signo hay que distinguir la representación a él asociada. La referencia de un signo es un objeto. Si el objeto es sensible, la representación es una imagen interna, producto del recuerdo de las sensaciones causadas por dicho objeto. Tampoco el sentido de una expresión de un signo es una representación subjetiva y se entiende en la medida en que se tiene un cierto conocimiento del referente. Los sentidos, que son los significados de las palabras, pertenecen a comunidades de hablantes y no a las mentes de los individuos y lo que es exclusivo de los sujetos son sus representaciones subjetivas, de las que las palabras no son signos.

Significante y significado

En el ser humano el lenguaje ha alcanzado un desarrollo extraordinario gracias a la gran capacidad y funcionalidad de su cerebro. Estas mismas características permiten al ser humano evocar y relacionar una imagen o una figura, un concepto o una idea, que representan un objeto o una realidad percibidos mediante los sentidos de sensación. La investigación lingüística se ha centrado específicamente en la relación entre la palabra como combinación de elementos fonéticos y el objeto de la realidad a la que se refiere y representa. El lingüista suizo, Ferdinand de Saussure (1857-1913), fue el primero en señalar que el signo lingüístico no une una cosa con un nom­bre, sino un concepto con una imagen acústica, es decir, la palabra no transmite la cosa, sino la idea de la cosa.

Para de Saussure el lenguaje es un sistema de signos que nos sirve para comunicar nuestras ideas y conceptos, evocando en la mente de otro las ideas y los conceptos de las cosas que se forman en nuestra propia mente. Tanto la cosa ARBOL como la forma fonética ¡árbol! no pertenecen al sistema del lenguaje. En cambio, el signo lingüístico es una asociación psíquica de una imagen con una idea: el significante o imagen acústica, que es la huella psíquica que se produce en nuestro cerebro al oír la palabra “árbol”, y el significado, que es la idea que cada uno tiene de lo que es un árbol. Ambos elementos están íntimamente unidos en nuestra mente de modo bipolar y recíproco, componiendo en conjunto una entidad lingüística de dos caras interdependientes, ya que el nombre evoca el sentido y el sentido evoca el nombre.

Solamente el lenguaje abstracto es específicamente humano. En cambio, muchas especies de animales avanzados han desarrollado lenguajes para comunicar imágenes concretas, y sus signos son en parte instin­tivos y en parte aprendidos, como algunos etólogos han logrado demostrar, por ejemplo, el austriaco Konrad Lorenz (1903-1989). Experimentadores han conseguido que, por ejemplo, loros, chimpancés, etc., lleguen a relacionar elementos fonéticos con objetos de la realidad y darse a entender tanto como entender lo que el experimentador le comunica cuando le habla. Pero estos significados son imágenes concretas que evocan imágenes similares. La palabra “azul” que emite un loro amaestrado está evocando en su mente la imagen del color azul. Un significado más abstracto, como el concepto “azul,” sale de la capacidad de comprensión de un animal.

De Saussure señalaba también que la unión imagen-idea del lenguaje humano está dominada por una serie de leyes. Primero, el carácter arbitrario de sus relaciones, es decir, la asociación significante es convencional y resulta de un acuerdo entre los que emplean la lengua, pues nada hay en la combinación de sonidos que componen ¡árbol! que la una con el significado árbol. Segun­do, el carácter lineal del significante es un principio basado en la imposibilidad de que en un mismo mensaje puedan aparecer de modo simultáneo dos significados, pues necesariamente uno tiene que seguir al otro. Por una parte, el medio de comunicación no tiene la capacidad práctica de transmitir más de un significado a la vez y, por la otra, la posición del significado respecto al resto le otorga un significado adicional (sería interesante la posibilidad de un lenguaje holístico, que es como funciona nues­tro cerebro). Tercero, la lengua es un conjunto de signos mutua­mente relacionados y recíprocamente unidos. Los signos no están aislados, sino que forman un sistema o conjunto de relaciones que son las que definen los signos.

Podemos apreciar en consecuencia que el sistema general del lenguaje contiene varias escalas sucesivas e incluyentes. En la escala inferior existen imágenes acústicas o significantes y también ideas o significados. La relación de estas unidades estructura uniones convencionales de imagen (significado)-imagen (significante), usadas tanto por animales como por humanos. En una escala superior la relación es de una imagen acústica con una idea, que constituye el signo lingüístico o palabra y que requiere la capacidad humana de abstracción. Estas estructuras se definen por otras, de modo que se estructuran en la escala siguiente, tornándose en unidades dis­cretas de las estructuras conceptuales, que requieren secuencias de unidades que se ordenan o subordinan entre sí en forma cuali­tativa y cuantitativa. Este es el caso del orden existente en las sentencias de sujeto-verbo-predicado. Por último, en la escala superior del sistema de la lengua, las estructuras conceptuales se constituyen en las unidades discretas de la estructura lógica y que forma parte de los raciocinios.

La teoría generativa

La teoría generativa, que fue concebida por el citado Chomsky, es particularmen­te interesante para comprender el lenguaje como función de la estructuración cerebral adquirida en el curso de la evolución, pues presenta un notable descubrimiento. Procurando obtener el conjunto de reglas que el hablante posee para construir y enten­der correctamente todos los mensajes que son emitidos, Chomsky observó que existe una profunda relación entre sintaxis y semán­tica cuando intentó dar respuesta al problema de cómo una persona es capaz de adquirir el conocimiento de la lengua.

Por una parte, el sistema de reglas de una lengua es extraordinariamente rico y abstracto; por la otra, la experiencia de datos inmediatos que tiene un niño es muy limitada y fragmentaria. Sin embargo, un niño, independientemente de su inteligencia y sin aprendizaje especial, asimila sin dificultad alguna y con gran rapidez precisamente ese complejo sistema. Chomsky hizo la comparación entre la fácil asimilación de dicho sistema con la enorme dificultad que tiene cualquier persona para asimilar otro sistema tanto o menos complejo que el de una lengua como, por ejemplo, el de la física contemporánea. Concluyó que un sistema de conocimiento, como el de la física contemporánea del ejemplo u otro cualquiera, se ha desarrollado como un tipo de producto cultural a través de muchas generaciones de individuos y mediante la intervención de muchos genios. En cambio, el sistema de cono­cimiento del lenguaje, o del conocimiento del comportamiento de los objetos en el espacio físico, es una propiedad del organismo humano. Este asimila aquél tipo de sistema de conocimiento porque ya lo conoce, de la misma manera como adquiere la facultad para alimen­tarse o caminar. Un ser humano posee esa capacidad en el cerebro por su constitución genética desarrollada en el curso de la evolución biológica.

En su teoría la gramática generativa es el conjunto de principios o reglas innatas y fijas, que son parámetros programados en el cerebro y que permite traducir combinaciones de ideas a combinaciones de palabras. La gramática formal, que es un sistema combinatorio discreto que permite construir infinitas frases a partir de un número finito de elementos mediante reglas diversas que pueden formalizarse, caracteriza la sintaxis que tienen las secuencias de palabras.

Realidad y representación

Diríamos que para que el sistema de la lengua quedara firmemente asentado en nuestra genética, no solo requirió de tiempo evolutivo, sino que represen­tó una ventaja adaptativa. La ventaja consistió, no tanto en facilitar la sociabilidad de los individuos, como en representar las representaciones psíquicas de la realidad de estructuras y fuerzas en símbolos comunicables. El lenguaje es una representación simbóli­ca de nuestra estructura de pensamiento, y éste es una representación psíquica de la realidad. Las unidades discretas del pensamiento son las ideas. En el lenguaje las palabras representan ideas y, del mismo modo como las ideas se refieren a cosas, sean estas estruc­turas o fuerzas, las palabras adquieren el valor sintáctico correspondien­te. Si Chomsky relacionó la semántica con la sintaxis a través del lenguaje, es posible relacionar también esta relación con la realidad misma.

Nuestros contenidos de conciencia son representaciones psíquicas de la realidad sensible. En la realidad existen estructuras que se relacionan entre sí porque son funcionales, ya que éstas están dotadas de fuerzas. Nuestra mente, que busca entender la realidad lo más precisamente posible –en ello le va la supervivencia al individuo humano–, estructura sus representaciones según lo que se da en la realidad, pudiendo éstas ser expresadas en el lenguaje en forma gramaticalmente correcta.

En gramática la palabra es un sustantivo o un adjetivo cuando la idea representa directamente una estructura, y es una preposición, una conjunción o un artículo cuando representa rela­ciones de estructuras. En cambio, las palabras que representan fuerzas se agrupan en lo que en gramática se designa como verbo, y aquellas referidas a modificaciones de fuerzas corresponden al adverbio. Podemos advertir que sólo el verbo tiene tiempo; ello se explica porque sólo la fuerza actúa en el tiempo. Igualmente, sólo los sustantivos, juntos a sus adjetivos y artículos corres­pondientes, tienen número, pues las estructuras pueden ser múlti­ples. También podemos notar que las diferencias entre las accio­nes expresadas por los distintos verbos se refieren al modo de ser funcional específico de cada estructura particular. Cuando no es una simple identificación o definición de una cosa, toda oración se refiere a una acción e interpreta siempre un proceso mecánico desarrollado dentro de los parámetros espacio-tempora­les. El lenguaje siempre está referido a nuestra realidad mate­rial, aunque sea el fruto de la imaginación más descabellada, pues procede de nuestra experiencia que siempre tiene su origen en la realidad sensible.


Lenguaje y pensamiento


Signos verbales

En la evolución de la especie humana el lenguaje y el pensamiento se han ido desarrollando simultánea­mente en la misma medida que ha crecido y dasarrollado la capacidad cerebral. Sin embargo, el segundo es naturalmente anterior al primero. Primero tenemos una idea representativa de un objeto antes de unir aquella idea con una imagen acústica o gráfica en un signo lingüístico. El conocimiento consiste en un flujo de representaciones de distintas escalas de magnitud de la realidad sensible que son procesadas progresivamente por el cerebro. Comienza con las sensaciones que nos llegan a través de los sentidos. Éstas se constituyen en unidades discretas de la percepción. En una escala superior las percepciones se estructuran como unidades discretas de la imagen. En una escala aún superior las imágenes se estructuran en la idea o concepto. Tanto las percepciones, las imágenes y las ideas son contenidos de conciencia subjetivos y también representaciones de la realidad objetiva, pero en escalas superiores.

La mente humana es capaz de estructurar las ideas desde lo individual a lo más universal en lo que se llama pensamiento abstracto. También ella es capaz de estructurar ideas para conformar proposiciones, y relacionar las proposiciones de manera lógica, en lo que se llama pensamiento lógico. La mente puede realizar esta actividad sin necesidad de recurrir a signos lingüísticos, pero su uso hace más ágil el pensamiento. En el pensa­miento los signos lingüísticos omiten los procesos estructuradores, sustituyéndolos con gran economía de esfuerzo. Ahorra tiempo omitir volver repetidamente hacia atrás cuando puede valerse de elementos que son síntesis de laboriosos procesos mentales y ocupan funciones determinadas en la estructura de las representaciones como estructuras y fuerzas.

Sin embargo, las representaciones que generaron los conceptos productos de la abstracción y la lógica, y que se mantienen presente en el pensamiento, evocando todas las riquezas y la gama de matices que fueron considerados para representar con mayor fidelidad la realidad, están ausentes en las proposiciones de la lógica, la que se caracteriza porque es fría y mecánica y porque considera solo el aspecto de la certeza de la proposición. Al abstraer de un concepto toda la representación de la realidad para reducirlo a una unidad discreta de la lógica, estamos obteniendo mayor conocimiento de ella por las nuevas relaciones que inferimos. Para que el lenguaje pueda trans­mitir la sutileza de matices que el pensamiento elabora debe recurrir a adjetivaciones y analogías.

Desde el punto de vista de la lógica, nuestro pensamiento tiene mayores posibilidades que el lenguaje para relacionar las ideas en proposiciones, y relacionar las proposiciones en argu­mentos para inferir conclusiones correctas. La creencia de que el lenguaje posee una flexibilidad de significado tan amplia que puede reproducir cualquier contenido de conciencia proviene de Aristóteles, y ha sido perpetuada hasta nuestros días por el excesivo respeto a su doctrina. Sin embargo, el lenguaje verbal de proposiciones compuestas por sujeto, verbo o cópula y predica­do no siempre tiene precisión. Su naturaleza es equívoca, su construcción es ambigua, presenta vaguedades, contiene dichos desconcertantes y metáforas engañosas. Además, queda corto para expresar la complejidad de la realidad que se comprende y las enormes posibilidades del pensamiento.

Debemos tener en cuenta que el lenguaje no es necesaria ni primariamente un sistema de comunicación; principalmente, es un medio para alcanzar objetivos relacionados con la supervivencia y la reproducción. En este sentido, los seres humanos tenemos la capacidad para verba­lizar una gran parte de los contenidos de conciencia. Pero cuando superamos los cuatro años de vida no los articularemos si no responden a intenciones que se relacionan con intere­ses individuales muy específicos. Siempre existirá un abismo entre lo que pensamos y lo que decimos. Cada cual apren­de desde temprano que el otro puede ser inducido a actuar según la propia conveniencia mediante el empleo adecuado de la lengua. También a través de una adecuada comprensión de la lengua podemos frecuentemente comprender las ocultas intenciones del otro. Corrientemente, el valor real de las palabras está oculto en su contexto.

Nuestra cultura valora correctamente el arte literario como expresión válida de nuestras emociones y sentimientos. Sin embar­go, existen escuelas de pensamiento que identifican la literatura y su lectura con la cultura y que pretenden encontrar las verda­des más vitales tras los contenidos ficticios por el sólo hecho de contener expresiones metafóricas de la realidad, en la suposi­ción de que la realidad es inasible si no es a través de la analogía y la poesía. Esta tendencia, que identifica la cultura con la ficción y la poesía, nos conduce a existir en un mundo confuso y equívoco, que poco o nada aporta a la compren­sión del ser humano y el universo, y que el placer de la lectura no se remite únicamente a los géneros de la novela, el cuento, la poesía o el teatro si no buscamos únicamente emociones y senti­mientos, sino que ampliar el conocimiento.

Lenguaje simbólico

Con el propósito de superar el equívoco formal del lenguaje verbal la ciencia y la lógica han tenido que inventar lenguajes simbólicos. Algunos son de simbología muy compleja y sirven para satisfacer las necesidades de conceptualización, información y procesamiento lógico que el pensamiento humano ha ido creando en su confrontación con la realidad objetiva. La ciencia emplea el lenguaje matemático para describir simbólicamente la realidad y lo que contiene. Ya Galileo había observado que “el libro de la naturaleza está escrito en símbolos matemáticos”. Esto ocurre así porque nuestro universo, consti­tuido por estructuras funcionales, es esencialmente cuantitativo.

El valor principal del lenguaje matemático es suministrar un sistema universal de símbolos cuantitativos. La cantidad es sim­bolizable por números, que son las unidades discretas del sistema matemático. Así, si las cosas del universo se reducen a cantidad, ya sea porque son extensas o intensas, y por tanto cuantificables, también se pueden simbolizar. Además de los espacios y los tiempos de las estructuras, la ciencia mide las magnitudes, intensidades, direcciones, sentidos, duraciones, alcances y velocidades de sus funciones. Combina las propiedades espacio-temporales con la naturaleza de las estruc­turas y las fuerzas. Esto quiere decir que, si la cantidad puede explicar la realidad, ésta puede traducirse a valores numéricos.

La ciencia se ocupa de la realidad y sus cosas relacionando o uniendo las características de las fuerzas y estructuras con los parámetros de espacio y tiempo mediante símbolos numéricos y combinando estos símbolos en forma lógica, que es precisamente en lo que consisten las matemáticas en tanto disciplina formal, y que es el contenido de la famosa obra de Bertrand Russell y Alfred N. Whitehead, los Principia Mathematica. De este modo, de una reali­dad aparentemente caótica, surge el orden y la unidad del movi­miento, la causalidad, los procesos y los mecanismos, las hipótesis, las leyes y las teorías. El orden y la unidad propios de la realidad se reflejan en el lenguaje matemático, el que ha sido posible gra­cias a Pitágoras, para quien permite rebasar el lenguaje corrien­te en la interpretación de la realidad.

Gracias al lenguaje matemático, el hecho cualitativo, subje­tivo y privado se convierte en un hecho cuantitativo, objetivo y comunicable. Las sensaciones de calor y humedad pueden ser con­vertidas en cantidades precisas y universalmente comprensibles, tales como 40° C, 99% de humedad relativa, color anaranjado de 640 nanómetros de longitud de onda. Toda sensación que puede ser medida puede convertirse en un concepto que es ontológicamente definido por sus funciones. Toda definición puramente verbal y cualitativa puede ser eventualmente descrita en términos preci­sos y cuantitativos.

No obstante la objetividad y precisión del lenguaje matemá­tico, la metáfora y la analogía en general son los modos usual­mente empleados en el lenguaje (como también en el pensamiento) para mejor sintetizar los hechos, describirlos y ubicarlos en su propia realidad. Es mucho más sencillo y útil en el diario vivir relacionar las representaciones de las cosas en forma metafórica que cuantificarlas y relacionarlas numéricamente. Así decimos calor infernal, humedad sofocante, o anaranjado intenso. El hecho es que los seres humanos no somos afortunadamente exactas y precisas computadoras con lenguaje binario, sino que somos esencialmente seres con emociones y sentimientos, con proyectos y deseos, siendo las metáforas y las analogías más significativas que los fríos números, pues involucran todo nues­tro ser y nos coloca en una dimensión más antropométrica. Tal como se dice que una imagen ahorra mil palabras, podemos decir en este contexto que una metáfora ahorraría millones de fórmulas y ecuaciones irrelevantes.

Si bien las matemáticas, por su exactitud, es el lenguaje más preciso para referirse a las estructuras y las fuerzas, tienen una limitante esencial. La formulación matemática no puede traspasar la barrera de las escalas. Un físico puede llenar un pizarrón con fórmulas y ecuaciones para referirse a un fenómeno físico, pero no podrá saltar de escala para incluir, por decir, fenómenos químicos. Ambos tipos de fenómenos son comprensibles por las matemáticas, pero dentro de sus propias escalas. El salto de una escala a otra puede realizarse mediante la analogía, pero ahí cesamos ya de ser deductivos, y nuevamente debemos recurrir al lenguaje descriptivo y analógico.


Lenguaje y cultura


Platón primeramente nos hizo creer con su mito de la caverna que antes de vivir en el aquí y ahora, habíamos existido en el perfecto y absoluto mundo de las Ideas. Dos mil años después, Rousseau nos reafirmó la idea de que la cultura y sus instituciones del aquí y ahora venía a empañar nuestro prístino pensamiento y modo de ser propios del mítico hombre natural. Después de Darwin no es correcto pensar que el origen de los seres humanos estuvo en Paraíso terrenal, tras lo cual, por cualquier circunstancia, devino una caída, sino que nuestro origen es biológico y que la misma biología nos ha entregado una mente que tiene la propiedad de permitir un comienzo de atisbar la realidad desde un punto de vista abstracto y racional. A pesar de nuestra innata inmadurez intelectual, propia de los primates que verdaderamente somos, siendo nuestro pensamiento susceptible de ser hipnotizado, distorsionado por las emociones e insumido en la ignorancia, podemos no obstante filosofar.

Anteriormente vimos que la estructura del conocimiento es una producción de la estructura cerebral, asentándose allí. Aquí veremos que la estructura del conocimiento colectivo es producto de muchos cerebros y se asienta también en las manifestaciones culturales. Existe un pensamiento que podríamos llamar social y que toda colectividad histórica llega a estructurar en lo que denominamos cultura. Esto nos lleva a afirmar que una cultura consiste en el pensamiento que surge de los individuos de grupos humanos determinados, que es comunicado, socializado y compartido colectiva­mente de una manera decisiva y duradera, dando una impronta al comportamiento social. En el caso de la cultura, el término pensamiento social es tan amplio como para cubrir desde los modos de pensar y actuar y las formas de expresarse y sentir, hasta la conformación de los valores compartidos.

El sistema del pensamiento social, que es la cultura, es un conjunto de concepciones particulares del modo de percibir la realidad, de sentimientos, ideologías, tecnologías, escala de valores, manifestaciones ar­tísticas, etc. que pertenece a la colectividad y que conforman una sabiduría, un comportamiento y una forma de sentir compartidos. La cultura surgió en el curso de la evolución humana cuando fue intelectualmente posible transformar una estructura, ya sea un utensilio, una estratagema de caza o un sotobosque con una cantidad de semillas comestibles, para que cumpliera una función concebida previamente y comunicara la manera de repetir esta nueva relación estructura-función.

La cultura es un artificio humano que es acumulado y trans­mitido por el lenguaje y no genéticamente. Las experiencias y conocimientos de los individuos van engrosando el caudal de experiencias y conocimientos de la colectividad. Cuando la memo­ria se escribe, adquiere mejores posibilidades de perpetuarse y decantar lo valioso, aumentando significativamente la eficiencia de la cultura para comunicarse, transmitirse e interactuar con el medio. Si consideramos el hecho de que hace 120.000 años, a principios del Paleolítico superior, la especie humana comprendía ya individuos cuya capacidad innata era semejante a la de un Aristóteles, un Mozart o un Einstein, es sólo por el fondo común de conocimientos y de experiencia acumu­lada por generaciones lo que nos permite hoy hacer uso más com­pleto de nuestra herencia genética. Newton decía: “si pude ver más lejos que mis predecesores, fue porque ellos, gigantes de talla, me levantaron sobre sus hombros”. Nos agigantamos cuando nos empinamos sobre el lomo de la cultura; y la cultura occiden­tal tiene un elevado lomo gracias a que sus orígenes remotos se mezclan con la invención del lenguaje escrito.

El crecimiento cultural es no sólo progresiva­mente acumulativo, sino exponencial a causa de la actividad científica. Decenas de miles de generaciones de nuestros antiguos antepasados del género homo apenas si conocieron algún desarrollo cultural en el curso de su respectiva generación, a juzgar por el registro arqueológico de decenas de miles de años, el que nos muestra la existencia de escaso progreso tecnológico. Con el desarrollo de la agricultura y la domesticación de animales, hace unos ocho a diez mil años, se produjo un cambio cultural considerablemente mayor. En la actualidad nos hemos acostumbrado tanto al desarrollo tecnológico como al cambio cultural que éste trae aparejado.

La funcionalidad primordial de la cultura en cuanto estruc­tura, no es precisamente la de constituir el fundamento de la identidad de un grupo social, sino la de conformar un instrumento eficiente de subsistencia colectiva. La identidad de grupo es un subproducto y comprende otros factores, como el territorio, la sangre, etc. La sabiduría acumulada concede un mejor aprovechamiento de los recursos, y los valores compartidos permi­ten una convivencia armónica y pacífica. No obstante no debe perderse de vista que su valor no es absoluto, sino que es un medio de subsistencia del grupo social.

Naturalmente, la cultura posee también funciones que sirven para unificar y cohesionar al grupo social con relación a otros grupos. Es corriente que un grupo social se valga de la cultura, aquello que los individuos comparten y con lo que se llegan a identificar, como medio de defensa frente a la amenaza de grupos sociales competidores y de dominio sobre grupos más débiles. La superación de los antagonismos socio-culturales no es materia de una estructuración multicultural, sino que de la capacidad para estructurar una cultura de una escala superior que sea funcional a esta pluralidad social más compleja.

Lo anterior no quiere decir que el pensamiento social determine el pensamiento individual al grado que lo apoque o, peor aún, que lo reemplace, siendo que, para que una lengua sea viva, requiere de sujetos parlantes vivos que piensen por sí mismos. El pensamiento siempre tendrá una nota personal, puesto que es la persona quien muchas veces piensa por sí misma y no se remite a repetir opiniones que flotan en el ambiente. Desde luego, la estructura cultural no es capaz de producir relaciones ontológicas y lógicas, ni de ontologizar las relaciones causales, pues esta capacidad pertenece exclusivamente a cada ser humano individual. Se puede hablar de pensamiento social cuando el conocimiento que se comunica tiene un modo especial de ser comunicado y entendido. El lenguaje surgió para comunicar ideas. Luego, la comunión de ideas, que es la cultura, liga a los individuos de una estructura social determinada.

La estructura cultural comprende lo que corrientemente de­signamos como ethos social, mores, costumbres. Su base es el lenguaje y éste constituye su estructura comunicacional preferente. Pero el lenguaje no es solamente el vehículo de comunicación de este sistema compartido por el grupo social; también el lenguaje contiene implícitamente el pensamiento so­cial. A través de la adquisición del lenguaje un individuo adquiere también la estructura cultural del grupo del que forma parte. La estructura cultural comprende el conocimiento compartido, los significados comunicados, los valores éticos y estéticos, las normas y los comportamientos prescritos y los ritos y mitos. En este sentido, el lenguaje no es sólo una estructura compuesta por significados y relaciones de significados sin notación, color ni resonancia especiales, como el frío listado de palabras de un diccionario. Por el contrario, el lenguaje social contiene una forma de apreciar la realidad muy particular y a veces poco comprensible para individuos de otras colectividades.

Ciertamente, nadie posee la capacidad para tener presente los infinitos aspectos de la realidad; en nuestro acercamiento a ésta algunos aspectos de la misma se van destacando. Por otra parte, el conocimiento de la realidad depende de nuestras pasadas experiencias, por lo que nuestra apreciación de ésta es muy particular. Además, la mayor parte de este conocimiento es colectivamente compartido. Por ello, el pensamiento social, es decir, aquél que es compartido colectivamente, es marcadamente específico, centrando el interés en temas particulares.

A partir de Piaget, ya citado, un individuo se va insertando en el sistema del pensamiento de su grupo social en la misma medida que va aprendien­do su lengua, pues, junto con la adquisición del lenguaje va absorbiendo tal sistema, de manera que su propio pensamiento se verá moldeado y reforzado con el pensamiento colectivo en el mismo acto de posesión del sistema. Al mismo tiempo de adquirir toda la riqueza de ese sistema de pensamiento, hace suyo, inconscientemente y sin crítica alguna, las limitacio­nes, pobrezas y prejuicios que este mismo contiene. Por otra parte, la adquisición del sistema le posibilita participar de lleno en la estructura social como miembro completo suya, y a un extranjero le será muy difícil ingresar como un igual en la colectividad. La sociabilidad característica del orden de los primates se ve reforzada, en el ser humano, por el lenguaje, el cual los liga culturalmente.

Como contrapartida, el sistema de pensamiento social es en gran medida una estructura llena de prejuicios. No toca el fondo de las cosas, ni es crítico, sino que se mueve en un nivel de ensueño y frecuente­mente de hipocresía. Nadie desea encontrar conflictos sociales o existenciales, prefiriendo ocultar la cruda realidad en un len­guaje anodino, eufemístico, pero por todos comprendido, siendo de mal gusto salirse de los cánones establecidos y la ética aceptada.

Sin embargo, lo anterior no significa que la totalidad del pensamiento del individuo se sumerja, por decirlo así, dentro del pensamiento social. Aunque de amplio espectro y muy envolvente, el pensamiento social no posee el alcance ni la sutileza que muchos individuos suelen requerir en su pensamiento crítico. El pensamiento social es aquél de la masa; aunque utilitario, es insuficiente para aquéllos que buscan una mayor profundidad de pensamiento como los poetas, los místicos, los científicos, los filósofos; aunque sirve para interactuar con la colectividad, es insuficiente para interactuar consigo mismo.

Lenguaje y percepción

A este mecanismo de participación cultural, el que se efec­túa mediante la adquisición del lenguaje, debe añadirse lo seña­lado por el filósofo canadiense, Marshall McLuhan (1911-1980), para quien cualquier medio de comuni­cación particular impone una correlación sensorial tan específica en la apreciación que los individuos tienen de la realidad que determina el mensaje, independientemente de su contenido.

La tecnología de las comunicaciones –la misma palabra oral, la escritura alfabética, la imprenta y los modernos medios electrónicos– afectan la organización cognitiva, lo que tiene profundas repercusiones en la organización social. Si una nueva tecnología acentúa uno o más de nuestros sentidos –el visual, el auditivo, el táctil– y se extiende a toda la colectividad, entonces las nuevas relaciones generadas entre nuestros sentidos afectan toda una cultura particular. Es comparable a lo que ocurre cuando se cambia el tono a una melodía. Y cuando las relaciones de los sentidos se modifican en cualquier cultura, entonces lo que antes parecía lúcido de repente puede llegar a ser opaco, y lo que había sido vago u opaco se convertirá en transparente.

La invención del tipo móvil intercambiable intensificó significativamente y, finalmente, permitió los cambios culturales y cognitivos que ya se habían realizado desde la invención y la aplicación del alfabeto. La cultura del libro, introducida por la imprenta de Gutenberg a mediados del siglo XV, trajo consigo el predominio cultural de lo visual sobre lo auditivo-oral. El advenimiento de la tecnología de la imprenta generó la mayoría de las tendencias más destacadas en la época moderna en el mundo occidental: el capitalismo, el individualismo, la democracia, el protestantismo, y el nacionalismo. Fueron consecuencias de esta tecnología que se basa en la segmentación de las acciones y funciones y en el principio de la cuantificación visual.

La escritura enfatiza el sentido de la vista por sobre el sentido del oído, como sería el caso en una cultura auditivo-oral. La realidad percibida por la vista es muy distinta de la realidad percibida por el oído. Cualquier medio de comunicación de que se trate enfatiza algún sentido de percepción por sobre los restantes, produciendo un cierto equilibrio particular, el cual resulta en una especificidad a lo comunicado tan marcada que, para este pensador de las comunicaciones, el medio de comunicación mismo llega a ser el propio mensaje, independientemente del contenido del mensaje comunicado.

Ya en la década de 1960, McLuhan preveía que la cultura visual e individualista del libro sería reemplazada por “la interdependencia electrónica”: cuando los medios electrónicos reemplacen la cultura visual por la cultura auditiva-oral. En esta nueva era, la humanidad se moverá desde el individualismo y la fragmentación hacia una identidad colectiva, con una “base de la tribu.” McLuhan acuñó la idea de la aldea global para esta nueva organización social que se intercomunica masivamente y en tiempo real.

La cultura del libro produjo en los lectores una forma distintiva de apreciar la realidad. No sólo las palabras se aprecian como compuestas por letras homogéneas intercambiables, sino que existe una cierta estructuración lógica en un texto, ya que éste está dividido en párrafos, y los párrafos están divididos en sentencias ordenadas según la lógica para llegar a conclusiones, también las sentencias están divididas ordenadamente en las ideas correlacionadas de sujeto, verbo y predicado. Esta cultura está siendo rápidamente desplazada por medios de comunicación audiovisuales y electrónicos. Además, como contraste, la televisión transmite no ideas, sino que imágenes. Y las imágenes aparecen en una desordenada secuencia sin determinar su valor real dentro de un marco de referencia axiológico. Las imágenes se relacionan metafóricamente para transmitir mensajes que no se explicitan verbalmente. Un individuo expuesto predominantemente a la televisión podrá difícilmente comunicarse con otro individuo que es un consumado lector. Sus cosmovisiones son muy distintas en ámbitos cruciales del pensamiento.

La idea macluhaniana de que el medio es el mensaje es importante en los complejos procesos de la comunicación. Sin duda se trata de un elemento muy significativo de los tantos de carácter general que acompañan al mensaje y que le confieren un sello tan distintivo que dificulta el reconocimiento de otras dimensiones de la realidad. El medio de comunicación produce un modo particular de conciencia y una escala distintiva de pensamiento. Por ejemplo, la invención de la escritura, donde unas cuantas letras codifican la infinidad de palabras, nos permite barajarlas y ordenarlas para expresar nues­tros pensamientos. Por este mecanismo las palabras se nos hacen homogéneas, y con ellas podemos estructurar oraciones, párrafos, capítulos, secciones, tomos y libros. Pero además de poder escribir y leer lo escrito, en el pensamiento se realzan sus funciones más lógicas y abstractas. Un lector estructurará una mente más racional y abstracta que un analfabeto.

Acción social

La acción social se coordina mediante el lenguaje. Esta idea ha sido, en la actualidad, desarrollada por un distinguido grupo de expertos en la mecánica de la comunicación. A pesar de la preten­sión de algunos de ellos de reducir toda la realidad a esta mecánica, lo que verdaderamente han descubierto ha sido la mecá­nica de preguntas y respuestas por la cual se estructuran compromisos. Éstos tienen por propósito coordinar la acción para la producción y el consumo modernos, caracterizados por la enorme competencia, para inser­tarse exitosamente en la individualista estructura social contemporánea, y para ser reconocidos por ésta.

Sin embargo, no debemos pasar por alto el hecho primordial, que he venido destacando, que el lenguaje cotidiano no intenta directamente la acción ni el compromiso individual, como formas de subsistencia de la organización social, sino la manifestación emotiva de participar de un grupo que tiene propósitos colecti­vos, como un sustituto de la ancestral costumbre del despioje en los primates. No es corrientemente argumentativo, sino que expre­sa las posiciones aceptadas por el grupo. No pretende ser lógico, sino que las proposiciones que se afirman o niegan tienen por función reforzar el pensamiento social, al cual uno adhiere y dentro del cual uno encuentra seguridad. Tampoco pretende ser muy fluido, a juzgar por los escasos monosílabos con que comunican su sociabilidad los adolescentes. Pareciera que en nuestro actual mundo tan impersonal e individualista, este sentir colectivo se alcan­zaría supuesta e indirectamente por el compromiso para la acción obtenido por el lenguaje.


Lenguaje y tecnología


Por una parte, toda tecnología es una extensión del ser humano. El estado de la tecnología en un momento y lugar dado determina en parte la cultura en cuanto modo de vivir y percibir la realidad y, por tanto, de comunicarla. Y por la otra, hay medios más apropiados para comunicar contenidos en deter­minadas escalas. A través de un libro es posible comunicar una idea de gran abstracción, y mediante una obra pictórica se hace mucho más fácil comunicar una imagen. Como quiera que sea la influencia del medio de comunicación en el contenido del mensaje comunicado, se podría agregar que en general existiría una correlación entre la complejidad y el alcance de los medios de comunicación y la complejidad del contenido y, por consiguiente, de la riqueza de cultura. La adquisición de conciencia de nuevas y más profundas dimensiones de la realidad requiere, como contrapartida, de medios de comunicación más hete­rogéneos, más masivos, más instantáneos, más intensos. Las civi­lizaciones se construyen tras las invenciones de medios de comu­nicación. La invención de la escritura revolucionó el mundo antiguo. La invención de la imprenta hizo lo propio con el mundo moderno.

Nuestro mundo contemporáneo, ya tildado de posmoderno, está sufriendo una transformación profunda, de consecuencias insospechadas, a causa de la invención de los medios electrónicos de comunicación y de las técnicas de procesamiento electrónico de la información que producen gran cantidad, rapidez, significa­ción, accesibilidad, disponibilidad, acumulación, globalización y almacenaje informático. También nuestra cultura está cambiando radicalmente a causa de que estas invenciones, productos del desarrollo de la electrónica. Estos medios están reemplazando al libro que, con su estructura de capítulos, párrafos y oraciones, permite ordenar las represen­taciones de la realidad en escalas incluyentes de enorme compren­sión y sentido. En cambio, estas invenciones están suministrando información indiferenciada que reemplaza la certeza de las verdades por el escep­ticismo de las opiniones chatas y la relatividad del conocimiento mal digerido.

Adicionalmente, la cultura contemporánea, beneficiaria del enorme desarrollo de medios de comunicación principalmente de imágenes visuales y auditivas, tiende a mantenerse en la escala de las emociones, las imágenes y el pensamiento concreto. Un pensamiento abs­tracto, probablemente más vinculado con la escritura y el libro, está perdiendo terreno en una verdadera transformación cultural. Además, los medios masivos de comunicación, cuya programación depende de la mayor sintonía o audiencia, procuran adaptarse al gusto masivo para satisfacer las necesidades de publicidad de quienes los financian.

El lenguaje social es también utilitario en cuanto se hace lenguaje comercial, ético y jurídico, estableciendo re­glas claras de comportamiento económico, ético y legal para los actores sociales, quienes aprenden los ritos de la comunicación sin arriesgarse a la pérdida económica, el rechazo social y la sanción legal.

Las comunicaciones son afectadas profundamente por la tecno­logía. El avance tecnológico nos restringe proporcionalmente los espacios abiertos. Cada vez hay un mayor número de límites, cercos, prohibiciones, normas que restringen la posibilidad de vagabundear libremente y contemplar el panorama más allá del horizonte. Sin embargo, el avance tecnológico nos ha abierto espacios cada vez más amplios y variados. Si nuestra vida en nada se parece al deambular de nuestros antepasados cazadores-recolectores por grandes extensiones, en nuestros pequeños espacios libres priva­dos disponemos de sistemas de comunicación, información y trans­portes inimaginables anteriormente. Gran parte del día, un ser humano contemporáneo se encuentra mirando la pantalla electrónica del PC o la TV observando un caudal de infinitas imágenes que provienen del ciberespacio y de las redes sociales.

Pero más que la consecuente revolución tecnológica que la acompaña, que ha transformado nuestro entorno material, haciéndonos más civilizados, la revolución científica que se ha desencadenado con inusitada fuerza en la historia humana contemporánea, principalmente a partir de la segunda mitad del siglo pasado, ha sido la principal causa del cambio cultural que nos es posible observar ahora. La causa del énfasis puesto en el discurso científico y tecnológico no se encuentra únicamente en el humano prurito por el conocimiento, sino que principalmente en constatar que conocimiento significa poder. Todos podemos constatar que las sociedades que dedican gran esfuerzo a la educación científica y tecnológica de su juventud tienen extraordinario desarrollo y progreso material. La educación se ha volcado en producir individuos funcionales para este desarrollo tecnológico. Generaciones y multitudes de estudiantes no hacen otra cosa que prepararse para manejar y controlar el entorno natural y artificial.

Pero si hay claridad que conocimiento es poder, el problema cultural tiene una dimensión principalmente epistemológica por dar énfasis al poder del conocimiento. Por la necesidad de conocer cómo funcionan las cosas del universo, hemos omitido entender los otros significados que tradicionalmente tenían las palabras. Si comparamos el discurso normal que se usa en la actualidad en cualquier conversación o texto con el de hace unos cincuenta años atrás, podemos observar ciertas características que los diferencian. Por ejemplo, en la actualidad se usan menos palabras, empobreciendo el lenguaje; éstas se refieren invariablemente a cosas muy concretas; el discurso es muy directo, pero también muy plano y poco profundo; el discurso concreto es intercambiable con imágenes.

Por su parte el discurso de la ciencia y la tecnología depende de circunscribir el significado de las palabras, pues busca describir lo más precisamente posible los fenómenos causales de la naturaleza. El ideal del discurso son las matemáticas. La palabra ha quedado desprovista de otros contenidos. La palabra apreciada es la concreta, la que pueda referirse a cosas tangibles, observables, medibles. Al parecer, en el pasado ha quedado el lenguaje de palabras que usaban la filosofía y la poesía.


Lenguaje y arte


Lo bello

La estética se ocupa de lo bello. Lo bello es aquello que, desde nuestro especial punto de vista de seres humanos, posee armonía, equilibrio y unidad. Para nosotros, la creación divina es bella, aunque allí lo propio es que se den permanentemente conflictos causados por el continuo fluir de estructuras y fuerzas que causan la vida y la muerte. También bella lo puede ser la fabricación humana. En este caso hablamos de arte. Es más, un artista puede crear cosas puramente estéticas, sin un ápice de utilitarismo, sólo para el deleite estético de sus semejantes.

Estas cosas realizadas por el artista pueden ser de cualquier material; ser táctiles, auditivas, visuales, gustativas, olfativas; ser móviles o inmóviles, duraderas o perecederas; ser palabras, colores, formas; ser estéticamente puras en sus formas o contener algún contenido significativo. Respecto a lo último, la belleza intrínseca de lo creado por el artista puede contener o no un significado intencional transcendente y misterioso que puede ser intuido según la mayor o menor sensibilidad del sujeto a quien está dirigida la obra de arte.

En la filosofía tradicional lo bello ha sido íntimamente ligado a lo bueno. Lo bello ha sido considerado como una cualidad del ser al igual que la unidad, la verdad y la bondad, denomina­dos “trascendentales del ser” por la escolástica. Como trascendental, se piensa que la be­lleza es objetiva en la medida que pertenece al ser en cuanto tal. Por el contrario, nosotros podemos pensar que la belleza está más bien asociada con la estética además de con la potencia, el atractivo, y otras cualidades propias de las condiciones favorables para la supervivencia y la reproducción, pero no precisamente con el ser. La armonía es una cualidad del equilibrio, y lo que se encuentra en equilibrio no representa en general una amenaza para nuestro anhelo de supervivencia. Una cosa que además satisface nuestras necesidades de seguridad, afecto o conocimiento nos parece más atractiva y naturalmente más bella. La imagen de un cuerpo humano joven y femenino, o su reflejo en, por ejemplo, una graciosa cara o unos cariñosos ojos, será siem­pre bella para nosotros, hombres que se sienten poderosamente atraídos por el sexo opuesto. De este modo, lo bello es una valoración psicológica y, por lo tanto, subjetiva. Está además culturalmente condicionada en el sentido de que valoramos diver­sas cosas más que otras, dependiendo de su funcionalidad respecto a nuestra supervivencia y reproducción. Así podemos identificar lo que es bueno para nosotros con lo que es bello.

En las manifestaciones artísticas, lo bello es a veces tan potente que se representa por cosas que no nos pueden amenazar o agredir. En el teatro, la platea es un refugio que está protegido por la oscuridad y el anonimato del escenario donde se expone un relato con toda su fuerza dramática y expresiva. Una tela está circunscrita por un robusto y llamativo marco que impone una separación con nosotros para no ser involucrados en la acción que describe. Las vívidas páginas de un escrito las podemos encerrar entre dos gruesas tapas a voluntad. Habitualmente, un pedestal nos separa del drama representado por una escultura.

Lo bello es una cualidad de las cosas móviles, e intentamos conferirle perma­nencia y duración cuando, por ejemplo, el escultor le representa en formas que obtiene del granito, del mármol o del bronce, materiales reputados de eternos. Para conmemorar los 500 años de la conquista española, un escultor quiso representar el efecto aniquilante de ésta sobre la cultura indígena a través de una escultura quebrada, desunida y desequilibrada. Nadie la encontró bella. Aparentemente, tampoco pretendía serlo.

Imagen e idea

La mente humana tiene la capacidad para sintetizar imágenes y estructurar conceptos. Esa es la manera que nuestro pensamiento abstracto y racional tiene para conceptualizar la realidad. El arte es un medio para, a partir de una imagen, llegar a un concepto. La diferencia entre nuestra mente y el arte es que nuestra mente emplea la abstracción y el artista emplea la metáfora.

El objeto de arte, que lo percibimos y lo establecemos en nuestra mente como imagen, es también un concepto en sí mismo. Lo mismo se puede decir de la poesía. En el léxico del arte se hace la distinción entre forma y contenido. Lo que estas palabras significan en realidad son respectivamente imagen e idea. No obstante, tal como la imagen es de lo bello, la idea, que pertenece al intelecto, se confunde con el sentimiento, que pertenece a la afectividad.

El lenguaje del artista, por el cual a través de una imagen evoca en nuestra mente un concepto, es la metáfora. La metáfora es una especie de analogía y se produce directamente por la asociación de dos términos que no están relacionados ontológicamente, pero que al hacerlos equivalentes se tornan significativos. En su estruc­tura formal los términos de la relación son unidos por el adver­bio como, como en los ejemplos: "dientes como perlas", "atrevido como león".

Pero una obra de arte es mucho más que el medio para obtener un concepto de una imagen. El contenido que se obtiene de una forma es mucho más que un concepto que se puede lograr a través del esfuerzo de abstracción. El contenido que se puede conseguir a través de una obra de arte es un contenido de conciencia difícilmente conceptualizable, que está más relacionado con lo misterioso, lo dramático o lo sutil de la realidad y, por sobre todo, con el sentimiento.

Desde el punto de vista del poeta o del artista, él consigue llegar a la mente de otro con un mensaje codificado en su obra de arte, la que apela a nuestro sentido estético. Este mensaje es acerca de cosas que no son directamente comunicables por el lenguaje conceptual ordinario. El poeta o el artista, con mayor o menor técnica sobre su objeto, logra asociar en forma metafórica imágenes auditivas, táctiles o visuales para conseguir un concepto imposible de describir verbalmente y que resalte algún carácter difícilmente perceptible. A veces, la imagen poco o nada tiene que ver con un objeto de conocimiento, aunque mucho con ideas difícilmente comprensi­bles por los medios corrientes y, principalmente, con sentimientos.

El poeta o el artista apelan no tanto a nuestro pensamiento conceptual-lógico, que sería el objetivo de un pensador, sino que a nuestros sentimientos y emociones. Estos contenidos de nuestra afectividad no son directamente comunicables, sino que por sus manifestaciones externas. Ellos gatillan estados de conocimiento que no necesitan ser verbalizados. La comprensión de una metáfora no la efectúa normalmen­te la parte verbal-lógica de nuestro cerebro, sino más bien su hemisferio derecho, de funciones más propiamente espacio-intuiti­vas. Estas relaciones no siguen mecánicamente los procesos verbales y lógicos, sino que son síntesis poco expresables de relaciones ontológicas.



Santiago de Chile

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